Ocurrió hace casi un año, en París: Tom Cruise se quebró el tobillo, saltando del techo de un edificio a otro. Iba bien sujeto por dos cables, se suponía que quedaría colgando de los brazos en el borde, pero el pie izquierdo llegó primero. Se dio cuenta de inmediato, pero no interrumpió la escena. Se […]

  • 3 agosto, 2018

Ocurrió hace casi un año, en París: Tom Cruise se quebró el tobillo, saltando del techo de un edificio a otro. Iba bien sujeto por dos cables, se suponía que quedaría colgando de los brazos en el borde, pero el pie izquierdo llegó primero. Se dio cuenta de inmediato, pero no interrumpió la escena. Se incorporó, corrió, cojeó como pudo hasta salir de la toma, y luego pidió que lo llevaran al hospital.

El clip del accidente –difundido con gran astucia por la producción del filme– reventó las redes sociales y, para muchos fue el primer indicio de que el rodaje de la sexta Misión Imposible ya había comenzado con todo (en realidad, había partido en abril). Otros, en cambio, nos preguntamos si acaso el actor no se había pasado de la raya; si a los 55 años estas locuras todavía valían la pena, si estaba en edad de continuar haciendo sus propias escenas de acción, corriendo esos riesgos.

Ahora, con la película estrenada en salas, nos queda claro: no teníamos idea.

Ascenso… y caída libre

En Mission: Impossible Fallout, Cruise corre, salta, persigue, huye; maneja autos, motos y hasta un helicóptero; se lanza a toda velocidad contra el tráfico parisino y luego desde 7.600 metros de altura, acompañado solamente por el camarógrafo que filma su caída. Y, a medida que ambos se precipitan por el vacío, el tipo continúa actuando, ¡mientras cae! Como si el momento fuera de lo más natural y el intérprete incapaz de diferenciar la realidad de la ficción, enlazándolas en perfecta continuidad. Es cierto: el incombustible agente secreto Ethan Hunt es quien protagoniza estas acrobacias, pero el personaje –la cáscara– está puesto ahí para que comprobemos con nuestros propios ojos que sí, que son Tom Cruise y su equipo quienes las imaginan, las planean con total cuidado (no como el accidentado hombre bala, de hace unos días) y luego las ejecutan para deleite de su audiencia.

Tanto tiempo lleva sumergido en este juego, que uno tiende a olvidar al joven Tom: el aplicado actor dramático con hambre de reconocimiento; el hombre que protagonizó El color del dinero (1986), Rain man (1988), Nacido el 4 de julio (1989) y A Few Good Men (1992); un rostro conservado en blu rays y catálogos de streaming, y que aparte de Top Gun (que contenía más romance que adrenalina), solo había protagonizado una película de acción: Days of Thunder (1990). Fue en ese set, rodeado de autos y pistas de carrera, que Cruise cogió el virus de la velocidad y lo mantuvo en barbecho por unos cuantos años hasta que él y su socia Paula Wagner convencieron a Paramount de que su primer proyecto como productores sería un remake de aquel viejo programa de espías de los años 60, que “combatía” la Guerra fría con tramas fantasiosas, alta tecnología, una cuota de romance, autos último modelo y mensajes que se autodestruían a los cinco segundos de escuchados. A ese mix, que básicamente era una versión televisiva de las aventuras de James Bond, el filme sumaría grandes escenas de acción las que, secuela tras secuela, han acabado por transformarse en el centro de la operación, al punto de que ya no tiene sentido “spoilear” las tramas de cada entrega (mal que mal, todas se parecen). Lo que de verdad no se pueden contar por adelantado son las acrobacias. En cada filme, IMF –la agencia de inteligencia de Hunt– queda expuesta por una fuerza del caos (terrorista, contra agente, traficante de armas y ahora último, un sindicato de mal); en cada uno, el gobierno le da la espalda a Ethan y este debe solucionarlo todo por sí mismo, esforzándose hasta el límite y salvando la situación / liquidando al “malo” / rescatando a su “chica” en el último segundo.  Tanto el héroe como el espectador quedan atrapados en un loop argumental implacable, pero que se perdona porque cada rescate / escape / ajuste de cuentas es ligeramente distinto cada vez. No logra recrear la ilusión de novedad, pero nos hace creer que sí, y parece que eso es lo que cuenta.

