Por: Christian Ramírez Un tifón se lleva tus sets recién construidos. La arena del desierto destruye tus cámaras. Las tormentas tropicales te revientan el presupuesto. El agua salada vuelve locos a los actores. Una verdadera avalancha de nieve cae sobre todo el equipo… Filmar en plena naturaleza tiene todo el aspecto de una gran aventura, […]

  • 15 octubre, 2015

Por: Christian Ramírez

rodando

Un tifón se lleva tus sets recién construidos. La arena del desierto destruye tus cámaras. Las tormentas tropicales te revientan el presupuesto. El agua salada vuelve locos a los actores. Una verdadera avalancha de nieve cae sobre todo el equipo…

Filmar en plena naturaleza tiene todo el aspecto de una gran aventura, pero cuidado: a menos que los costos monetarios y personales de intentarlo se asuman desde un principio, la experiencia puede transformarse en un infierno.

No todos los rodajes son tan controlados y restringidos como el de la reciente Everest (2015), que recrea la mortal catástrofe de 1996, en la que ocho escaladores murieron tratando de hacer cumbre. De hecho, la mayor parte de la película fue filmada sin mayores problemas en los Alpes austríacos y en Islandia. Lo más cerca que el elenco llegó al lugar de los hechos fue su breve estancia en el Campamento Base del Everest –a 5.300 metros de altura–; sólo cuando ellos se marcharon sobrevino la tragedia: 16 sherpas que apoyaban al equipo de Segunda Unidad, fueron barridos por una avalancha.
Tal vez ahí es donde radica el problema. Una historia ambientada en lugares extremos suele tentar la fortuna (por no decir la desgracia). Y hay quienes no resisten esa tentación.

 

La selva y el desierto

Ello fue evidente desde el momento mismo en que las cámaras de cine fueron inventadas, a fines del siglo XIX. Ni siquiera habían nacido las películas de ficción cuando estos aparatos ya estaban repartidos por todo el globo, registrando cada paraje que estuviese a su alcance; convertidas en un instrumento más en la mochila del explorador. El testimonio más salvaje fue recogido por Frank Hurley, quien iba a bordo del Endurance junto a Ernest Shackleton, como parte del equipo que quedó atrapado en la antártica isla Elefante hasta que fueron rescatados por el Piloto Pardo en agosto de 1916. Shackleton moriría seis años más tarde en una nueva expedición, pero Hurley había tenido suficiente. Compiló sus registros en uno de los primeros documentales de la historia: South (1919).

La búsqueda de lugares exóticos para rodar se hizo más y más arriesgada durante los años 20, pero la aparición del sonido recluyó por un buen tiempo a las cámaras dentro de los estudios.

Aprisionadas dentro de pesados armatostes, sólo volverían a liberarse con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y la aparición de equipos pequeños y sistemas de audio portátil. Pionero en aprovechar la nueva tecnología fue el pequeño equipo televisivo de la BBC, pero mientras éste se dedicaba a tiempo completo a grabar documentales –y hacía historia–, en Hollywood el desafío era otro. El director John Huston convenció al productor Sam Spiegel de hacer una locura: filmar con estrellas de cine en el corazón de África negra. Y en colores.

Fue así que Katherine Hepburn y Humphrey Bogart acabaron rodando la mayor parte de The African Queen (1950) en el Congo y Uganda. Huston aprovechaba los descansos del rodaje para salir a cazar fieras y Hepburn casi quedó aplastada por la caldera del bote donde filmaban. Casi todo el elenco cayó enfermo por culpa del agua, menos Bogart: sólo bebía whisky.

Aún así, Spiegel no escarmentó. Diez años más tarde se jugaba una generosa porción de su fortuna, al financiar el gran sueño del británico David Lean: filmar en pleno el desierto Lawrence de Arabia. Hoy, nadie se atrevería. Las temperaturas superaban los 45 grados. Las cámaras funcionaban con sus motores envueltos en toallas húmedas para evitar incendios. La película virgen era almacenada en congeladores y, pese a ello, mucho material se veló. Peter O’Toole casi se mató en una caída desde su camello y Lean obligó por casi un mes al equipo a levantarse diariamente en la madrugada para conseguir captar un amanecer perfecto. Al principio, nadie creyó que lo lograrían, pero el resultado final lo justificaba todo. La inmensidad, las gigantescas dunas, los espejismos captados por el lente, amplificaban la historia de una forma que los decorados, los sets y las luces artificiales jamás podrían conseguir. En el futuro, quien buscase resultados similares tendría que avanzar en esa dirección. Se cubriría de gloria, pero antes tendría que bailar con el demonio.

