Acaba de inaugurar una exposición en el MAVI que incluye pinturas, objetos y fotografías. Inspirado en un ensayo filosófico, Samy Benmayor indaga en los espacios de la memoria y el olvido. Reflexiona, pero también se ríe, porque tiende a preferir lo cómico. Habla de humor, de redes sociales, de fotografía y de revoluciones. “Siento que la vida es bastante absurda”, concluye el pintor.

  • 16 enero, 2020

Antes de entrar de lleno en el montaje de esta exposición, Benmayor (63) quiso partir rumbo al desierto nortino en un viaje introspectivo que también tenía como propósito sacar unas fotos que forman parte de “La Memoria, la Historia, el Olvido”. Poco le duró la soledad porque en el camino fue subiendo a su auto a distintos viajeros que hacían dedo y se fascinó con sus historias. Primero llevó a una pareja de artistas de Valparaíso, luego a un hombre que iba a Antofagasta y que era una especie de Rumpy, dice, y después a un budista. “Estando allá empecé a ver el vacío y las estrellas. Ahí uno se acuerda de que la cosa es más amplia y que pasamos metidos en un gallinero con todos chicharreando alrededor”, dice el artista sentado en un café de la Plaza Mulato Gil, mientras se fuma unos cuantos cigarros y reconoce que la ansiedad de la muestra lo hace incrementar el vicio. Atrás suyo una pintura inmensa sale de un camión y otras se van de vuelta. Es lunes y adentro del MAVI, un equipo trabaja definiendo dónde va cada obra de la exposición que se inaugurará dos días después. Hace especial énfasis en lo importante que han sido el curador Cristián Silva, el artista Jaime Alvarado y la fotógrafa Macarena Minguell, para dar forma a la muestra: “Son tan meticulosos que a ratos tomo distancia. Se dan discusiones divertidas, pero lo que me encanta es la sensación de montar una exposición, es exactamente como si fuera la primera vez”.

El texto inicial

Insiste en que nunca tuvo la intención de transformar estas obras en una muestra y que se trató de un hecho fortuito mientras intentaba adentrarse en un texto filosófico hace ya dos años. “Una gran amiga es filósofa y tiene una pasión enorme que ha transmitido toda su vida. Y la gente apasionada te contagia y te traspasa su interés. Hace varios años ella empezó a especializarse en el filósofo francés Paul Ricoeur y de repente, en una librería, veo este libro La memoria, la historia y el olvido, del cual ella me había hablado mucho. Pensé: ‘Esto es una señal que la vida me manda’. Se trata de un libro súper difícil, pero que tiene momentos interesantes y entretenidos de los que puedo agarrarme. Hay otros en los que no puedo entrar porque no soy tan cabezón”.

-¿Habitualmente lees filosofía?

-Nunca, muy  rara vez. No voy por la vida leyendo filosofía. Aunque me gusta comprar libros de filosofía y leo algunas páginas, pero no como esto. Mientras estudiaba el libro me encontré en el taller con un cajón donde apoyo la pintura, lleno de manchas, y pensé: “Voy a transcribir el libro para ver si copiando entiendo más”. Así entré en un estado como de meditación a través de la caligrafía. Te concentras en las letras, las formas y de repente saltan las ideas.

-¿Qué te interesó tanto de este libro?

-El tema de la memoria. Siempre he trabajado con la infancia, la alegría, el dolor y esas sensaciones que tienes por primera vez. Ricoeur habla del justo equilibrio entre lo que es necesario ser recordado y lo que es necesario ser olvidado. Porque los grandes dolores históricos deben ser recordados, pero hay momentos, sobre todo en la vida personal, que es necesario olvidar porque si no no podemos avanzar. Eso puede ser mal visto políticamente. Ricoeur estuvo preso, pasó por campos de concentración, perdió a parte de su familia; conoce el dolor de cerca y propone el olvido. Eso me pareció fascinante. También cita a Borges y su personaje Funes, el memorioso, ese tipo que no se olvida de nada. Hay un sufrimiento en no poder olvidar.

-¿Y le temes al olvido? ¿A olvidar y ser olvidado?

-No sé. No creo. Lo que me pasó con la transcripción de las letras es que el ambiente del libro empezó a influir en mi pintura y aparecieron las tramas en una demostración de que todos los hechos de la vida están ligados de manera mágica y hermosa. Eso uno solo lo entiende con el paso del tiempo. Al principio hay cosas que parecen muy horrorosas, incluso grandes pérdidas, pero después te das cuenta de que eso gatilló otras cosas fantásticas. Traté de meter eso en la pintura.

-Ricoeur dice que tendemos a transformar el pasado en imágenes.

-Eso es lo más fascinante. ¿Qué es el recuerdo? Uno cree recordar olores y sonidos, pero siempre conducen a alguna imagen; a una persona o a un lugar. Y al final la imagen que uno construye puede ser muy ajena a la realidad.

-¿En tus cuadros hay escenas?

