Sin escándalo y de manera casi espontánea, la escena musical chilena se ha revitalizado. Las comunidades de melómanos crecen y viejas promesas de la vía independiente comienzan a ser una realidad.

  • 21 septiembre, 2007

Sin escándalo y de manera casi espontánea, la escena musical chilena se ha revitalizado. Las comunidades de melómanos crecen y viejas promesas de la vía independiente comienzan a ser una realidad. Por Andrés Valdivia.

Durante la década de los noventa, EMI realizó el que sería el último intento serio por revitalizar nuestra industria musical. Lo hicieron apostando por un ramillete de bandas que sonaban en la escena local, utilizando el viejo adagio del portafolio de riesgo diversificado que, durante décadas, se utilizó en el mundo entero: los resultados fueron mixtos, a nivel artístico, y desastrosos a nivel financiero. Eran tiempos de optimismo en las disqueras, años de reestructuración de lo que se entendía por chileno en la sociedad en general. Luego, asolada por la piratería y la incipiente masificación de la cultura digital, la industria comenzó un natural proceso de despidos, cancelaciones de contratos y reducción de costos. Muchas bandas huyeron a México, Francia y otras latitudes en búsqueda de nuevos horizontes de posibilidad y el estado de ánimo interno se tornó sombrío.

Si bien la situación descrita no ha cambiado mucho, las cosas son hoy muy distintas. Aparte de la creciente oferta de conciertos de nuevas voces extranjeras y diversas lumbreras internacionales de la nostalgia, cada fin de semana se puede ver una notable oferta de tocatas y conciertos nacionales. Los músicos comienzan a entender que sus discos no son mucho más que una herramienta de difusión (y no lo que les dará de comer) y se lanzan en masa a profesionalizar sus shows, y bares y discotecas se ven repletos de fans dispuestos a pagar por beber, escuchar y ver.

Como es de esperarse, el renacimiento de nuestra escena ha venido desde el mundo independiente, el famoso indie, apoyado fuertemente por internet. El mismo monstruo que está asfixiando al mainstream ha sido la catapulta para crear y educar a comunidades de melómanos –cada una enamorada de un estilo particular– y para acercar la producción independiente a su público natural. Las masas críticas comienzan a generarse y la promesa de la vía independiente es cada vez más real. Las claves, de hecho parecen ser constancia y credibilidad, dos conceptos algo ausentes en el día a día de la industria masiva.

Basta dar un paseo virtual por blogs, MySpace y YouTube para darse cuenta que Chile está repleto de bandas, DJs, MCs y cantantes. Metaleros, punks, folkies, poperos, raperos. De todo. Algunas notables, otras no tanto. Quizás la cifra absoluta es la misma de antes, pero la visibilidad de cada una de ellas es portentosamente mayor. “Hecho en casa” ya no es sinónimo de amateur y defectuoso, lo que representa un cambio más profundo de lo que muchos creen.

Quizás el único mundo que aún es “terreno exclusivo” de los sellos es la radio, industria que está sufriendo una severa concentración y homogeneización. Sin una trasnacional detrás, la radio se ha vuelto un espacio prohibido para la nueva música chilena. Aterradas por la amenaza de la canibalización –y por la presión de los sellos– las radios no han entrado con el vigor que deberían en el mundo digital, algo que roza en la negligencia en circunstancias que en Estados Unidos este año por primera vez el avisaje online superó al avisaje en la industria radial. El broadcasting tal como lo conocemos está bajo amenaza y nadie mueve un dedo.

Si la escena suena es porque bandas trae. Y tras ellas hay público, audiencias, negocios por montar, valor que generar. La economía de “cola larga” –la idea de que los intereses de la gente no provienen de la concentración de unos cuantos productos muy bien marketeados sino que son bastante más variados de lo que la gente y los empresarios creen– ya no es una abstracción para estudiantes MBA, sino que puede escucharse fin de semana tras fin de semana, en el bar de la esquina.