Por: Francisco Ortega Ilustración: Ignacio Schiefelbein Primero fue La semana en que los siglos se juntan, un thriller policial e histórico que se hacía cargo del mito de los túneles jesuitas bajo Santiago y cofradías militares desde tiempos de la independencia. Un raro fenómeno, que sin las espaldas de una editorial logró vender más de […]

  • 12 noviembre, 2015

Por: Francisco Ortega
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

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Primero fue La semana en que los siglos se juntan, un thriller policial e histórico que se hacía cargo del mito de los túneles jesuitas bajo Santiago y cofradías militares desde tiempos de la independencia. Un raro fenómeno, que sin las espaldas de una editorial logró vender más de 16 mil ejemplares, todo un hito para un mercado donde los best seller con suerte llegan a los tres mil. Dos años después vino Logia (Planeta), de quien aquí escribe y de la cual por pudor no daré más detalles, a la que siguieron Huáscar (Ediciones B) de Carlos Tromben, y el hit editorial del 2015, con casi 40.000 ejemplares vendidos en cuatro meses, La historia secreta de Chile (Sudamericana/Penguin Random House) de Jorge Baradit. ¿Qué sucedió que de pronto todos parecen querer leer historia novelada?

Tradicionalmente ha sido un género con mucho desarrollo en nuestro país. Entre 1930 y 1973 se publicó y se leyó mucha novela histórica, incluso autores de la talla de Manuel Rojas y Luis Thayer Ojeda incursionaron en el género, que sin embargo desapareció tras el golpe militar, regresando tímidamente hacia inicios de 2000, con trabajos de Patricio Jara, Alfredo Sepúlveda y Manuel Mellado. Autores todos que eludían la categoría de novelistas históricos, adjetivo que sus editoriales también preferían obviar, quizás –equivocadamente– para no encasillar las obras en un nicho. Pero todo eso cambió hace un par de años. Ya no da vergüenza escribir y publicar novela histórica chilena, jugar a las versiones locales de Dan Brown o Ken Follet, ya sea estrictamente en el género o coqueteando con el thriller e incluso la fantasía, tal cual ocurre en el caso de Alberto Rojas y su espléndida La sombra de fuego.

Y hoy, tras los éxitos de las novelas y ensayos citados en el primer párrafo, nos enfrentamos a una concreta renovación del formato. Carlos Basso presenta Código Chile (Suma/PRH), donde nazis se mezclan con jesuitas y el mito de la Quintrala; su colega José Miguel Martínez hace lo propio con Hombres al Sur (Tajamar Ediciones), un western chileno ambientado en el siglo XIX, lectura similar que Francisco Schilling hace de la batalla de la Concepción en Los héroes (Ediciones B). Y en otra esquina, el periodista Francisco Aravena coge la posta con el lado científico de la historia, a través de La vida eterna de Phineas Gage (Ediciones B), que reconstruye un caso médico ocurrido en Chile durante la segunda mitad del mil ochocientos y que cambió las neurociencias del mundo entero. ¿Ficción histórica o la historia como ficción? Quizás un poco de todo.

 

Novelando la historia

“Totalmente de acuerdo”, responde Carlos Basso, ante la pregunta de si estamos ante una nueva novelística histórica chilena. “Hay un revival del amor por la identidad. Todos estos libros están creando lectores y eso, en definitiva, se va a traducir –ojalá– en un país más culto, más pensante”.

José Miguel Martínez prefiere hablar de un renacimiento: “Son miradas desde el presente, para replantear el pasado, y por ello, la mirada actual de esta ‘nueva novela histórica chilena’ está informada por los códigos propios de nuestra época. Hace un siglo la mirada histórica era romántica; ahora es más bien escéptica, incluso irónica”.

“No sólo tiene que ver con la tendencia a reescribir la historia (o de hacer pedazos la oficialidad de la historia)”, se apresura Francisco Schilling, “sino con las características narrativas de las novelas en cuestión. Ya no se trata de la fábula decimonónica canonizada por el Adiós al séptimo de línea, sino de escrituras heterogéneas e híbridas que provienen de varias partes, y que componen un entramado más atractivo para los lectores. Hay harto de comic, ciencia ficción y relato negro, y sobre todo de una necesidad de desacralizar los procesos históricos”.

