El 2012 no ha sido un año fácil para Gaspar Galaz. Un cáncer lo mantuvo amarrado a un tratamiento de radioterapia, aunque ya se encuentra “tiqui taca”, como señala. De todas maneras ha bajado varias cosas en su rutina: su cuota de salidas nocturnas y tertulias, las copas de whisky (sólo algunas), el 90% de […]

  • 4 septiembre, 2012

El 2012 no ha sido un año fácil para Gaspar Galaz. Un cáncer lo mantuvo amarrado a un tratamiento de radioterapia, aunque ya se encuentra “tiqui taca”, como señala. De todas maneras ha bajado varias cosas en su rutina: su cuota de salidas nocturnas y tertulias, las copas de whisky (sólo algunas), el 90% de los cigarros que fumaba… Y siete kilos de peso. La vida bohemia no le va más. Se mantiene entusiasmado trabajando como profesor en la Universidad Católica y concentra su energía en la elaboración, junto a su amigo de toda la vida, Milan Ivelic, del segundo tomo del libro Chile: arte actual, que lo mantendrá ocupado al menos unos tres años más.

Toda una trayectoria existencial ligada al arte: como escultor, teórico, curador y estudioso de la historia plástica local. Tiene 71 años y recién en 2012 jubiló, aunque continúa dictando algunas cátedras en la Universidad Católica donde estudió y desarrolló buena  parte de su carrera. Se define a sí mismo como coleccionista de su propia obra, porque no vende. Apenas le han comprado un puñado de trabajos que se pueden contar con los dedos de una mano.

-¿Es verdad que no va a exponer más?
-El libro que estamos preparando con Milán consume parte de mi energía física, cerebral y la paciencia. Estoy jubilado, aunque sigo en la Universidad Católica, pero estoy pasando por una etapa tranquila.

-Siempre ha sido un hombre inquieto, ¿se está guardando en los cuarteles de invierno?
-El lenguaje de la escultura hoy está en crisis, por ende, mi escultura también. Para salir de esa crisis tengo que sentarme a reflexionar, ver otros sistemas de producción que permitan relacionarme con el otro, con el mundo. La escultura hoy es mucho más activa que esa pieza estática muda de la cual ya nos estamos despidiendo hace un rato largo. Así que cerré mi taller.

-¿Qué piensa, por ejemplo, de la obra de Jeff Koons, famoso entre otras cosas por sus esculturas de mascotas gigantes?
-Eso es espectáculo, un festival que va en otro carril. Imagínate la distancia que hay en intensidad, especulación y mensaje colectivo con lo que yo espero de la escultura. Te lo pongo de otra manera: imagina a Koons y a Alfredo Jaar; yo estoy con Alfredo y la distancia es infinita.

-La pintura también está en crisis…
-La pintura es como el capitalismo, siempre sobrevive. El pintor a través de la bidimensionalidad está narrando algo a alguien y activando el asombro del otro. Nunca está en crisis.

-Su amigo Milan Ivelic renunció al cargo de director del Museo Bellas Artes, que ocupó desde 1993. ¿Le asombró su salida?
-Lo habíamos hablado hace mucho tiempo. Creo que se fue bien, pero él estaba enamorado del museo, de los artistas, de las obras y la organización. Todo se acaba en esta vida. Y como Milán es croata, de una sola línea, cuando renunció no hubo vuelta atrás. Se dio cuenta que el proyecto con el cual soñó nunca se iba a realizar: un museo que pasaba por debajo del Museo de Arte Contemporáneo y salía a la superficie con una pirámide tipo Pei, como la del Louvre, con tres niveles, y más de 3 mil metros cuadros. Cuando se pudo concretar esa idea, el presidente Lagos la desechó y construyó el Centro Cultural Palacio de La Moneda, que está muy bien, pero lo que realmente nos hace falta es un MoMA chileno, un Museo de Arte Moderno nacional, donde esté lo último que hacen los artistas de este país.

-¿Qué le parece el actual director, Roberto Farriol?
-Está aprendiendo, pero prefiero hablar de su gestión cuando cumpla, en enero, un año en el cargo. Fui su profesor. Es un hombre de carácter, muy empeñoso, trabajador, le deseo lo mejor y que los dioses lo ayuden.

