Un abanico de celebridades, 343 películas, prensa de todo el mundo, agentes comerciales y predicciones de los Oscar marcaron un festival de cine que, durante diez días, se tomó las calles de la ciudad canadiense.

  • 20 septiembre, 2018

Por Andrés Nazarala, desde Toronto.

Es domingo en la tarde y el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) está llegando a su fin. En las salas de cine aún se pueden apreciar las últimas proyecciones, pero la efervescencia de los días pasados se desvanece. Muchos invitados ya se fueron, la oficina de prensa se desmontó hasta el próximo año, las alfombras rojas están enrolladas, la agitada calle King –cerrada durante el evento- funciona ahora con normalidad.

El último día de un festival está siempre marcado por un nostálgico clima de fin de fiesta que alguien tendría que recrear a través del cine (pienso en Sofia Coppola). Diez días antes, la ciudad parecía paralizada por un evento en el que se proyectarían 343 películas y sería visitado por una lista interminable de estrellas. Por nombrar algunas: Nicole Kidman, Lady Gaga, Ryan Gosling, Julia Roberts, Joaquin Phoenix, Penélope Cruz, Robert Pattinson, Robert Redford…. Digamos que, cada año, Hollywood se traslada a Toronto durante diez días.

Pero tan importante como las celebridades son los agentes que negocian acuerdos de distribución y cocinan el próximo Oscar.  Se los ve deambulando por la ciudad con trajes de diseño, hablando fuerte por celular, entrando y saliendo de funciones a destiempo, teniendo reuniones en restaurantes de lujo. Toronto es, en el fondo, un gran mercado para el cine del siglo XXI, lo que implica la aceptación del streaming y la presencia de Netflix, esa compañía todopoderosa que este año fue rechazada en Cannes.

Esta vez, como venganza, la plataforma instaló en el camino hacia los premios una de las películas más aclamadas del festival: “Roma”, de Alfonso Cuarón, drama personalísimo ambientado en el México de 1971, en tiempos de las revueltas estudiantiles conocidas como “Halconazo”. Son meses turbulentos vistos a través de la mirada de la noble y sacrificada sirvienta de una familia de clase media. Cuarón, quien se ve representado en el hijo menor, redefine el blanco y negro, y logra que los planos estén llenos de vida y movimiento. Cada segundo de “Roma” es un goce audiovisual. Una pequeña historia narrada con la grandilocuencia de las obras maestras del cine (hay, incluso, un guiño explícito a “8 ½” de Fellini).

Foto: Roma

 

No es difícil adivinar que “Roma” estará en la nómina de Mejor Película Extranjera en los Oscar, ni tampoco que la próxima edición de los premios contará con títulos que brillaron en TIFF. Uno de ellos es “First Man”, de Damien Chazelle (“La La Land”), retrato íntimo de Neil Armstrong (Ryan Gosling) y el proceso que lo llevó a ser el primer hombre en pisar la luna. También veremos “Nace una Estrella”, nueva adaptación de la película homónima de William A. Wellman –estrenada en 1937- que llamó la atención por la sensibilidad en la dirección de un debutante Bradley Cooper, quien además se pone en los zapatos de un músico en decadencia que ayuda a una aspirante a cantante interpretada por Lady Gaga.

Otras películas a tener cuenta son “Widows”, incursión de Steve McQueen (“12 años de esclavitud”) en el thriller; “Beautiful Boy”, drama sobre la adicción a través de la estrecha relación entre un padre (Steve Carrell) y su hijo (el cada vez más cotizado Timothée Chalamet) y “Green Book”, ganadora del Premio del Público y dirigida por un Peter Farrelly que narra, con gracia y corazón, el vínculo entre un chófer italoamericano (Viggo Mortensen) y un sofisticado pianista (Mahershala Ali) en los Estados Unidos de los 60.

 

Foto: Green Book

 

La ciudad que siempre duerme

Frente a un restaurant cerrado, un crítico de Montreal me dice que Toronto es “la ciudad que siempre duerme”. La rivalidad entre Quebec y Ontario es conocida, pero esta noche la observación cobra sentido. Nos trasladamos hacia el Barrio Chino, donde los restaurantes funcionan hasta las 4 de la mañana. En el camino de vuelta hacia el hotel, me encuentro con dos lujosas fiestas privadas. Para ingresar es necesario ser una celebridad o haber sido invitado por una. La idea es que no se mezclen con el resto de los mortales. Eso no impide que en el ascensor del hotel coincida con Elle Fanning. Parece cansada. En TIFF presentó “Teen Spirit”, película dirigida por el actor Max Minghella en la que encarna a una aspirante a estrella del pop que es representada por un derrotado y alcohólico ex cantante de ópera. La trama se acerca peligrosamente a la de “Nace una estrella” y se conecta también con una de las grandes sorpresas del festival: “Vox Lux”, de Brady Corbet, en la que Natalie Portman interpreta a una cantante pop marcada por una historia siniestra. La densa banda sonora de Scott Walker remarca la oscuridad del filme. Siempre habrá motivos para seguir amando a Walker.