 

Werner, Werner…

1971. A una década de Lawrence, el alemán Werner Herzog enfrenta su propia versión del infierno en la selva peruana. Ha arrastrado a decenas de personas por el valle de Urubamba y por diversos riachuelos que alimentan el río Amazonas; los ha hecho subir y bajar por la estrecha ladera del monte Huayna Picchu, con armaduras, alforjas y caballos. Está filmando su versión de la saga de Lope de Aguirre, pero la cosa no va bien: miembros del equipo casi se ahogaron por culpa de las inundaciones y Herzog se salvó de caer en una avioneta rumbo al campamento (se arrepintió de tomarla en el último minuto), pero ahora su propia estrella amenaza con matarlo: Klaus Kinski está mal de la cabeza, pero a su manera la propia película –Aguirre, la ira de Dios– también lo está. Es la primera de una serie de afiebrados y titánicos encuentros entre el hombre y naturaleza que el realizador filmará en lugares reales y corriendo peligros reales.

¿Qué busca Herzog? ¿Conquistar lo imposible? ¿Demostrar lo inútil de estas empresas? ¿Mirar directo al abismo? La respuesta está a la vista en las peripecias registradas por sus cámaras: montadas arriba de balsas de madera que bajan por los rápidos (Aguirre); filmando un barco que se remolca a través de un monte (Fitzcarraldo, 1981); visitando un volcán próximo a erupcionar en la isla caribeña de Guadalupe (La soufrière, 1974); a punto de quedar aislado en la cumbre del cerro Torre –en la Patagonia– cuando su helicóptero se extravía por un brusco cambio de clima durante la preparación de Scream of Stone (1991). Hay algo en su interior que le impele a correr esa milla extra, a probar que los elementos pueden ser doblegados en la pantalla, aunque tenga claro que ello es sólo una fantasía, que así como la ventana hacia la naturaleza se abre de par en par, ésta puede cerrarse en cualquier momento.
Como le ocurrió a William Friedkin con Sorcerer (1977) y a Francis Coppola en Apocalipsis ahora (1979). Ambos quedaron atrapados en sus rodajes, casi al mismo tiempo, pero por causas opuestas: el remake de El salario del miedo estuvo a punto de fracasar por una porfiada sequía, en República Dominicana. A Coppola, el tifón Olga le destruyó un gigantesco set en las Filipinas y su rodaje se estiró por casi año y medio.

Por un tiempo, se creyó que filmando en escenarios naturales bajo ambientes controlados el caos podría controlarse. Pero sólo hasta cierto punto: Kevin Costner hipotecó su carrera cuando Waterworld (1995) se convirtió en la película más cara de la historia hasta ese momento (175 millones de dólares), cuando el gigantesco tanque de agua donde se rodaba la película quedó dañado tras el paso de un huracán por la costa de Hawaii. Poco antes, James Cameron había optado por construir uno en tierra firme, para la filmación de The Abyss (1989), en Carolina del Sur, y éste se rajó por la presión filmando miles de litros de agua por minuto. Le iría mejor incorporando efectos especiales al truco del tanque, durante la producción de Titanic. Pero claro, el truco se siente irreal.

Y es por eso que los que pueden darse el lujo, todavía desean filmar con el cielo abierto sobre sus cabezas: Alejandro González Iñárritu estuvo al menos un par de años circulando en torno a The Revenant, la historia de un trampero que es herido gravemente por un oso y luego abandonado por sus compañeros, a los que –una vez recuperado– comienza a cazar uno por uno en los congelados bosques de Dakota. Ambientada en 1823 y con Leonardo DiCaprio en el rol principal, The Revenant está hecha a la antigua: el rodaje fue realizado con un mínimo de efectos, utilizó luz natural y tecnología centenaria, y con un equipo que soportó durante meses temperaturas de hasta veinte grados bajo cero en las canadienses Alberta, Calgary y British Columbia. Pero, a fines de marzo pasado, el calentamiento global les jugó una mala pasada. La nieve se derritió de golpe y la producción se suspendió por un par de meses, hasta que González Iñárritu y compañía la relocalizaron al sur de Argentina, donde –por fin–pudieron grabar el final en agosto.

“Podríamos haber usado una pantalla verde, tomado mucho café y dejado a todos contentos, pero lo más probable es que la película habría sido una mierda”, comentó a propósito el director.
O, como dice Werner Herzog en la brutal Grizzly man (2005), donde revisa la historia de un hombre muerto por los osos que amaba: “Creo que el denominador común del universo no es la armonía, sino el caos, la hostilidad y la muerte”.

Ahí radica el horror. Ahí radica la belleza. •••