¿Por qué se conmueve la gente ante la vista de Werner Herzog?

  • 29 noviembre, 2018

Lo pregunto a poco de su histórica presentación como invitado de honor en el ciclo La ciudad y las palabras, que año tras año ha ido organizando la Facultad de Arquitectura UC. Esta vez el auditorio se quedó chico y la conversación con el invitado tuvo lugar en el patio, ante unas mil personas que lo escucharon en medio de un silencio casi religioso, interrumpido a ratos por encendidos aplausos, como si el personaje hubiese hecho un gol, o algo así.

Para quienes han ido siguiendo su carrera a través de las décadas, el diálogo a lo mejor no resultó tan novedoso: el alemán contó alguna de sus mejores historias, la mayoría recogidas en textos extraídos de diarios de vida y su extraordinario libro de conversaciones con Paul Cronin. Así, se desplegaron ante la audiecia su legendaria caminata entre Munich y París, en pleno invierno, a mediados de los años 70; su obsesión con los menhires galos y cómo aprender de su construcción le sirvió para remolcar un buque por la ladera de un cerro, mientras filmaba Fitzcarraldo; o la manera, totalmente fortuita, en que se topó con la historia de Timothy Treadwell, el trágico protagonista de Grizzly Man. Hubo espacio también para sus monolíticas y particulares ideas en torno a la imagen, la lectura, escritura, animales, salud mental, soledad y sobre todo el cine. El cine como artefacto narrativo, como instrumento de verdad, una verdad producida vía el registro documental, pero también a partir de ficciones y quimeras.

¿Hay que creerle todo a Herzog? Para nada. Él mismo se toma saludablemente a la ligera y le baja el perfil a mucho de lo que va diciendo. Se diría que sostiene sus verdades con mucho menos rigor que el exhibido por ciertos acólitos que le aplauden hasta los suspiros (de esos hubo varios ayer, y terminaron felices. Bien por ellos), porque en el fondo su seguridad proviene no necesariamente de estar en lo correcto, sino de un descomunal instinto narrativo. Y ayer quedó claro que ese don no sólo se despliega con facilidad en la pantalla: el poder de seducción del director de Nosferatu, Aguirre, Woyzeck y Stroszek acaso más efectivo aún en persona. Es capaz de encantar con su relato, capaz de hacer sentido y declarar al voleo por qué las estrellas le traen sin cuidado -“ellas no se ocupan de nosotros, nosotros no deberíamos ocuparnos tanto de ellas”-, rendirle un afectuoso homenaje al loquísimo Bruno S., inolvidable protagonista de Kaspar Hauser y “el mejor actor con el que haya trabajado jamás”, explicar con desparpajo su total desprecio hacia el psicoanálisis y cómo el total de su obra podría ser leída como una refutación de Freud, o cómo se dio cuenta que su voz y su aspecto hicieron de él un solicitado actor en papeles de villano en Hollywood -“es probable que ninguno de ustedes haya visto Jack Reacher, pero creo que estoy bastante bien en ella” (tiene razón). Y una de yapa: “en cinco dias más tengo que entrar a un estudio para grabar unas líneas en un episodio de los Simpsons”. Risa general. Para entonces, Herzog nos tenía en la palma de su mano. Y eso que todavía faltaba la ronda de preguntas, en la que se le consultó por lo humano y lo divino, por lo que es y no es.

A mitad de camino tuvo la osadía de decirnos que cree que sus libros sobrevivirán a sus películas (no lo creo, ni por nada) y de que, después de todos estos años, aún concibe sus proyectos en medio de lo que parece ser una monumental inyección de adrenalina: no cree que los guiones deban ser escritos en más de una semana, no cree que haya que realizar más de una versión, ni tampoco filmar cantidades gigantescas de material.

¿En que cree este hombre, entonces?

En su capacidad para reconocer una historia y visualizarla al completo. En su entereza para soportar inevitable la soledad que ataca a quien trabaja en medio de una multitud. En su voluntad de ser -antes que todo- un soldado de su propia causa.

Tal vez por eso le dieron una y otra vez las gracias, lo homenajearon, le pidieron autógrafos y hasta lo abrazaron. Lo siento por aquellos que se quejaron vía redes sociales, acusando a los asistentes de “alumbrados”, de posers y snobs. Se lo perdieron.

Ah, y yo también tenía mis razones para darle las gracias a Werner, mi tocayo: debe ser uno de los pocos directores (Truffaut fue el otro), que ha tenido el coraje de dedicar una de sus películas a un crítico, a Roger Ebert. Así que por eso, gracias Werner. Gracias.

fotos @ARQ_UC en twitter.