Coleccionista digital o curador virtual, podrían ser definiciones para catalogar lo que hace Stephen Ellcock. En la práctica, se trata de un británico amante del arte que dedica parte importante de su tiempo a escarbar, recolectar y organizar imágenes que luego comparte con sus cientos de miles de seguidores. Continuando el mismo ejercicio, recién lanzó el libro All Good Things, que define como “un acto de redención”.
Imágenes gentileza de Stephen Ellcock

  • 28 noviembre, 2019

Entre Facebook e Instagram suma casi 400.000 seguidores, pero está muy lejos de ser un influencer. De hecho, nunca ha publicado una foto suya y hay poca información sobre él disponible en internet. En 2011 Stephen Ellcock (60) atravesaba un mal momento, producto de una enfermedad y sumido en un estado depresivo, pasó meses encerrado en su casa. Fue su hermana quien le propuso abrir una cuenta en Facebook a modo de esparcimiento, pero no tenía cómo imaginarse que posteando imágenes de obras de arte, muchas de ellas antiguas y no demasiado conocidas, iba a conseguir una gran audiencia. En 2017 abrió una cuenta equivalente en Instagram.

Cuenta por teléfono, desde Londres, que desde niño tuvo la afición de coleccionar imágenes, y en ese entonces, a punta de tijeras, llenó cajas con trozos de papel que algún día se convertirían en un inmenso collage. Su dedicación, que él mismo define como obsesiva, se cruzó con la valoración de un público que agradeció encontrarse con un espacio dedicado al arte, una especie de oasis en un mundo virtual donde abundan las selfies, los contenidos publicitarios o las polémicas.

En las escasas entrevistas que ha dado, Stephen cuenta algo de su historia, pero poco. Creció en un pueblo cerca de la capital inglesa, tiene dos hermanas, y en su hogar ni las paredes ni las conversaciones giraron en torno al arte. Su primera aproximación a la belleza fue a través de la naturaleza y de las ilustraciones de libros infantiles. Más adelante identifica como una importante fuente de inspiración la estética de programas de televisión de los años 60 y 70. “Tengo el recuerdo de imágenes fantásticas que avivaron mi imaginación, programas bastantes bizarros y difíciles de imaginar en la televisión de hoy. Esas escenas eran perturbantes y hermosas a la vez, y creo que hubo una conexión con la explosión creativa que surgió en esa época en Inglaterra en cuanto a música, moda, cine y diseño”, cuenta el autor.

Ellcock afirma que nunca fue estudioso en el sentido convencional de la palabra. También se declara en contra de las leyes que considera represivas y afirma que lo suyo no es obedecer normas, por lo que escapa de los trabajos convencionales. De adolescente pensó en ser director de cine, luego estudió Literatura Inglesa y le entusiasmó la idea de dedicarse a la academia. Entonces su camino cambió de rumbo, afirma. Conoció a una mujer y junto a ella pasó a tener una vida más excéntrica y más hermética también. Durante años se dedicó a la música, trabajó como productor y llegó a tener bastante éxito, según él, hasta que lo dejó radicalmente. El nuevo giro lo hizo volver a los libros: primero trabajó en librerías y luego entró al mundo editorial.

Sitúa su actividad curatorial principalmente por las noches, que es cuando mejor funciona su concentración. Tiene un ingreso estable escribiendo textos para libros infantiles, de arte o diseño, y también realizando investigaciones para empresas. Pero prefiere no ahondar en eso, por lo mismo, no utiliza redes sociales para dar cuenta de ese ámbito de su vida, porque, señala, le importa distinguirlo de su trabajo en internet.

“Los últimos meses he invertido mucho de mi tiempo desarrollando mi  libro All Good Things: A Treasury of Images to Uplift the Spirits and Reawaken Wonder y otras publicaciones que estoy preparando para el próximo año”, cuenta el inglés. All Good Things se lanzó a mediados de octubre en Inglaterra y para la ocasión, Ellcock sostuvo una conversación con el escritor Mark Haddon (El curioso incidente del perro a medianoche). El libro ya va en su tercera edición con unos seis mil ejemplares vendidos y eso que todavía no sale a la venta fuera del Reino Unido.

El arte de crear patrones

-¿Nunca quiso ser artista?

-No. Pero sí quise ser escritor. Fui un lector obsesivo; estuve sumergido en libros desde niño y escribía harto. Pero el arte siempre fue frustrante para mí porque nunca estuve satisfecho con lo que era capaz de crear. Lo que hice fue recolectar imágenes. Para desgracia de mis padres, me robaba revistas y diarios con el fin de recortarlos. Y luego almacenarlos. En un momento tuve bolsas y cajas llenas de imágenes. Ahora odio reconocerlo, pero destruí también muchos libros y cómics. Siempre pensé que algún día crearía esta inmensa obra de arte; un collage gigante. Pienso que de alguna manera es lo que estoy haciendo ahora. ¡Lo logré! (ríe).

-Ahora que no necesita recortar, ¿cómo obtiene todas las imágenes que publica?

-Casi completamente mediante un uso obsesivo de internet. Cuando entendí que lo que hacía en Facebook tenía una cierta respuesta, y que era una plataforma tanto visual como textual, me dediqué a eso. Como había trabajado en editoriales con libros de arte e ilustraciones, tenía una base de recursos ahí.  Me di cuenta de que podía comunicar algo con imágenes, no sé bien qué, pero la gente reacciona y a mí me causa placer.  Entonces pasé a darle prácticamente todo mi tiempo.