 

Foto: Vox Lux

 

Perderse en el catálogo

La sobreoferta del Festival de Cine de Toronto gatilla una dinámica de selección natural en el que las películas más mediáticas concentran toda la atención. El catálogo de este año tuvo 368 páginas y una tipografía demasiado pequeña para cortos de vista. Toronto es un gran supermercado repleto de gente, con productos agotados y otros olvidados en las góndolas.

El jurado de la crítica internacional –en el que tuve la suerte de participar- se concentró heroicamente en aquellas películas desamparadas que buscan algún tipo de acuerdo. Entre ellas estaba  “Greta”, dirigida por un Neil Jordan (“El juego de las lágrimas”) que se olvidó del IRA para dedicarse, sin culpas, a la diversión. Ahora, si la fiesta incluye a Isabelle Huppert, sabemos que tendrá cierta cuota de perversión.  Su personaje, la Greta del título, parece un compendio de su trabajo en “La Profesora de Piano” (Michel Haneke, 2001) y “Elle” (Paul Verhoeven, 2016). Se trata de una inmigrante desolada en Nueva York que toca el piano y parece vivir a la sombra de sus parientes muertos. La protagonista, una joven que acaba de mudarse a la ciudad (Chloë Grace Moretz), la contacta luego de encontrar su cartera en el metro. Entonces, entre ambas mujeres se genera una suerte de amistad que Jordan adorna con música melosa y frases clichés. Afortunadamente, es solo una estrategia para despistarnos antes de revelar esa oscuridad que ya es especialidad de la casa Huppert. La película se convierte entonces en una historia de obsesión y sadismo que nos muestra, por primera vez, a un Jordan extremo y gore.

Foto: Greta

Había otras sorpresas en esa caja de cintas relegadas al segundo plano: “Kursk”, película de submarinos dirigida por Thomas Vinterberg (“La Celebración”); “The Wedding Guest”, de Michael Winterbotton, un thriller con Dev Patel recorriendo Pakistán; “Maya”, filmada en India por la siempre cautivante Mia Hansen-Love y “A Faithful Man”, entrañable comedia romántica dirigida y protagonizada por un Louis Garrel atrapado entre los afectos de Laetitia Casta y la adolescente Lily-Rose Depp. La ganadora fue, sin embargo, “Skin”, del cineasta israelí Guy Nattiv, película contingente sobre un skinkead (un irreconocible Jamie Bell) que busca salir del círculo de odio y violencia en el que está inmerso.

“Cuesta hacer una película así hoy en Estados Unidos”, me confesó Nattiv más tarde, con una copa en la mano, durante el cóctel de clausura. En los festivales de cine se suele arreglar el mundo a fuerza de samosas y champagne.

 

Chile y el boca a boca

“La gente acá no ve películas con subtítulos”, me advirtió un amigo crítico que lleva años viviendo en Canadá. Afortunadamente, la excepcional “Tarde para morir joven”, de Dominga Sotomayor (premiada como Mejor Directora en el último festival de Locarno), contó con funciones repletas. Perdida en la inmensidad de la oferta, se convirtió en uno de esos secretos a voces que la cinefilia internacional siempre valora. La fama es merecida. Sotomayor construye una cinta iluminada y detallista que se acerca a una comunidad ecológica en los primeros años del regreso a la democracia. Esa sensación de “transición” se ve reflejada en las formas, en la puesta en escena o en las incertidumbres de Sofía (Demian Hernández), una adolescente en busca de identidad. Las evocaciones musicales y la fascinante fotografía de Inti Briones (trabajando con una paleta cromática que remite a los 90’s) potencian el nostálgico viaje sensorial.

“Gloria Bell”, remake en inglés que Sebastián Lelio hizo de su propia película “Gloria”, también fue ganando terreno en medio del certamen, especialmente por la actuación protagónica de una Julianne Moore en estado de gracia. Adaptación fiel a la apuesta original, aunque despojada de las referencias sociopolíticas, fue una revelación para quienes nunca vieron a Paulina García. La conquista de una nueva industria. Una historia contada dos veces pero con distintos sabores y matices.

 

Durmiendo con Godard

No es fácil sintetizar el abundante consumo de películas que propician los festivales de cine; debo reconocer que tomé un par de malas decisiones (películas desechables que no merecen atención) y también otras que valieron la pena. Entre las últimas está “No Fiction”, retrato del mundo literario y la crisis de mediana edad a cargo de un siempre refrescante Olivier Assayas. O “High Life”, incursión de Claire Denis en la ciencia ficción, con un Robert Pattinson lacónico y contenido que debe lidiar con el aislamiento galáctico. Denis tiene siempre la capacidad de apropiarse de géneros y transformarlos en algo nuevo. Esta no es la excepción.

 

 

Foto: High Life

Si bien la función de  “Le libre d’image”, lo nuevo de Jean-Luc Godard, estaba repleta, la gente fue abandonando la sala progresivamente. Otros dormían sin pudor. Estrenada internacionalmente en Cannes, la cinta sigue la línea de sus últimos ensayos fílmico-filosóficos con la particularidad de que su dicción parece ahora más grave y cansina. Godard suena ahora como Leonard Cohen. Es la voz de una leyenda. Un sobreviviente.