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“Me parece claro que estamos en camino a una puesta al día”, suma Francisco Aravena. “Creo que el éxito de esos títulos muestra que había público para historias-sobre-la-historia y esos lectores no estaban siendo atendidos. Ahora se hicieron visibles, se hicieron ver. Probablemente tiene que ver con que el país al fin parece haber dejado atrás la tutela de quienes monopolizaron el relato y armaban un escándalo mayor cada vez que una obra osaba rozar los personajes o símbolos patrios o la historia de libro escolar”.

“Novela histórica siempre ha existido en Chile”, agrega Basso, “pero sí creo que hay una nueva fase. Es un proceso que tiene al menos unos 15 años, y ahí están libros como El teniente Bello y otras pérdidas, de Pancho Mouat, O`Higgins e Independencia, de Alfredo Sepúlveda, y Prat, de Patricio Jara, por nombrar algunos”.

-Ustedes se han acercado a la historia de Chile desde el thriller, las ciencias, la aventura, la guerra. ¿Cómo fue ese camino?

Basso: “Muy natural. Había explorado el tema previamente en clave de no ficción, no sólo a través de libros, sino también de reportajes o crónicas sobre aspectos patrimoniales o míticos, como La ciudad de los césares y, claro, al final la ficción es una forma de poder decir ciertas cosas que la no ficción impide…

Martínez: “En primera instancia, mi intención siempre fue escribir un western. Pero un western con códigos vernáculos, o sea, un western a la chilena. En segunda instancia, quise desempolvar un hecho real de la historia de Chile del siglo XIX: el motín de Cambiaso en Magallanes. En ese sentido, el camino tenía una dirección clara, y el gran desafío fue cómo narrar cada parte de la novela de manera que los hechos tuvieran un cierto dinamismo, un cierto aire de aventura. En ese tiempo, mientras escribía Hombres al sur, leía muchas novelas históricas y crónicas del siglo XIX. El siglo XIX me parecía interesante en cuanto a que fue una época marcada por hitos de sangre y violencia: la independencia del país, las guerras contra España, Perú y Bolivia, la guerra del Pacífico, el auge de la industria del salitre, la pacificación de la Araucanía. Existía una suerte de fricción que se generaba en el cruce entre el mundo salvaje y la incipiente civilización. De esa fricción, que se expresa en violencia, nació Chile. Y eso me pareció muy western”.

Schilling: “Viví mucho tiempo en Antofagasta, y crecí yendo al desierto y a los pueblos fantasmas. Allí siempre podían encontrarse cartuchos de balas y otros escombros de la guerra del Pacífico, además de cementerios con zapatos asomados y flores de plástico. Era como si el desierto fuera el basural inabarcable de la historia de la violencia en Chile. Con todo, cuando veía estos paisajes no pensaba en epopeyas ni en batallas épicas ni en actos de heroísmo, sino en el tedio y el aburrimiento de los seres humanos. Me parecía que los fantasmas no transitaban con el puño en alto, sino con la cabeza gacha en un estado de resignación y sumisión brutales. Quiero decir, los veía más como carne de cañón de una elite oligarca y política que disponía de sus vidas como quien se compra un perro para cuidar la casa. La guerra tiene mucho de eso, de gente muerta que nunca se enteró realmente por quién se reventó luchando. Me parecía que era algo que faltaba por narrar.

Aravena: “En mi caso me interesaba contar la historia de la ciencia, las neurociencias en particular (o sus antecedentes). Reporteando otros episodios e investigando sobre Phineas Gage, siempre me asombró la persistencia de una noción: que la verdad científica es un consenso, un acuerdo de poder, y ese consenso es dinámico. La ciencia va avanzando y va derribando sus propios supuestos en el camino, y la verdad va evolucionando con ella. De manera que mirar las construcciones en torno a esas verdades pasajeras es un ejercicio muy interesante; es también un ejercicio de humildad: es obvio que lo que hoy damos por hecho en unas décadas más será objeto de asombro y hasta de sorna… (quizás por parte de los autores de la novísima nueva novela histórica chilena). Segundo: repasando la historia de la medicina en Chile en el siglo XIX, fue inevitable hacer el paralelo con la historia política. A la medicina chilena había que inventarla, pero al país también. El hecho de que los primeros gobiernos tuvieran la claridad de que era necesario que el Estado formara a sus propios médicos es una muestra de visión: un país no existe si no tiene ciencia, científicos, doctores, hasta matronas para que sus nuevos ciudadanos no se mueran al ver la luz. Para mí, por eso, Lorenzo Sazié es un padre de la Patria”.

