El sonido y sus distintas manifestaciones artísticas conforman un universo inagotable que el compositor chileno Sebastián Jatz se ha dedicado a explorar a través de campanadas litúrgicas, largas sesiones de melodías inmersas en la ciudad, variadas intervenciones y antimúsica.

  • 16 septiembre, 2019

“Le decían ‘El cura rojo’ por ser sacerdote y pelirrojo”, cuenta el compositor chileno Sebastián Jatz (39) a viva voz y parado sobre un piso en una esquina de la comuna de San Joaquín, un sábado de agosto a mediodía. Se refiere al compositor Antonio Vivaldi, cuyo nombre además bautiza la calle donde unas cuarenta personas se alistan para escuchar una obra del autor italiano interpretada por Álvaro Carreño y Violeta Mura, al violín y violoncello, respectivamente. Minutos después el grupo avanza, cual procesión, hacia la calle Jean Phillipe Rameu, donde el músico Camilo Brandi se instala a tocar cuatro piezas breves en clavecín. Después vienen Handel, Bach, Liszt, Chopin, Haydn, Schubert, Mozart, Tchaikovsky. Y así hasta pasadas las siete de la tarde, mientras crece la masa de asistentes que van recorriendo las 22 calles con nombres de compositores que conforman el sector conocido como la Villa Músicos del Mundo. El proyecto se llama “Recuerdo tu nombre” y fue concebido por Jatz. Fue tan exitosa la experiencia, donde además participaron activamente los vecinos, que el alcalde de la comuna, Sergio Echeverría, decidió darle continuidad al encuentro musical para que se repita cada año con financiamiento municipal.

Esta primera versión se costeó a través de un Fondo para el Fomento de la Música Nacional que se utilizó para pagarles a los músicos y arrendar nueve pianos, entre otros gastos. Jatz calcula que en total fueron siete años intentando concretar la actividad y dos postulaciones al Fondart. Ahora la intención es continuar unos tres años apoyando al municipio en la producción. Además, propuso que al menos una de las calles lleve el nombre de una compositora mujer. Cree que lo más indicado sería rebautizar la actual calle Cascanueces como Casia, primera compositora de la que se tenga registro; vivió en el siglo IX en Constantinopla y hay unas 60 partituras de su autoría.

“Ese día salió todo perfecto; la comunidad se involucró, llegó harta gente, los músicos estaban felices de estar en un contexto distinto. Sobre todo funcionó a nivel de experiencia, porque no se podía saber de antemano qué sucedería, de repente tienes un perro ladrando y cagó Vivaldi, o una alarma de auto o gente conversando. Pero el público fue súper respetuoso. La idea era que todo fuera acústico porque eso genera mayor atención, silencio y concentración. Si amplificas, te vas al chancho. Salió bien, a tal punto que resultó el plan maestro: que el alcalde se entusiasmara”, señala el organizador, que contó con la coproducción del también compositor chileno Tomás Brantmayer.

Compositor y traductor

“Recuerdo tu nombre” se suma a un amplio historial de experiencias sonoras que Jatz ha llevado adelante y varias de las cuales se pueden revisar en su sitio arsomnis.com –donde incluso se pueden encontrar recetas gastronómicas–. Cuatrocientos campanazos durante 67 días, un órgano suspendido sobre el río, 79 horas continuas de John Cage en el templo del Campus Oriente UC, el sonido continuo de 8 gongs durante 8 horas de sueño. Esas son algunas de las obras o ejercicios en los que se ha embarcado desde el año 2008 y que tienen en común ser, en su gran mayoría, proyectos de gran envergadura en cuanto a cantidad de tiempo y participantes.

Recuerdo tu nombre.

“Compositor, traductor y campanero”, así termina por definirse aunque advierte que se trata de una vuelta larga. El oficio relacionado con la interpretación de idiomas representa su principal fuente de ingresos, aunque los proyectos de arte sonoro han ido adquiriendo mayor estabilidad. Traduce y publica, del inglés al español, principalmente libros de arte, también algo de literatura, ensayos y dramaturgia.