-¿Y en qué momento se convirtió en curador, aplicando criterios temáticos -como cuerpo humano, universo, lluvia o luz- al momento de seleccionar las obras que publica?

-Si tengo algún talento artístico, es mi capacidad de armar patrones. Puedo organizar imágenes y eso me produce una inmensa satisfacción, de esa manera puedo lograr algo que tenga significado para mí, y también para el resto. Entonces empecé a hacer lo que posiblemente debí hacer siempre con mi vida; crear patrones. Primero intenté hacerlo a través de la escritura, y luego lo logré con la música. Me dediqué durante un tiempo, con bastante éxito, a arreglar y producir canciones, tenía una habilidad especial. Creo que con las imágenes funciona parecido. Soy  muy meticuloso. Instagram es como un puzle para mí, tiene que quedar publicado exactamente como quiero, entonces me tomo mucho tiempo para decidir qué imágenes agrupar.

-¿La obsesión es su súper talento?

-Sí (ríe). Paso horas en eso, podrá ser una locura, pero creo que la gente lo aprecia y eso me da placer.

 

-Pasaba por un momento oscuro cuando descubrió esta afición y muchos comentarios sostienen que sus publicaciones son una especie de luz en sus vidas. ¿Hay algo de salvación en la apreciación del arte?

-Creo que sí, pero no se trata precisamente de un asunto emocional. Es difícil de articular sin sonar sentimental pero creo que lo que intento hacer es establecer un orden. Se trata de un viaje a través de la creación y la configuración de un mundo ideal, que también incluye oscuridad, por supuesto. Una especie de paraíso terrenal. A veces me sorprende que la gente no vea que lo que hago es político también, aunque no sea explícito. Trato de comunicar algo a través de las imágenes que elijo.

-Se toma el tiempo de responder a muchos de sus seguidores, ¿se siente responsable de haber creado una comunidad?

-Sí, tengo muchos seguidores. Pero más allá del ego que eso inevitablemente produce, para mí resulta extraordinario que personas tan distintas conecten ahí. Hace que valga la pena el esfuerzo. Tengo comentarios de gente proveniente de lugares remotos, entonces trato de no limitarme a expresiones artísticas europeas u occidentales. Al hablar en público o dar una charla, me impresiona la cantidad de jóvenes -estudiantes de arte, diseño, historia o aficionados- que están interesados. Es maravilloso. Partí comunicándome con un grupo pequeño que de pronto fue expandiéndose.

-¿Recibe también solicitudes sobre qué publicar o con qué frecuencia hacerlo?

-Tengo muchas demandas y harta negatividad, pero he aprendido a no enganchar con ese feedback. Nunca falta la gente que me encarga publicar sus obras de arte o poesía. La semana pasada me escribió una mujer que está haciendo un PhD en arte medieval y me encargó que le busque cien imágenes de caracoles representados en el arte medieval. Sin pago mediante (ríe).

Lo mundano y lo divino

-¿Pasar de internet al papel tiene algún significado particular?

-Distintos editores se me habían aproximado en el pasado y me habían ofrecido publicar algo, pero generalmente no entendían bien lo que hago, así que los rechacé, aunque necesitaba el dinero (ríe). Me decían: “Hagamos un libro de flores”, pero sin pensar si nos enfocábamos en ilustraciones botánicas o flores en grandes obras… Algunos vieron la oportunidad solamente calculando el número de seguidores que tengo, pero sin darle una vuelta más profunda sobre cómo llevar lo que yo hago a un libro.

-¿Cómo definirías All Good Things?

-El título es una referencia a Omne Bonum (All good things), un primer intento de enciclopedia en inglés por parte de James le Palmer en el siglo XIV. Le Palmer determinó que debía existir un libro que contuviera todo. No lo logró, pero llegó hasta la letra “n”, con más de 1.000 folios y 650 ilustraciones, lo cual es mucho. Lo que intentaba era celebrar la creación. Por eso usé ese título, me encantó la idea de alguien sentándose a tratar de organizar algo que incluya  toda la creación. Claro que no pretendo hacerlo en 250 páginas.

-¿All good things incluye también las zonas más oscuras, como la muerte y la tristeza?

-Sí. Hablo desde mi experiencia, sin embargo, pienso que sin esas cosas, sin la oscuridad y la tristeza, no sería capaz de hacer lo que hago. No quiero sonar religioso, pero se trata de acto de redención.

-¿Cómo se relaciona con la idea de un dios creador?

-No soy convencionalmente religioso, pero suscribo la filosofía panteísta; creo que hay una energía creadora tras la naturaleza, y la percibo en las flores, en los objetos, en las nubes. Creo que hay algo que está por sobre nosotros, sin embargo, no sigo ninguna religión en particular.

-Ahora que publicó un libro y que ha dado charlas y entrevistas, ¿cómo lidia con la exposición?

-He tenido que mostrarme más. Yo deliberadamente tengo poca información mía disponible en internet. No creo que importe quién soy o cómo me veo. Esa fue una decisión que tomé hace algunos años, cuando surgieron acosadores o personas que me amenazaban, ¡fue horrible! Además, me han cerrado la cuenta de Facebook varias veces por las publicaciones más inocuas e inofensivas. Una de esas ocasiones se debió a una imagen de la mano de Erasmo de Rotterdam, de principios del siglo XVI. Facebook suspendió mi cuenta, fue totalmente ridículo, aunque según ellos se trató de un error. Ahora tengo que ser muy cuidadoso y aplicar algo de autocensura. Evitar desnudos, por ejemplo. Esa es una de las cosas malas de las redes sociales, existen ciertos límites y no tengo alternativa.