Madonna y el iPhone, probablemente los fenómenos comerciales más impactantes de los últimos meses en Chile, demuestran que aquí el cash no escasea.

  • 5 septiembre, 2008

 

Madonna y el iPhone, probablemente los fenómenos comerciales más impactantes de los últimos meses en Chile, demuestran que aquí el cash no escasea. Por Andrés Valdivia.

En estas últimas semanas hemos sido testigos de dos fenómenos comerciales de magnitud bíblica que –como casi siempre– generan lecturas que van mucho más allá de la rentabilidad local de cada uno de ellos para las billeteras involucradas. Por un lado hemos visto colas enormes y personas durmiendo en la calle para poder hacerse de un teléfono celular que promete ser todo lo que los teléfonos celulares no son hoy en día. Aunque es un fenómeno global –las colas se repiten en todos los países– la llegada del iPhone a Chile marca un antes y un después en el consumo de artículos tecnológicos. El factor fetiche entra en juego y vemos cómo un aparejo cool como pocos comienza a robar espacios a otros quizás más funcionales, pero más torpes en su manera de comprender lo que la gente espera de sus teléfonos celulares. Esta NO es una columna de tecnología, así es que este asunto lo dejamos hasta aquí, pero ojo: es altamente probable que la irrupción del iPhone abra espacios valiosos y nuevos para toda la industria de contenidos de la plaza, lo que sin duda impactará también a nuestra menguada industria disquera. Y además, comienza a  demostrarse de manera irrevocable lo central que es la vida digital para un gran porcentaje de chilenos.

Por otra parte, irrumpe Madonna. Y como era de esperarse, todo lo que su visita ha generado es mucho más interesante si dejamos de lado la música y observamos el fenómeno. Que Madonna sea un éxito de taquilla en Chile y se esté agendando un segundo concierto no es sorpresivo. Ya lo hizo Michael Jackson, probablemente un personaje de bastante menor estatura que Madonna si ponderamos por el paso del tiempo, y el hambre por buenos espectáculos de altura global es ya un hecho en nuestro país. Lo que si resulta interesante son los precios. Ya se debatió bastante sobre este tema con la venida de U2 hace un par de años, pero la friolera que se cobra por ver a Madonna, sumada a la voracidad con la que se están reservando las entradas, hace pensar que lo que pareció un hecho aislado con los irlandeses es ya un patrón de consumo de entretenimiento. Somos la plaza más cara de la gira latinoamericana de la diva y eso, sin duda, habla sobre lo que hemos logrado y lo que no. En Chile el cash circula en caudales similares a los del río Baker y el fantasma majadero de la crisis y la inflación pareciera no asustar a los chilenos al momento de ver a una rubia talentosa de cincuenta años cantar sus canciones. El maullido del gato encerrado se escucha a lo lejos, qué duda cabe.

Por otra parte, cabe echar un vistazo y ver cómo ha cambiado Chile en paralelo al crecimiento de nuestras billeteras (o de nuestra capacidad de crédito). Cuando Madonna estuvo por última vez en Latinoamérica llegó sólo hasta Argentina, en épocas en que nuestro país no era siquiera considerado como una plaza rentable para nada que no fuese Silvio Rodríguez. Aquella vez el griterío de la curia y de los sectores más conservadores de nuestros vecinos al otro lado de los Andes casi lograron cancelar la presentación de la diva y lo mismo habría sido esperable en nuestro país. Eran años en que nuestras sociedades no aceptaban la más mínima torcedura en los rígidos entramados de la moral y las buenas costumbres. Pero al parecer todo aquello ya es parte del pasado. Se ha levantado polvareda por las condiciones comerciales de la venta de las entradas, pero nadie ha levantado piedra alguna para ser lanzada en torno a la presencia de Madonna en Chile. Es probable que esto se deba a un proceso simultáneo: Madonna ha ido limpiando su impronta escandalosa y al mismo tiempo Chile ha cambiado de manera impresionante respecto de lo que es y no es aceptable estética y moralmente. Lo notable de todo esto, es que Madonna atraviesa cronológicamente un cambio cultural lento, siempre en la cima de su popularidad, algo que pocos pueden mostrar a su favor.