Por: Vivian Berdicheski Retrato: Verónica Ortíz Fue el propio director artístico del museo, Agustín Pérez Rubio, quien invitó a Voluspa Jarpa a participar en el Malba, uno de los principales del continente, después de ver su trabajo en octubre de 2014 en Bogotá. Más de 20 personas se han involucrado en este proyecto (desde lo […]

  • 7 julio, 2016

Por: Vivian Berdicheski
Retrato: Verónica Ortíz

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Fue el propio director artístico del museo, Agustín Pérez Rubio, quien invitó a Voluspa Jarpa a participar en el Malba, uno de los principales del continente, después de ver su trabajo en octubre de 2014 en Bogotá. Más de 20 personas se han involucrado en este proyecto (desde lo público y privado, como Antenna), que lleva por título “En nuestra pequeña región de por acá”. Un site-specific; es decir, una instalación pensada para el espacio donde ocurre el evento. Fueron casi dos años preparando la muestra que se inaugura el 15 de julio, después de que finalice la de Yoko Ono, actualmente en exhibición.

Su prestigio, queda claro, ha traspasado las fronteras. La reconocida galería francesa Mor Charpentier se encarga de mover su trabajo en el circuito europeo. “El campo en las artes visuales contemporánea es hiper profesionalizado, y ese mundo se abrió para mí el 2011, cuando empecé a tener mucho feedback fuera de Chile. Apareció mi galería francesa, comencé a ir a ferias con Isabel Aninat; antes sólo asistía a bienales y no me había metido en el tema comercial. En el mundo profesional no está separado el arte crítico del comercial”, señala Voluspa.

Pero para llegar a estas lides es imposible no remitir a su historia, en la que se enlazan el desarraigo y la libertad, lo emocional y lo intelectual.

Según la mitología nórdica, Voluspa era una profetiza –el nombre se lo puso su abuelo masón– y quizá algo de eso hay en su trabajo, que explora el pasado para vislumbrar el futuro. Cada obra se produce luego de estudiar mucho, recopilar datos y números y de leer hasta que metafóricamente se desborda de información y aparece la imagen.

El interés por entender la historia de Chile tiene que ver con su ruta personal. En 1976 su padre, que era gerente de Cemento Melón, se quedó sin trabajo, y su familia buscó nuevas oportunidades en Paraguay y Brasil. Voluspa tenía cinco años cuando partió, para volver sólo en las vacaciones. A los 17 años regresó definitivamente, pensando que en este país se iba a sentir en casa. Pero no fue así. Hasta hoy se ve como outsider. “Voy a cumplir 45 años y ya he aprendido que el desarraigo es del tamaño de mi libertad, y yo le tengo gran amor y simpatía a mi libertad. Me encanta el desarraigo”, afirma.

Desde 1994 ha sostenido una larga producción artística. En 2011 trabaja con los archivos desclasificados de la CIA sobre Chile y América Latina. Este tema lo ha presentado en Suiza, Turquía, Francia y Brasil, y también es parte de su nueva muestra en Buenos Aires.

-¿Cómo se gesta esta exposición?

-Hay todo un proceso largo que parte con la mirada de la historia de Chile. Hice un mural a los 20 años en el Museo Nacional de Bellas Artes sobre el Desastre de Rancagua. Era interesante porque yo no había estudiado la historia de Chile en el colegio, y me di cuenta de que esa batalla tiene una característica que es muy propia: hay dos versiones sobre lo que pasó. Una carrerista y una ohigginiana, que narran hechos distintos. Si quieres saber qué fue realmente lo que sucedió, no tienes cómo. Y esa característica de Chile se repite siempre que hay un conflicto social, como en el golpe. Se establecen versiones con hechos distintos, lo que es una cuestión súper extraña, porque los hechos son los hechos. No hay más discusión, y creo que todo mi trabajo tiene que ver con esa tensión.

-¿Una tensión que relacionas con la histeria?

-La histeria se produce por un shock, en el que tú niegas acontecimientos, los cambias o los inviertes. El Desastre de Rancagua fue una derrota, pero la única representación que existe es la de un señor O’Higgins, desplazando la imagen de lo que fue la primera masacre de Chile. En términos conceptuales, trato de entender un tipo de lenguaje que al final es el mismo que se establece con los archivos que desclasifica la CIA de Chile.

