Era el concierto del año, la parada en nuestro país de uno de los show más rentables de la temporada. Y claro, The Police tiene un espectáculo a prueba de balas y energía de sobra, por poco interesante que suene la nostalgia por estos días.

  • 14 diciembre, 2007

Era el concierto del año, la parada en nuestro país de uno de los show más rentables de la temporada. Y claro, The Police tiene un espectáculo a prueba de balas y energía de sobra, por poco interesante que suene la nostalgia por estos días. Por Andrés Valdivia.

Negocio redondo, diversión para todos. Un Estadio Nacional casi lleno –ya no se estila el estadio atiborrado, se lleva quedar con algunos espacios de holgura, ¿no?–, una noche cálida, comienzos de diciembre, el momento perfecto. El negocio de la nostalgia es lucrativo y cada vez más preponderante en el nuevo escenario de la industria musical. Lo ha sido siempre, pero en estos años su participación de mercado irá en alza constante. Poco importa que Sting, Summers y Copeland no hayan grabado una nota nueva –de hecho sería aburrido tener que tragarse un set de canciones nuevas en un concierto “del recuerdo”– ni que los tipos no se lleven particularmente bien. La lógica es clara y contundente, una fórmula inventada por Mick Jagger hace ya un rato: separa tu banda en el momento justo, mantente activo y espera hasta que tu público sea la sumatoria de tus fans históricos y sus hijos y prepara una gira mundial. ¡Bingo! Independiente de las consideraciones más puristas, lo importante aquí es que dentro del océano de músicos que se ganan la vida con la nostalgia, hay algunos que la hacen bien y otros mal. La delgada línea entre un buen negocio –gozoso, bien pensado y, por lo tanto, irreprochable– y la decadencia y el patetismo. Y hace unos días The Police lo hizo de maravillas en Santiago de Chile.

Con una energía bien dosificada, una voz a toda prueba –increíble lo bien que sigue cantando Sting– y una banda potente e instrumentalmente brillante, el trío comenzó directamente al mentón con un “Message in a bottle”. El sonido prolijo y potente mostraba un power trío de fiato perfecto, viejos zorros pasándola bien. El guión sin grandes intenciones –The Police no tiene las pretensiones de U2, ni da para las misas en Do mayor a las que nos tienen acostumbrados Bono y sus secuaces– pero el look y la moral de banda de rock adulto a secas les viene perfecto.

Sólo unos toques de entretenimiento visual bien equilibrado y una canción buena tras otra. Quizás el peor momento del concierto fue el desvío étnico de la banda al momento de arreglar algunos clásicos, pero en promedio la noche The Police fue una velada redondita y turgente, sin epifanías que relatar.