Después de una década y sin nuevo disco bajo el brazo, Soda Stereo está de vuelta con una gira a tablero vuelto por América latina.
POR ANDRES VALDIVIA

  • 13 julio, 2007

Después de una década y sin nuevo disco bajo el brazo, Soda Stereo está de vuelta con una gira a tablero vuelto por América latina. Excusa perfecta para dar una mirada al legado de la banda de Gus Cerati, nuestro ex compatriota político.
POR ANDRES VALDIVIA

No vamos a entrar en el rollo aquel de la necesidad de dinero ni de la adrenalina del escenario para explicar la reunión de Soda Stereo tras diez años de inactividad. Si bien resulta bastante vergonzoso que los chicos lindos del rock latino de los 80 estén de vuelta sin un nuevo disco que avale la reunión, dejemos ese costal con su harina adentro y zambullámonos en dos asuntos que resultan algo más interesantes sobre el fenómeno Soda, que ya tiene un estadio vendido (y otro en proceso) en Chile para octubre de este año.

Entre lo que me tiene completamente impactado del regreso de Gus, Zeta y Charly es el poco rato que llevan “fuera”. Si veinte años no es nada, diez es justo la mitad de nada. Pero claro, el tiempo es relativo, se sabe, así que dejemos las cantidades de lado. Lo interesante es cómo en tiempos de velocidades vertiginosas los ciclos tienden a acortarse, a comprimirse, haciendo que un recién inaugurado treintón como vuestro humilde servidor ya esté metido en medio del negocio de la nostalgia. Y claro, mi generación es precisamente la que vivió la fiebre Soda de principio a fin.

Varios éramos pre-púberes cuando la pandemia se desató y crecimos palmo a palmo con sus discos hasta el final, en 1997. Ergo, esta gira está diseñada para detonar la misma pólvora que podría encender una gira de Neil Diamond en mis padres. El mercado de la nostalgia es vasto y a veces se expande como una mancha de petróleo, eficiente y mortífera, sobre cada generación, señalando tarde o temprano lo que ya fue, lo que ya pasó, y que es tiempo de replegarse a recordar. Desde esa perspectiva, lo de Soda nos recuerda prematuramente a quienes tenemos treinta y también treintaitantos que ya estamos dentro de las garras de esa clase de mercado.

Lo habría esperado de Mazapán –una institución notable y, por estos días, también ligada a la nostalgia– pero no de Soda. Algo anda mal con los plazos, con el tiempo, por relativo y comprimible que nos hayan dicho que es.

La segunda cosa es el catálogo de Soda Stereo. Esta banda de Buenos Aires tuvo una de esas trayectorias envidiables, muy a lo Beatles –por la curva descrita más que por la altura del logro. De menos a más. Sus comienzos, muy livianitos a pesar del supuesto contenido contestatario y crítico de sus letras juguetonas, fueron transformándose en una trama de grandes canciones e impresionantes singles.

Es probable que el punto de inflexión haya sido Signos (1986), disco en el que la banda abrió su paleta sonora y se decidió a ser una banda de aspiraciones serias. Después vino el bajón del rock latino y la cosa se entrampó un tanto (con los nada despreciables Doble vida y Canción animal), para renacer el año 1992 con Dynamo, uno de los grandes discos en español de la década para rematar con Sueño Stereo (1995) otro gran disco de su tiempo.

Suele criticarse a Soda Stereo que sus trabajos estuvieron siempre muy alineados con lo que se llevaba en la temporada inmediatamente anterior del rock británico y quizás sea cierto. Pero eso no les quita el portento de catálogo que le han entregado al continente. Es probable incluso que su trayectoria no haya sido fundacional y rompehielos como la de Charly García –la verdadera bestia del cono sur– pero los tipos se conservan lúcidos y, por el momento, medianamente creíbles.