Un clásico de aquellos que la crítica atesora, pero que resulta imposible encontrar en las góndolas de nuestras mediocres tiendas de discos. Paul Simon y su puntapié inicial como solista: una joya. 

  • 5 octubre, 2007

Un clásico de aquellos que la crítica atesora, pero que resulta imposible encontrar en las góndolas de nuestras mediocres tiendas de discos. Paul Simon y su puntapié inicial como solista: una joya. Por Andrés Valdivia.

Paul Simon pasó casi una década junto a su amigo Garfunkel intentando entrar en las grandes ligas de la canción norteamericana, pero no fue hasta que un productor le agregó un toque de guitarra eléctrica y batería a la acústica “The sound of silence” que la propuesta del dúo llegó a los rankings, en 1965. La respuesta fue impactante y, al poco andar, este neoyorkino admirador de Dylan ya tenía a su haber éxitos, dinero y chicas. Corte a 1970: después de tres exitosos discos, lanzan Bridge over troubled water y el mundo cae a los pies de la pareja, justo cuando ésta está a punto de desbandarse.

Ya hemos especulado en esta página sobre cómo Simon & Garfunkel –y quizás Sui Generis en nuestra versión más cercana– es un ejemplo canónico de dúo desequilibrado donde la asimetría de los talentos va develándose a medida que cada integrante se atreve a explorar territorios en solitario. La historia ha sido implacable: de Simon & Garfunkel, lo único que importa es la mitad Simon. Punto.

Desde hace un tiempo, me he ido interesando crecientemente por el momento en que algunos músicos emprenden un camino propio. Ese instante en que deciden arriesgar la nominal calma del status quo y apuestan por la soledad guiados, en algunas ocasiones, por la megalomanía y en otras por el hastío. Es en ese estado de arrojo y demencia que a veces se producen joyas impactantes y otras veces vacunazos históricos que conviene mirar con detención. Claro, las mediocres y empobrecidas góndolas de nuestras disquerías locales hacen de este ejercicio algo frustrante, pero la maravilla de internet demuestra una de sus capacidades más notables, al poner a nuestra disposición catálogos que están descontinuados o que, por las miserias de los sistemas de distribución nos han arrebatado.

Ese es el caso de Paul Simon, el primer disco solista de Simon, editado en 1972. Recién salido de vorágine de fines de los 60s, el cantautor se las arregla para demostrar en cada nota que su arranque en solitario no es solo asunto de liderazgo, sino de necesidad profunda. Explosivo, liberador y potentísimo, es un disco de iniciación, de comienzo de un camino propio. Lejos de la pasividad algo exasperante del dúo que le vio nacer, Simon muestra aquí parte de las letales armas con las que lucharía hasta el día de hoy: talento y un sentido de búsqueda musical a toda prueba. En Paul Simon, su autor está en llamas.

La placa comienza con “Mother and child reunion”, grabada en Jamaica y fundada en la moral reggae, y que resulta en una de la canciones más celebrativas y alegres acerca de la muerte que haya escuchado. Impactante. Luego Simon explora texturas más simples, limitándose a guitarra y voz, pero siempre en la vereda opuesta de su antiguo dúo. Incluso comienzan a notarse en este disco los intereses étnicos del cantante, que si bien habían asomado junto a Garfunkel en “El cóndor pasa”, alcanzan el clímax en la magistral “Duncan”. Hay ritmo, hay melodía y hay lírica.

Todo lo que se le puede pedir a un buen disco pop. Mención aparte requiere “Me and Julio down by the schoolyard”, una de las canciones consulares de su era, con un portentoso sentido del humor en la rítmica y con un fraseo en la voz que nadie hubiese esperado de un chico venido de Queens, NY. Imperdible.