Hace casi una década Diego Errázuriz estudió ingeniería comercial, pero lleva solo cuatro meses trabajando en un banco. Aquí cuenta sobre su relación con la música, el piano y la improvisación, una pasión que lo ha acompañado durante toda su vida.
Foto: Verónica Ortíz

  • 2 agosto, 2019

Entre edificios con muros de vidrio donde rebota el reflejo de sol, frente al rascacielos Titanium, trabaja Diego Errázuriz Guler (34) como analista en un equipo de inversiones. Tiene horarios establecidos, entra a la nueve de la mañana, de lunes a viernes. Generalmente se desocupa a las seis de la tarde, pero a veces debe quedarse hasta más tarde. No es que sea más difícil, pero sí distinto. “Hace cuatro meses me cambió la vida. Llegó un momento en que sentí que necesitaba ocupar mejor mi tiempo”, relata el hijo del empresario y fundador de Celfin, Jorge Errázuriz.

Sería un error decir que es ingeniero; ha publicado álbumes como Años luz (2013), Berlin meditations (2016) y La noche (2017), en los que reúne piezas musicales de piano, compuestas mediante improvisación. De hecho, el próximo miércoles 7 de agosto presentará su último trabajo en el Teatro Mori del Parque Arauco, titulado Tres años después. El pianista y compositor explica que, “cuando hago un concierto, aprovecho de ponerle el nombre del disco para promocionarlo, pero no es que esté tocando todas esas canciones”. Utilizará algunas de ellas, pero también otras del pasado. Las tomará como base para tener ciertos márgenes y no perder el “arco dramático”. Porque es lo que Diego Errázuriz siempre hace en el escenario: improvisar. Trata de tocar un poco todos los días, aunque no siempre le resulta. Cuando se sienta frente al piano, en el living de su casa, toca durante aproximadamente una hora. “No le dedico tanto tiempo, pero cuando lo hago es significativo e intenso”.  En esos ratos, no practica su técnica o reportorios, sino que improvisa sin detenerse. “Así se va formando una relación con el instrumento que después te permite subirte a un escenario y lanzarte sin ninguna red de protección”, explica. “Lo tienes tan en los dedos que ni siquiera tienes que pensar”.

-A propósito de este concierto el 7 de agosto, ¿cómo surge este álbum?

-Es un disco que grabé el año pasado en septiembre, en Berlín. Se llama Tres años después porque, en 2015, estuve en Berlín cuatro meses tocando, dando conciertos y grabando. Ahí grabé Berlin meditations. El año pasado volví a esa ciudad y noté que habían pasado tres años desde que estuve ahí. Llamé al estudio, todo de forma espontánea, y pregunté si tenían un día disponible y resultó que sí. Grabé cuatro horas y media de improvisaciones. Y después seleccioné lo que más me gustaba. El disco busca revisitar lo que fue el 2015, ir al mismo estudio y con el mismo piano. Tiene una mística: te lleva a lo que fue tres años atrás, pero al mismo tiempo ya ha pasado agua bajo el puente. Ambos fueron grabados en las mismas circunstancias, pero en distintos momentos de la vida. 

Practicar para improvisar

A los ocho años le regalaron un pequeño teclado. Así empezó a jugar y descubrió que podía tocar las canciones que se escuchaban en su casa, principalmente música de los 60, como The Beatles. De a poco fue experimentando con este instrumento y buscando maneras de usarlo. En la medida que se interesaba y avanzaba, le regalaron instrumentos más grandes. Ya con once años, tuvo su primer piano eléctrico como tal: tenía todas las teclas y más pesadas.

-¿Cómo surge el uso de la improvisación?

-Desde muy chico, dentro de lo que se escuchaba en mi casa, estaba Keith Jarrett, pianista y jazzista. Fue uno de los primeros en subirse a un escenario y solo con su piano improvisar todo el concierto. Me acuerdo de que en un momento pregunté y me respondieron que “este gallo se sube y hace toda la música en el momento”. Y ahí me quedó el bichito dando vueltas. Pero no fue sino hasta los 17 años que pude empezar a experimentar en esa modalidad, porque antes de eso tuve bandas de rock y metal progresivo. A esa edad ya tenía las herramientas suficientes para empezar a hacer música espontáneamente. Cuando chico me dejaban partituras y no las leía, me costaba; entonces nunca aprendí a leer música. Hasta el día de hoy creo que eso es lo que me catapultó a este camino tan único que es el de la improvisación.

-Pero en algunos conciertos tienes una partitura en frente.

-No, eso es una hoja con nombres. Lo que pasa es que, en los conciertos, cuando me siento a tocar, improviso. Cuando me meto en un estudio a grabar un disco, lo mismo. O sea, nos ponemos a grabar y me lanzo con mil ideas que nacen en el momento. Después selecciono algunas y, sin editarlas, las ordeno y les pongo nombre. Ese es el disco. Lo que pasa en los conciertos es que, al ser una instancia de una hora en que debes entregar una historia, el riesgo es muy alto.