 

Novelistas versus historiadores

“Cada uno en su rol”, responde Basso. “El trabajo de los historiadores académicos es ciertamente fundamental, sobre todo respecto de la rigurosidad con que trabajan, con el chequeo de las fuentes y con el método que aplican. El novelista muchas veces se nutre de ellos y no podría ser de otro modo, pero a diferencia de los historiadores, el escritor de novelas –que puede ficcionar a su amaño– es quien entrega emoción, intriga, suspenso y acción, y por medio de esas técnicas logra fijar los tonos, los ambientes, los sabores de determinadas épocas en la memoria colectiva. A todos nos enseñaron en el colegio o el liceo la historia del Chile de mediados de 1850, pero la imagen de aquellos años la forjó Alberto Blest Gana, por medio de Martín Rivas. Lo mismo pasa con Palomita blanca, de Enrique Lafourcade, y con El roto, de Joaquín Edwards Bello, retratos muy detallados del Chile de los sesenta y del Chile del 1900, por poner sólo algunos ejemplos”.

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“Los historiadores son imprescindibles para que exista una buena novela histórica”, subraya Aravena. “Son el material, la disciplina y en muchos casos la creatividad: te enseñan o al menos te ayudan a encontrar novedad en algo visto, revisto y contado mil veces. No creo que el mejor novelista histórico pueda reemplazar a un buen historiador. El aporte del novelista viene después: en la difusión, la entretención, la provocación.

-Le pregunto a los cuatro: ¿qué los movió a meterse en estos temas?

Basso: “Código Chile es una derivada de obsesiones personales (como el tema del mal) y de tópicos en los cuales me he ido especializando como periodista, como el nazismo, por ejemplo, y también de la lectura de libros, de documentos desclasificados, de diarios antiguos, etc. Es una novela cuya parte central escribí hace más de 10 años y que, de a poco, fui adobando con datos que aparecían producto de mi trabajo periodístico. ¿Y por qué escribirla? Muy simple. Porque es un texto que me gustaría haber leído y que creo que le puede gustar a muchas personas, que se asombrarán al conocer, por ejemplo, la amistad entre nuestro Alonso de Ovalle y el genio jesuita Atanasius Kircher, o lo relativo a la tumba de la Quintrala, o la historia de las pirámides en el Cementerio General de Santiago…

Martínez: “Partí escribiendo Hombres al sur porque quería escribir un western a la chilena. Tenía, además, una imagen inicial que me daba vueltas en la cabeza: un viejo barbón, enfermo, acompañado de su criado, un huaso con dentadura de oro, cruzan el secano en carreta, donde se encuentran con un mapuche joven, vagando por ese árido paisaje. A dónde se dirigía ese viejo, era algo que yo no sabía en ese momento. Solo sabía que, lo que estaba empezando a escribir, era un western. Fue en ese período, justo al comienzo, que un gran amigo me prestó un libro que inspiraría y terminaría de dar forma a la novela. Este libro era Motín en Punta Arenas y otros procesos celebres del crónista, Enrique Bunster. Fue con ese libro que conocí la historia del motín de Cambiaso, una historia olvidada en nuestra historia, uno de los hitos más brutales del siglo XIX”.

Schilling: “Antes de empezar Los héroes, estaba escribiendo una novela negra sobre la historia reciente de Chile, a partir de la experiencia del miedo que no viví pero que heredé del golpe y la dictadura. Era algo que ya se había hecho antes (Zambra, Bisama), pero que me parecía que aún podía desarrollarse desde otras perspectivas. Entonces Patricio Jara, con quien nos conocíamos de Antofagasta, me habló del proyecto de la batalla de la Concepción. Si me hubiera dicho que necesitaban novelas históricas probablemente me habría negado, porque de historia nacional sabía muy poco, pero en cambio me dijo: ‘77 tipos encerrados en una iglesia que queman por fuera’, o algo así. Y prendí como pasto seco. De ahí en adelante comenzó a fascinarme el asunto. Mientras uno estudia la historia de Chile, son muchas las cosas que aparecen. Casi se trata de un estudio forense, de analizar los complots y traiciones, de entender por qué los militares se sienten dueños de Chile. Mientras más se escarba, más datos bizarros se encuentran”.

Aravena: “Siento que fui un monigote de una historia excepcional. Tendría que haber sido demasiado malo para echarla a perder (y no creo que haya sido el caso)”. •••