-Hay personajes, pero no escenas. Es todo inconsciente. En general no busco las cosas ni me las propongo, salen. Después de la transcripción vinieron cajones sin letras, solo colores. El momento de olvidar y reconciliar. Los colores son como la música para mí, esenciales y puros.

-¿Eres nostálgico?

-No, para nada. Encuentro que todo tiempo pasado fue peor (ríe).

-¿Cómo te relacionas con tus recuerdos: los buscas o te abordan?

-Me aparecen. Estaba haciendo el ejercicio el otro día y casi todos mis recuerdos son cómicos. Hay algunos trágicos pero ya los revisé, sané y borré. Los recuerdos cómicos están ahí y son súper absurdos.

Fotografía y revolución

-Por primera vez estás exponiendo fotografías, ¿es una nueva afición?

Es un amor nuevo que me agarró fuerte. Antes fui fotógrafo más bien turístico. La cosa técnica de la fotografía; el obturador, el diafragma, me parecía lo más aburrido que hay. Pero de repente empecé a estudiar y a observar de otra manera. Es fascinante. Hay cosas en común con la pintura, como la composición y el color. Al mismo tiempo hice esta especie de huincha de colores que llevo a distintos lugares para fotografiarla. Uno deja una especie de huella mientras pasea por desiertos, ciudades y barrios.

-¿Representa la linealidad del tiempo?

-Me hace total sentido. Pero son cosas que surgen de manera inconsciente, no las pienso. Sin embargo, me gustó lo de la linealidad del tiempo, voy a usarlo (ríe).

-¿Te ha interesado la imaginería del estallido social?

-He salido mucho a fotografiar. El día después de la gran marcha llegué a las 6.00 am a Plaza Italia, todavía estaba oscuro y había una pareja bailando y dándose besos bajo el monumento de Baquedano. Eso me conmueve, cómo el amor surge en cualquier situación. Si alguien tiene un gesto de humanidad en plena tragedia, conecto más con eso que con la pura tragedia. En el estallido he visto mucho de eso, a pesar de la violencia, que no comparto para nada.

-¿Sientes una sociedad más viva que antes?

-De todas maneras, eso ha sido extraordinario. Estamos viviendo una especie de revolución. El otro día estábamos aquí montando y afuera se escuchaban las sirenas. Uno se siente como si fuera 31 de diciembre de 1958 en La Habana. La vida continúa, no se detiene.

-¿No estás alarmado?

-Para nada, sé que es contingencia y que todo pasa. Me imagino, y espero, que le va a hacer bien al país.

-Te has declarado bacheletista en varias ocasiones, ¿te sientes aludido por las críticas de los más jóvenes a la transición?

-No, para nada. Creo que se hizo lo que se pudo y la historia es así. De repente las cosas se extreman y el efecto es brutal. Es cosa de leer lo que pasó en la Revolución Francesa con Robespierre, que terminó en la guillotina. En cambio, Inglaterra nunca tuvo revolución y sucedieron los mismos cambios sociales. Ese paralelo es bien interesante. Soy viejo, viví mayo del 68 y vibré intensamente, me tocaron los hippies, la Unidad Popular y el Golpe. He vivido muchas cosas, entonces tengo sentimientos encontrados. Y puedo cambiar de opinión dependiendo quién tenga al frente. Si tengo un tipo de extrema derecha al frente, me dan ganas de quemar todo. Pero si tengo un gallo que quiere quemar todo, digo: “Pensemos las consecuencias”. Lo puse en Facebook y casi me mataron.

-¿Cómo es tu relación con las redes sociales?

-Fuerte. El Instagram me fascina, encuentro que casi no es necesario exponer porque ahí puedes mostrar todos los días tu trabajo. Tengo dos cuentas, la privada y la abierta. En la privada pongo fotos de la nieta que no me interesa que nadie más vea, y además ahí solo tengo amigos que si no me ponen me gusta, los corto (ríe).

-¿El humor está siempre presente?

-Sí, todas las figuras son cómicas. Aunque trate de ser serio, tengo la sensación de ser un personaje ridículo. Naciste ridículo y vas a morir ridículo.

-¿No le tienes miedo al ridículo?

-En general no. Aunque a veces sí. Pero siento que la vida es bastante absurda en general. Lo que sí me molesta es el sentimiento de una sociedad demasiada dividida. Con eso engancho y me duele. Estamos cada vez más desconfiados y eso es una tontera, de lado y lado, porque uno no elige dónde nació. Teniendo claro que el que no tuvo los mismos privilegios u oportunidades que tú, está en real desventaja. Esa es una de las cosas buenas que están pasando, hay mayor conciencia de eso. Trato de rescatar lo bueno.

-¿Sientes que la sociedad se va poniendo tonta grave?

-Totalmente. Militantes con la comida, con los animales, con esto y lo otro. Es bien insoportable. Que el gluten, los lácteos, el lenguaje. Todo súper estricto. Nos estamos arreglando para ser menos libres de lo que éramos antes. No hay espacio para dudar porque todos tienen la verdad. Me parece rarísima la gente que se siente dueña de la verdad.