Cielo negro, el primer libro de Simón Soto (nacido en 1981), fue uno de los candidatos para el Premio de la Crítica 2012, que organiza la UDP cada año. Tenía méritos para ser distinguido, pero el jurado -hago una autocrítica porque formé parte de él- tal vez pecó de convencionalismo y finalmente eligió Los sinsabores […]

  • 3 septiembre, 2012

Cielo negro, el primer libro de Simón Soto (nacido en 1981), fue uno de los candidatos para el Premio de la Crítica 2012, que organiza la UDP cada año. Tenía méritos para ser distinguido, pero el jurado -hago una autocrítica porque formé parte de él- tal vez pecó de convencionalismo y finalmente eligió Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, como el ganador.
No voy a negar el valor de esta obra póstuma de Bolaño -en algunos pasajes a la altura de sus mejores textos y por la que, de hecho, voté-, pero la de Soto es una propuesta que no sería justo obviar. Hay en estos relatos un autor al que debemos sin duda seguirle la pista. El libro fue publicado por Calabaza del diablo (la mejor literatura actual está en las editoriales chicas) y acaba de ser presentado en Buenos Aires.

Son seis los cuentos que componen el volumen, no todos del mismo nivel, pero ninguno accesorio, en contraste con muchos libros primerizos, en los que se nota que hay cosas que sobran y se colocaron allí un poco a la fuerza. Al leer Cielo negro, en cambio, uno queda con ganas de más y lamenta incluso llegar a la última página.

Victoria Martínez, el primer relato, es un hallazgo en cuanto a tema y punto de vista: una vieja cantante que tuvo su época de gloria durante la dictadura y que recuerda los días gloriosos con patetismo y autocomplacencia. No sería difícil adivinar los modelos de este personaje, que refleja una época en que la sola idea del pop se volvió siniestra.

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Cielo negro, el segundo cuento y el que da título a la colección, no es el mejor del conjunto, pero logra crear de manera nítida un escenario y algunas imágenes perdurables. Dos periodistas llegan a un apartado lugar a entrevistar a un artista de culto. En vez de preguntas y respuestas, quedan silencios, dudas y una resaca de whisky y carne asada. Podría ser la escena típica de un reportero que entrevista a un tipo legendario, pero la clave del asunto -y lo que le da a la historia un componente extrañamente vicioso- es que en este caso el objetivo de la nota periodística es un actor porno. Un hombre, en todo caso, que se revela admirable.

Luego viene el relato Paulina y María Jesús, probablemente el mejor de la serie, en el que un chico llamado Simón despierta en el departamento de unos amigos luego de una noche de juerga. Justo antes de tomar el ascensor para irse, una muchacha lo invita a seguir el carrete en el departamento de al lado. Ella está con una amiga, ambas tienen algo seductor y a la vez repulsivo. Se drogan con saña, hablan de cualquier cosa y entretanto el protagonista recuerda sus inicios como acólito de un cura perverso. Es probable que las dos historias parezcan forzosamente enlazadas, pero la tensión -sexual y ominosa- está manejada con soltura y acierto.

Otros puntos altos son Hermanos y La uruguaya, dos relatos que recorren caminos similares: el paisaje de la disfunción, el desorden de la familias y las relaciones rotas. Aquí aparece uno de los escenarios centrales del libro, que circula alrededor de la orfandad, los perdidos, los solitarios. ¿Dónde encontrar consuelo cuando el mundo se viene abajo? ¿Cómo darle sentido a una serie de hechos desafortunados? La falta de pertenencia, el desarraigo, la fragilidad de las convicciones son cosas que Simón Soto describe con la naturalidad de quien las vive, como el protagonista de Los 400 golpes.

El cuento que cierra esta breve pero contundente muestra es Jenny Potronovich, que recrea la historia del muchacho que aseguró ver a la Virgen en un cerro de Villa Alemana. El punto de vista -una mujer que fue vecina del “vidente” y luego integrante de la secta que éste formó- evita las lecturas moralizantes. Ella cuenta que desde su ventana podía ver el sitio eriazo donde Juan Ángel fue concebido y después violado por amigos; el mismo lugar donde más tarde sucederían las “apariciones”.

Ese sitio, un basural, un cerro sin árboles, con perros vagos y desperdicios malolientes, es el lugar de ninguna parte que habitan los personajes de Cielo negro. La patria de la que ni siquiera intentan escapar, porque no hay escapatoria. Un país donde no han sido ni felices ni libres. Alguien podrá decir que la huella de Bolaño es evidente, pero hay buenas y malas influencias y la del autor de 2666 es de las primeras. En vez del pánico donosiano, que se pierde en el laberinto, aquí al menos se mira de frente al infierno. •••