 

El problema universitario

Gaspar Galaz ingresó a la Universidad Católica en 1959, y durante un buen tiempo concilió su trabajo en el próspero negocio que tenía su padre (dedicado al rubro maderero) con el taller de esculturas y las clases que después empezó a impartir. Su padre se lamentaba: “o sea, además de ser artistoide, estás de profesor en la universidad. ¿Qué es eso? ¡Cuando aquí, en esta empresa, tienes todo un futuro por delante!”.

Finalmente, en 1971, y muy a pesar de su familia, decidió seguir exclusivamente el camino de las artes. Haciendo un cálculo ligero, señala que más de 13 mil alumnos han pasado por sus clases, desde los hermanos Iván y Mario Navarro a Pablo Rivera y Mónica Bengoa. Por cercanía, el conflicto estudiantil es un tema que lo inquieta. Se levanta de la silla, gesticula fervientemente, prende un cigarrillo, lo aspira y retoma la conversación. Definitivamente un tipo apasionado.

-¿Cómo es el estudiante actual?
-Todos los años son distintos, pero en definitiva siempre tengo 10 ó 15 de primer nivel. Es gente muy preparada, no solo porque ha viajado o sigue viajando; viven pegados a la información, a internet y leen. Son la excepción. Porque, cosa curiosa: el alumnado chileno tiene bastante desplante para tirar piedras y protestar, pero en el aula hay que forzarlos para que reflexionen.

-¿No comparte las demandas estudiantiles?
-A este gobierno y a otros les ha interesado sobremanera la educación pública. Yo estudié gratis, pero cuando el alumnado universitario era un 2% de la población. Hoy es un 40%. Se ha universalizado la educación, lo que es una gran palanca de desarrollo y además permite limar desigualdades. Sin embargo, me cala los huesos saber que existen cientos de estudiantes que pierden el tiempo en carreras que no los van a llevar a ninguna parte, cientos de cientos que se gradúan todos los años. Es penoso ver a estos estudiantes secundarios que piensan en ir a la universidad y no van a ir a ninguna parte porque no va a haber campo laboral. Chile se está farreando su futuro. No podemos en los próximos 10 ó 15 años seguir exportando tierra, fruta, vino y algo más; tenemos que poner la cabeza en lo que vamos a fabricar.

-¿Qué plantea?
-Las marchas estudiantiles son una pérdida de tiempo, la universidad es para un grupo muy selecto de la población, para los que sacan sobre 720 puntos. Así la universidad pasa a ser realmente un espacio compuesto por una masa crítica fuerte, muy inteligente y preparada. Solo los filósofos, expertos en literatura, entre otros, tienen que ir a la universidad. El resto de los alumnos debe pensar en centros de formación técnica. Lo que es un orgullo: los técnicos son el motor de un país. ¿Cómo crees que lo hizo Corea de Sur hace 35 años? Gracias a una política de estado que fomentaba los centros de formación técnica, se convirtió en un país increíblemente tecnologizado, que llega a dar envidia. Les digo a algunos de mis alumnos que mejor se conviertan en gásfiters y lo encuentran un insulto. En este país nadie quiere trabajar con las manos ni ponerse un overol. Se trabaja poco, no existe planificación a 10 ó 15 años a nivel tecnológico y menos urbano.

-¿Está de acuerdo con lo que dijo Cristián Boza?
-La verdad es que cuando tienes un alumno de 780 puntos es muy distinto al de 580 puntos y no hay vuelta que darle. Se nota en el hablar, en su comportamiento, en sus estudios, en la forma de escribir, en todo. Entonces, el que tiene 580 puntos debe trabajar mucho para alcanzar al resto y lo digo con conocimiento de causa, fui profesor durante 6 años de una universidad privada y tuve alumnos más débiles.

-¿Cómo cree que reaccionó Boza?
-Somos amigos desde el año 63, hicimos hace poco una cena en mi casa. Creo que se disculpó extraordinariamente bien. Tuvo que hacer un rechequeo con su mundo, refocalizarse, cambiar el switch, lo que es maravilloso. Ahora está trabajando con jesuitas, con gente de bajos ingresos. Entonces, por un lado está agradecido de lo que pasó, pero aún se golpea con una piedra en el cráneo por lo que dijo. •••