¿Cómo lo haces para atraer al espectador?

-Mi objetivo es que el espectador sienta que lo llevo en un viaje. Entonces, hago una combinación de improvisaciones con la idea principal de piezas que he grabado antes. Así tengo un ancla y logro armar una historia. Para eso tengo la hoja como guía.

-¿Y qué cosas pasan en tu cabeza mientras tocas en un concierto?

-Uno siempre se pone nervioso antes del concierto. Y después, cuando me siento a tocar, me pasa que estoy como inmerso en el momento, nutriéndome de lo que está saliendo. Es algo en que ni siquiera sé lo que ocurrirá y se produce una inmersión. Claro, a veces se me cruza por la cabeza un “uff, se me olvidó ir a buscar la ropa en la tintorería”, pero después se va.

Diego tuvo dos profesores de música, pero fue uno en particular el que lo marcó, durante su adolescencia. Jaime Vivanco, compositor y pianista que participó en icónicas agrupaciones chilenas como Congreso y Fulano, y que murió en 2013. “Él me empujó hacia el camino de la improvisación: se dio cuenta de que yo no enganchaba con las partituras, entonces él me hacía ir más allá. A veces me dejaba de tarea leer un libro de Lewis Carroll y me hacía crear analogías entre lo escrito y la música”, recuerda. 

De ahí en adelante, Diego siguió avanzando de forma autodidacta, estudiando teoría de manera puntual cuando lo ha requerido, para incluirlas en su “kit de herramientas”.

-¿Cómo es la relación con las piezas musicales que van surgiendo?

-Si de repente me sale algo muy bueno y no lo grabo, fue nomás. Es parte de mi filosofía. Si me apegara mucho a la improvisación que hago y tratara de reproducirla, se perdería el espíritu de la música. Yo cuando toco lo hago totalmente desprendido de lo que está sonando y sé que nunca más lo tocaré, por muy bueno que me parezca.

A Diego no le molesta encasillarse en algún género, pero siente que no encuentra el adecuado. Se siente cercano a una tendencia neoclassical, como Yann Tiersen y Ludovico Einaudi. Pero no es que se haya influido por ellos, porque los descubrió después y encontró que eran estilos parecidos al suyo. “Algunos me han dicho que parece música de películas”, comenta.

El triángulo

Además de su carrera como ingeniero comercial y del piano, Diego también tiene otro interés, uno que casi lo hizo estudiar astronomía y que lo llevó a realizar un documental sobre la historia del universo, titulado The Big Picture; demoró casi una década en hacerlo y será transmitido por la señal de cable de Canal 13. Este proyecto lo llevó a entrevistar a nóbeles de física como George Smoot y Saul Perlmutter.

-¿Cómo combinas estas tres facetas?

-Todas me gustan. La que menos he desarrollado y recién voy descubriendo ahora es la de ingeniero comercial. Estoy trabajando hace meses en un banco. Voy descubriendo y tomándole el gusto. Obviamente es algo mucho más pragmático y aterrizado, pero por lo mismo es interesante, porque se complementa muy bien con lo otro.

-¿De qué modo?

-Ya me dediqué por cinco años solo a la música y al documental. Fue una etapa increíble, pero llegó un momento en que sentí que necesitaba ocupar mejor mi tiempo: tener más rutina y responsabilidades. Por eso eché mano a mi título de ingeniero comercial. Y estoy muy contento, se ha convertido en un muy buen equilibrio entre todas las cosas.

-En su momento, ¿por qué decidiste estudiar ingeniería comercial?

-La música es algo que no me gusta estudiar. Me gusta hacerla a mi manera, cuándo quiero, dónde quiero y cómo quiero. Para mí no es realista poder dedicarme solamente a eso. Soy muy caprichoso. Aparte, comercial es una carrera que te sirve para hacer cualquier cosa, incluso relacionado con la música.

-¿En qué sentido eres caprichoso?

-Tengo muchos amigos músicos que, además de tener sus proyectos personales, muchas veces son profesores o tocan en matrimonios y eventos. Esa es su manera de ganarse la vida y es lo que les gusta hacer. En ese sentido, comparado con ellos, soy caprichoso. A veces me invitan a tocar a eventos, pero yo siempre pregunto de qué se trata y en qué contexto. ¿La gente me va a estar escuchando o estará tomando? Y rechazo la invitación, porque sé que el público estará en otra. Por lo general, yo organizo mis conciertos, elijo el lugar y el piano. No sé si es ser caprichoso, pero es mi manera de ser.

Cuando terminó sus estudios universitarios, trabajó un par de años en una fundación relacionada con una de sus pasiones, Música Para Todos, la cual busca que este arte pueda llegar a personas que no tienen acceso. Después se dedicó principalmente a la música, al audiovisual y otros proyectos. “Estuve mucho tiempo con la idea de que debía seguir mi pasión, la música, y lo hice”. Hoy lo ve de manera diferente: “Mi vida es ir viendo qué pasa en el camino, esto es lo que estoy explorando ahora y me acomoda”.