Lo de la música viene de antes. Cuando estaba en el colegio siempre pensó que sería actor; tenía un talento natural para la actuación y protagonizaba todas las obras de teatro. Hasta que viendo televisión se topó con un documental del músico John Cage en el canal Film & Arts: “No lo conocía y quedé loco. No entendí nada, pensé: ‘¿Qué es esto?’. Entonces encargué una antología y me rayé, lo encontré lo máximo y decidí estudiar composición por él”. El encantamiento por Cage no lo abandonó más, ha traducido varios libros del autor y su influencia está presente en muchas de sus acciones como Musicircus, donde durante dos horas, 190 músicos interpretaron en simultáneo 61 estilos, como música andina, beatbox, jazz, bossa nova, tango y canciones de Elvis Presley. Esto con ocasión de inaugurar el XVIII Festival de Música Contemporánea en el Centro de Extensión de la Universidad Católica.

-Tus trabajos frecuentemente son experiencias sonoras que duran muchas horas y/o con muchos instrumentos. Tienen algo de maratón. ¿Cómo te relacionas con el tiempo y su extensión?

-Es una experiencia completamente distinta del sonido. Tiene otra dimensión y una riqueza que no está lo suficientemente explorada. El tiempo es clave y es una posibilidad contemporánea del lenguaje musical; ya no se trata necesariamente de alguien que te cuenta algo narrativamente, ni que debas estar ahí desde el comienzo hasta el final para entender. Si no que es más bien un fenómeno de la naturaleza, como el mar, que está ahí andando eternamente y tú lo visitas. En la perspectiva macro quizás es reiterativo, pero si te acercas está lleno de detalles infinitos. Se convierte en otra clase de acontecimiento o de rito.

-¿Tiene que ver con darle espacio a la conexión con el sonido?

-Total. Se trata fundamentalmente de la experiencia del acontecimiento musical donde suceden muchas más cosas también que solamente la música. Hay elementos económicos, políticos, sociales, antropológicos. La idea es potenciar eso.

Doblan las campanas

En diciembre de 1893 un voraz incendio destruyó por completo la Iglesia de la Compañía de Jesús, que estaba a un costado de la Plaza de Armas de Santiago. Más de mil personas murieron en el siniestro y las cinco inmensas campanas del templo cayeron desplomadas. Un inglés las compró en calidad de chatarra y se las llevó a Gales. 145 años después, y con ocasión de las celebraciones del Bicentenario de Chile en 2010, las campanas volvieron a nuestro país. “Entonces le encargaron al ingeniero acústico Luis Barrie que organizara algo para su bienvenida. Él me invitó y lo ayudé a revisar los campanarios y hacer las pruebas correspondientes. Aluciné”, cuenta Jatz. Se instalaron las piezas en la Plaza de la Constitución y se tocó un concierto de campanadas en conjunto con las iglesias de San Agustín, Santo Domingo, San Francisco y la Merced.

Después de este evento puntual, el compositor quedó con ganas de aprender más y entonces se enteró de que el pianista y musicólogo Eduardo Sato estaba realizando toques litúrgicos en distintas iglesias. “Lo contacté y le dije que me encantaría sumarme. Desde el 2012 estamos realizando campanadas para distintas ocasiones, como la restauración del campanario en el balneario de Las Cruces y fechas eclesiásticas como Corpus Christi o la Asunción de la Virgen”, señala. Jatz explica que él es ateo y su aproximación no es religiosa sino musical –a diferencia de Sato, que sí es católico y que publicó Mi voz sonora, su tesis de musicología sobre la tradición de estos instrumentos en nuestro país.

Las campanadas en Chile provienen de las ordenanzas del obispo Marán en la Colonia y luego del obispo Valdivieso al principio de la República, relata. “Se han ido perdiendo la tradición y el oficio. En Chiloé quedan algunos maestros campaneros, pero apenas. A partir de descripciones y anotaciones antiguas hacemos una interpretación junto a Eduardo y otros campaneros”. Al principio iban avisando a través de redes sociales con algunos días de antelación, pero con el tiempo han ido oficializando la información y actualmente están armando el sitio campanerosdesantiago.cl. “Me encanta la posibilidad de acceder a este instrumento. Solo la Iglesia tiene campanas de ese tamaño y con esa historia. Para los creyentes además se trata de un acto de devoción. Un instrumento de comunicación entre el cielo y la tierra”, comenta.

Campaneros de Santiago.

Antimúsica

“… la Antimúsica hallará la fuente de su material

en las calles y en las plazas,

en las micros y en el metro,

en el campo y en la playa,

en las montañas y el desierto,

en definitiva,

en todo lo que suena,

acotado, por supuesto, por el campo de percepción humana”.