-¿Qué te pasó al revisar los archivos?

-Me conecté con la tacha. El lenguaje en un texto borrado. Nuevamente se trató de un acto histérico, porque te dicen que van a desclasificar y está tachado. Es decir, voy a hacer algo y te voy a mostrar, pero no. Creo que tenemos a nivel cultural una rotura en el diálogo social. El arte es producto del diálogo. Esta sociedad recién está empezando a volver a establecer un diálogo entre personas que piensan distinto. No puede ser siempre un diálogo destructivo.

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-¿Los archivos son la punta del iceberg de una estrategia continental?

-A través de un documento emitido por Chile a Uruguay me empecé a dar cuenta de que las autonomías nacionales no son como uno se las puede imaginar, porque todo está conectado con el otro. La primera exposición, que presenté en la 8va Bienal de Mercosur, se refería a la Operación Cóndor, pero iba más allá. La operación es el resultado, la consecuencia. Todo está entrelazado geopolíticamente. EE.UU. tenía intereses económicos y se alió para defenderlos con todos los países latinoamericanos que pudo, y ésa es la historia que se cuenta en la ruta del Malba.

-¿La exposición establece un recorrido?

-Tiene tres nudos temáticos que están sostenidos por la investigación y también por la forma. La obertura, si esto fuera una sinfonía, contextualiza tres obras de Donald Judd, padre del minimalismo norteamericano, que la vanguardia de EE.UU. exporta en el mismo momento en que está ocurriendo todo esto en América Latina. Por consiguiente, me apropio de su obra en términos contemporáneos. El minimalismo de Judd es muy interesante, porque pone al arte por el arte, en abstracción pura, geométrica, impecable, como una manera de celebrar el período más alto de industrialización. No genera un discurso con la realidad. Al incorporar los documentos desclasificados en la misma posición de la obra de Judd, se produce una especie de choque de forma y fondo.

-Además, exhibes ciertos personajes latinoamericanos.

-Bajando la escalera se despliega la imagen de 47 líderes de 14 países, que aparecieron en los archivos de la CIA, desde el año 47 al 94. Algunos fueron asesinados, en otros casos las causas de sus muertes están siendo investigadas. En bronce gruñido está la imagen fantasmagórica de ellos. En ese retrato aparecen el país, el año y no el nombre. Luego se despliega toda la información de las causas, con su historia, fallos, peritajes y exhumaciones, que conseguimos a través de familiares, jueces, abogados. Incluso César Gaviria, ex presidente de Colombia, nos ayudó. Fue un trabajo difícil. Después, en un muro, con una máquina que inventamos, se proyectan imágenes de los muertos, el lugar de los hechos o del accidente. Usamos la luz como una manera de que estas imágenes de crónica roja se desmaterialicen y no resulten morbosas. Y aquí aparece el cargo, pero aún sin el nombre.

-¿En cada sala entregas pistas que ayudan a completar el guion de lo ocurrido?

-Está todo pensado. Una sala más abajo, otra obra de Donald Judd intervenida contiene toda la investigación que hicimos por país. Esto lo puedes leer, están en unas carpetas realizadas con una solución de acero, son pesadas, frías, como si se tratara de una morgue. Al leerlas puedes hacer un cruce de información. Ahora ya sabes los nombres. Además, se exhiben 10 casos específicos con peritajes y documentación que nadie ha visto, lo que va a ser impactante. Los casos de Chile son Frei, Allende, Neruda, Letelier. También aparece Jacobo Arbenz, de Guatemala; Omar Torrijos, de Panamá, entre otros. Finalizo con un video multicanal de cinco pantallas, con la obra Translation Lessons (2012-2016), donde hago una reflexión sobre el idioma como dominio hegemónico. En él, un profesor me enseña inglés a través de la lectura de los archivos de la CIA.

-Toda esta investigación y proyecto tiene como punto inicial Chile. ¿Qué te motiva?

-Cuando no tuviste infancia en Chile, resulta difícil entender esta sociedad tan segmentada, con un sentido de la vigilancia por el otro. En países más grandes y diversos esos códigos no existen, como tampoco la necesidad de homogeneizarse. Llegué a Chile el 89 y la sociedad ha tenido cambios, pero sigue siendo pueblerina. Para entenderla me ayuda todo este trabajo que elaboro, partiendo desde lo intelectual. •••