La reunión de bandas legendarias después de décadas de trabajos solistas, amargas declaraciones y una que otra pasada por tribunales no es sorpresa alguna. ¿Por qué tantos se atreven a regresar por más? por Andres Valdivia No resulta extraño lo que está ocurriendo. La lista es enorme y variada, pero una lógica persistente e inequívoca […]

  • 23 febrero, 2007

La reunión de bandas legendarias después de décadas de trabajos solistas, amargas declaraciones y una que otra pasada por tribunales no es sorpresa alguna. ¿Por qué tantos se atreven a regresar por más?

por Andres Valdivia

No resulta extraño lo que está ocurriendo. La lista es enorme y variada, pero una lógica persistente e inequívoca los cruza a todos: The Police, Genesis, Rage Against The Machine, Smashing Pumpkins, Crowded House, James, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr y hasta Asia han anunciado su retorno a los escenarios durante este 2007. Para los nostálgicos esta puede ser una excelente noticia, y para quienes no nos dimos cuenta en qué minuto una banda de nuestros tiernos veintes ya es objeto de culto, una prueba de que el tiempo no pasa en vano y que su capacidad oxidante más de una mancha dejó en el camino. Y claro, no resulta extraño porque las fuerzas detrás de este tipo de regresos son muy difíciles de contrarrestar; lo hemos visto tantas veces.

Pocas cosas resultan más atractivas para un sello discográfico que echarle mano a su catálogo. Es allí donde está la presa más jugosa del banquete –algo frugal estos últimos años, es cierto– y es allí donde las apuestas se concentrarán en este período de transición hacia la muerte definitiva del CD. Poco riesgo y alta rentabilidad, una combinación poco común en el universo de los billetes. La racionalidad es simple: material ya amortizado y en el que se invirtieron millones hace ya más tiempo del confesable, esperando en bodega para ser despachado a musica en cualquier rincón del mundo con un costo de promoción absurdamente

pequeño comparado con el esfuerzo que implica dar a conocer a un nuevo artista. ¡Bingo! Dinero fácil, sonrisas en las juntas de accionistas y consumidores contentos. Y es verdad, contentos estamos.

Pero el cinismo tiene su límite. Uno se pregunta irremediablemente si Phill Collins de verdad estará en aprietos económicos –¿quizás alguna cuota atrasada de la pensión de alimentos de alguna ex?– o si Sting querrá enchular su yate o comprar algún invaluable secreto tántrico para continuar con sus acrobacias de maratonista de fondo en la cama de algún castillo de la campiña escocesa. Estamos hablando de músicos que están dentro de la lista de los personajes más adinerados de sus países, gente que paga millones en impuestos, pero que en términos estrictos no necesita salir de gira y sin embargo, allí están, listos para tomar la carretera una vez más.

Insisto, el cinismo tiene su límite, y la pura lógica comercial no explica completamente lo que ocurre con estas bestias de la música. Dándole vueltas al tema casi obsesivamente en los últimos días, me he encontrado con una respuesta que me hace mucho sentido y que de alguna manera devela un rasgo frágil y perturbado de los performing artists, como les llaman los gringos.

Tengo la corazonada de que el misterio está en los escenarios. El viejo Keith Richards –mítico guitarrista de los Stones– cuenta que los momentos en que más enganchado estuvo a la heroína fue en los meses que venían después de las giras, cuando no podía soportar la idea de no subirse a un escenario rodeado de miles de fanáticos noche a noche. La ansiedad lo destruía y la única forma de recrear el vértigo envolvente de tocar en vivo era a través de una intravenosa del tóxico opiáceo. La anécdota es feroz, pero ayuda a comprender lo que ocurre con esta casi interminable lista de estrellas que dejan los palos de golf para retomar la guitarra. Hay algo tan extraordinariamente fuera de lo común en su oficio, algo que los pone tan al margen de la realidad miserable de la vida cotidiana, que el asunto se torna una necesidad que tarde o temprano rebrota. “Vicio, el rock and roll” dicen los Ratones Paranoicos, y claro, a los adictos, ¿quién podría juzgarlos por una recaída?