El texto es un extracto de una charla que tuvo lugar en noviembre de 2007 en el Centro de Estudios Públicos. Ahí, Sebastián Jatz pronunciaba una especie de manifiesto que luego acompañaba de recursos sonoros y diálogos, donde otros músicos utilizaban máscaras de compositores para representar al ya mencionado John Cage, a Olivier Messiaen, Luigi Russolo y Helmut Lachenmann. Se planteaba la existencia de la antimúsica como un desprendimiento de los canones tradicionales, inspirada en la antipoesía de Nicanor Parra. Doce años después explica que el espíritu de la antimúsica es convertir en partitura el sonido del mundo. “Es incertidumbre, no sabes qué va a pasar. En “Recuerdo tu nombre” las piezas eran composiciones clásicas pero puestas en otro lugar; en la calle. Entonces, la partitura funciona como complemento. No necesariamente es protagónica, sino que comparte un entorno”, apunta. Agrega que el sonido entendido como una rama del arte es infinito, solo prolifera. Aunque empezó en los 60, ha ido agarrando cada vez más vuelo. “Soy compositor de formación, hice música para ensambles y orquestas, pero como me interesa más lo experimental, encontré un lugar de acogida y de posibilidades mucho más ricas en el mundo del arte. Aquí en Santiago hay harta gente haciendo improvisación y ruidismo. Pasan un montón de cosas en ese ámbito. Martín Gubbins y Felipe Cussen, por ejemplo, son poetas que trabajan con grabaciones y sonido, no solo con texto. Así se van cruzando todas las disciplinas”. La magnitud de las distintas obras sonoras que ejecuta Jatz implica un nivel importante de producción. El desafío generalmente es lograr gran calidad con pocos recursos. Y dice que le gusta trabajar así: “En muchos proyectos he tenido músicos voluntarios, porque a veces es mucha gente e imposible pagarles a todos. Pero siempre me ha sido fácil convocar, nunca he sufrido buscando músicos o gente que no se entusiasme ante una buena idea”.

Sonidos varios

Su agenda se viene cargada de aquí a fin de año. De hecho cuenta que esta conversación es la primera pausa que tiene hace tres días. Durante septiembre el compositor estará participando de una residencia en las Torres de Tajamar, que consiste en activar el edificio desde el sonido. Para eso construirá una serie de arpas eólicas, instrumento que también utilizó en 2016 en una residencia en Casa Poli de Coliumo. El mecanismo, asegura, es muy sencillo: se necesita un flujo constante de viento, una cuerda larga amarrada por un extremo y por el otro, a una caja de resonancia, que puede ser un balde o una guitarra. “Lo bonito es que no se parece a nada musical que conozcamos porque no es humano. Es el sonido de la atmósfera. El viento sopla y crea esta música, es increíble”, comenta el artista sonoro.

En octubre pasará diez días en Punta Arenas con un proyecto que se llama Incognitum, organizado por Raúl Miranda para conmemorar los 500 años del descubrimiento del Estrecho de Magallanes. El 18 de octubre habrá una nueva fecha de las Metamórficas, conciertos sorpresas que tienen lugar tres veces al año en el subsuelo del MAC del Parque Forestal. Eso no es todo. Los últimos días del próximo mes formará parte, junto a arquitectos y antropólogos, de una muestra en torno al concreto como material. “Estoy trabajando en una pieza con cerca de 700 archivos de audio. Consiste en estirar la novena sinfonía de Beethoven de tal manera que dure 28 días y medio, porque esta pieza musical se estrenó el mismo año que Joseph Aspdin patentó el concreto. Después vienen dos días de aplausos continuos en loop. Son lo que merecen obras de esta magnitud”, sentencia.

Además de estos proyectos locales, Jatz viaja seguido convocado por distintas instituciones que experimentan en torno al sonido y el arte, pero de momento ha decidido vivir en Santiago. Entre los 24 y 26 años estudió composición en Londres y ahí se sacó el bichito de vivir en el extranjero: “Todos los lugares son cielo e infierno. En todas partes falta y sobra. Pero aquí tengo harto espacio, conozco gente y cada vez me invitan más. Vale la pena cuidar lo construido. Para mí el sonido es una semilla que ha dado frutos, un jardín que no deja de crecer”.