Por Juan Venegas Las estrellas del pop no se caracterizan por exponer sus vivencias más íntimas. Por el contrario, la mayoría trata de crear personajes de fantasía que alimentan la imaginación y la ansiedad del público que los sigue. Sin embargo, para un artista como Damon Albarn, que acaba de cumplir 46 años, la estrategia […]

  • 16 mayo, 2014

Por Juan Venegas

musica

Las estrellas del pop no se caracterizan por exponer sus vivencias más íntimas. Por el contrario, la mayoría trata de crear personajes de fantasía que alimentan la imaginación y la ansiedad del público que los sigue. Sin embargo, para un artista como Damon Albarn, que acaba de cumplir 46 años, la estrategia del disfraz eterno parece ya no tener sentido.

Lejos están los tiempos cuando como vocalista de Blur se vio involucrado en aquella famosa disputa con los hermanos Gallagher por el reinado del Britpop. También son muchos los años en que Albarn ha sabido valerse por sí mismo, logrando reinventar su persona, en proyectos tan diversos como el grupo virtual de hip hop Gorillaz y The Good the Bad and the Queen, colectivo experimental que formó junto al bajista de The Clash Paul Simonon y el baterista de Afrobeat Tony Allen.

Albarn no sólo consiguió el éxito comercial pasada la euforia del Britpop, sino que también supo expandir e incorporar nuevas formas de composición a su bagaje musical. En ese sentido, su encuentro con el electro pop minimalista, la música mística de Mali y la escala pentatónica del folklore operático chino, resultan vitales a la hora de describir su voz actual y su manera de enfrentar el proceso creativo.

Con todo lo prolífica y diversa que ha sido su carrera, aún existía una importante asignatura pendiente para el ex Blur. En 20 años, Albarn nunca se había animado a editar un disco en solitario. Embarcado siempre en un sinnúmero de colaboraciones artísticas, un proyecto personal no parecía representar una urgencia ni una obsesión para el cantante.

A fines de 2011, durante una entrevista para NME, Albarn dio las primeras señales de que se encontraba trabajando como solista. En aquella ocasión, el artista se refirió al concepto del disco como una mezcla de folk y soul music. Richard Russell, productor de XL Recordings, fue quien convenció a Albarn de sacar un disco bajo su propio nombre y lo animó a escribir material que expusiera su lado más íntimo y personal.

Al momento de entrar al estudio de grabación, Albarn llegó con cerca de 60 canciones, con distintos tipos de atmósferas. El encargado de elegir los 13 temas incluidos en Everyday Robots fue el propio Russell, quien se inclinó por las canciones con un carácter más nostálgico y melancólico.

Para Albarn, la misión más compleja fue escribir las letras, porque por primera vez en su carrera estaba decidido a escribir acerca de sí mismo. En el disco se escuchan tempranas historias desde su infancia en Leytonstone, al este de Londres, hasta su traumático traslado a los suburbios de Essex, donde sufre el bullying de sus compañeros de escuela. Albarn se sumerge especialmente en ese período, pretendiendo encontrar allí la esencia de la persona que hoy es.

Everyday Robots es un álbum nostálgico, tanto a nivel lírico como musical. Es también una reflexión de nuestra vida moderna, cada vez más digitalizada y conectada, pero sin la cordialidad y el afecto del antiguo mundo analógico. “Somos robots todos los días con nuestros teléfonos. Parecemos estatuas erguidas cada uno en su mundo” canta Albarn en la canción que da el título al disco. Esta dicotomía entre tecnología y natura se repite, con diferentes motivos, en otras canciones del disco como Lonely, Press Play y la estupenda Hostiles.

Albarn, influido por la música de Mali, compone con una base de acordes mínimos, a veces simplemente presionando un par de cuerdas de guitarra o una nota en el piano. Ese minimalismo establece un tiempo y una atmósfera de insondable melancolía, que conecta con gracia y exactitud con letras que hablan de amor, abandono, de envejecer y cómo aprender a vivir con ello.

Richard Russell, coproductor de la placa, desarrolla un sobresaliente trabajo en los arreglos de percusión. Los instrumentos utilizados fueron traídos por el productor desde la ciudad de Kinshasa en la República Democrática del Congo. En su mayoría, fabricados de plástico y metal, producen un singular efecto percusivo entre tribal y semi industrial. Russell imprime su propio sello al disco, mezclando con genialidad los instrumentos análogos con baterías programadas y samples que ayudan a la carga conceptual de la placa.

Everyday… es un esfuerzo noble, construido con sosiego y sabiduría. Un trabajo que afianza el deseo continuo de transformación de Albarn y eleva su estatura como uno de los mejores compositores contemporáneos. Y aunque no es el álbum pirotécnico y grandilocuente que algunos esperaban, es una publicación que recompensa a quienes se dan el tiempo para descubrir sus tesoros ocultos, que son muchos.  •••