En lo que va de década, el actor parece haber dedicado al concepto más tiempo y energía que a cualquier otro proyecto en el que haya estado involucrado; eso porque, en esta era de franquicias, secuelas y reboots, es casi indispensable que una estrella de cine (que se precie de tal) posea uno de estos productos en su portafolio, pero sobre todo porque el actor parece haber entrado en una carrera contra el tiempo y contra su mito personal. Considerando el veleidoso medio en el que se mueve, Tom Cruise ha sido famoso durante un tiempo sideral. Sobrevivió a esos días de juventud, cuando quería ser un chico lindo y también ganarse el Oscar (al final esas metas las consiguió DiCaprio). Renunció –por desgracia– a seguir trabajando con directores como Scorsese, Pollack, Kubrick o P.T. Anderson, y aunque se alió brevemente con Spielberg (Minority Report y La guerra de los mundos), su década del 2000 fueron también los años de Vanilla Sky (2001), El último Samurái (2003), Valkyrie (2008) y esa atrocidad llamanda Knight and Day (2010). Salió relativamente ileso de sus matrimonios con Mimi Rogers y Nicole Kidman y de su romance de juguete con Penélope Cruz, pero estuvo a punto de mandar su carrera al tacho saltando en el sillón de Oprah Winfrey, proclamando su amor de mentira por Katie Holmes y convirtiéndose en el rostro símbolo de la cienciología. Tal como le pasa –y muy seguido– a Ethan Hunt en las películas, Cruise estuvo así de cerca de irse al diablo. Incluso Paramount, el centro de sus operaciones durante 14 años, liquidó su contrato en 2006, escudándose en su inestable conducta pública. El estudio solo lo recibió de vuelta cuatro años más tarde, ante –obvio– la inminencia de un nuevo capítulo de Misión Imposible.

El maestro, el prodigio

Es tentador ver en la serie –en especial, en sus tres últimas entregas– los comentarios del propio actor acerca de sus correrías y magulladuras hollywoodenses. Ghost Protocol (2011), Rogue Nation (2014) y ahora Fallout transcurren en un mundo de creciente fragmentación y caos; la credibilidad de las instituciones ha quedado arrasada y solo se puede confiar en un puñado de cercanos; la esposa de la tercera parte (Michelle Monaghan) se ha convertido ella misma en una sombra, obligada a ponerse fuera del alcance de los adversarios de su ex marido, quien a su vez parece conminado a realizar misiones y proezas cada vez más compulsivas –escalar el edificio más alto del mundo, colgar de un avión que despega, sumergirse en un tanque centrífugo–, menos para tentar el destino que para llenar un atroz vacío. El horror ante la posibilidad de que su carrera loca por fin se detenga y ya no exista lugar donde ir, espacios donde esconderse, enemigos a los cuales derrotar, fantasías para filmar y tiempo al que vencer.

Alguien ha apuntado –y con mucha razón– que lo más enervante de la nueva Misión Imposible no son las extraordinarias hazañas captadas por el equipo; las que, convengamos, compiten palmo a palmo con las mejores secuencias de la fascinante Mad Max: Fury Road (2015). No. Lo que más inquieta es la indolencia de Cruise frente a su propia condición de hombre y actor en la medianía de edad. Porque atención: está a solo cuatro años de cumplir 60, la misma edad que Paul Newman tenía al filmar El color del dinero, esa cinta donde Tom era el chico prodigio que aspiraba a borrar del mapa a Newman, su maestro.

A estas alturas del partido, Cruise –que ahora está filmando Maverick, la secuela de Top Gun– ya debería tener estampa de maestro; pero algo en él lo impulsa a seguir jugando al prodigio. A saltar, a colgarse, a correr.