Tras dos décadas de ausencia regresa al municipal Tristán e Isolda, considerada por muchos como una de las piezas claves en la historia de la música. POR JOEL POBLETE Han pasado 142 años desde su estreno, y el misterio y la fascinación por Tristán e Isolda de Richard Wagner siguen intactos. La emblemática historia de […]

  • 29 junio, 2007

Tras dos décadas de ausencia regresa al municipal Tristán e Isolda, considerada por muchos como una de las piezas claves en la historia de la música.
POR JOEL POBLETE

Han pasado 142 años desde su estreno, y el misterio y la fascinación por Tristán e Isolda de Richard Wagner siguen intactos. La emblemática historia de amor en la que un filtro mágico une a dos jóvenes en una pasión más allá de límites humano y terrenales, ha embrujado por igual a musicólogos e intelectuales que han elucubrado en torno a los lazos que unen en esta tragedia a Eros y Tánatos. En Chile, todos ellos deben estar contando los días para el esperado regreso de la obra al Municipal, donde no se presenta desde 1986. Si todo sale bien, podría ser uno de los hitos musicales de la década. Y no exageramos.

Da lo mismo que la trama se extienda por tres horas y media en las que la acción escénica es reducida y casi estática: los melómanos se vuelven locos con esta pieza única y los complejos alcances sicológicos de los motivos musicales que desarrolla Wagner.

El inmortal y enigmático preludio conduce a un primer acto en el que hay instantes antológicos como el monólogo de Isolda –mezcla de ira, dolor y desolación–, la tensión que sugiere el tema que precede al primer diálogo entre los protagonistas, y el estremecimiento en las cuerdas luego de que ambos beben el brebaje amoroso, seguido por el pasaje en que ambos dicen sus nombres. Pero el segundo acto depara los instantes más arrebatadores: el desborde de pasión orquestal previo al encuentro nocturno entre los amantes, que pasan del júbilo al éxtasis, el tiempo se detiene en medio de la noche y conforma un dúo de delicadeza, misterio y belleza, que se extiende por más de media hora, solo interrumpido por las advertencias de la doncella Brangania.

Si a alguien le quedan dudas de la efectividad dramática y musical de Wagner, basta con analizar el verdadero “coitus interruptus” con que finaliza el dúo de los amantes, y la desgarradora emoción del monólogo del rey Marke al descubrir la traición de su esposa y sobrino. Evocar en el acto tercero la melancólica música del pastor, la desoladora tristeza que acompaña la lenta agonía de Tristán en su castillo de Kareol, o el Liebestod (muerte de amor) de Isolda y su frase final “höchste Lust!” (supremo deleite), sumergiéndose en medio de la embriagadora melodía de una orquesta que alcanza niveles cósmicos.

¿Grabaciones para recomendar antes de la función? Partimos por la primera versión completa en estudio (1952), de Wilhelm Furtwängler y un elenco encabezado por la veterana pero magistral Kirsten Flagstad, junto a un joven Dietrich Fischer-Dieskau, o la que ese mismo año comandó Herbert von Karajan en el Festival de Bayreuth, con Ramón Vinay. Están las visiones personales de Leonard Bernstein y Carlos Kleiber, o la de Daniel Barenboim (con Siegfried Jerusalem), sin olvidar a Antonio Pappano, quien dirige a un Plácido Domingo que debuta en el rol a los 63 años. Pero para muchos admiradores el disco favorito es el registrado en vivo en Bayreuth ‘66, con Karl Böhm dirigiendo un reparto en estado de gracia: los inmensos Birgit Nilsson y Wolfgang Windgassen, junto a Christa Ludwig, Eberhard Wächter y Martti Talvela. Un tesoro.

¿Un montaje histórico?

Lo que el Municipal estará presentando desde el 18 de julio tiene muchos elementos para convertirse en hito. Considerando la extrema dificultad de los roles, es un lujo contar con figuras como Jeanne-Michèle Charbonnet (espléndida Ortruda en el Lohengrin hace un par de años) y John Treleaven, que viene de cantar Tristán en Hamburgo, y luego de Santiago estará en el Covent Garden interpretando a Siegfried. Por si fuera poco, en el reparto figuran los cotizados Petra Lang y Reinhard Hagen. La escenografía e iluminación serán de Ramón López (quien también destacó en el Lohengrin, en 2005) y la regie estará a cargo del director artístico del Colón, Marcelo Lombardero, que en 2006 se lució con La vuelta de tuerca, de Britten. Para la renovada formación de la Filarmónica, conducida por Jan Latham-Koenig, la experiencia será una verdadera prueba de fuego.