Una mirada muy personal a Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el mítico álbum de los Beatles que, por estos días, cumple 40 años. Cuatro décadas en las que ha crecido aun más allá de lo posible. POR ANDRES VALDIVIA   El primer disco de los Beatles, Please please me (1963), demoró solo 585 minutos […]

  • 15 junio, 2007

Una mirada muy personal a Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el mítico álbum de los Beatles que, por estos días, cumple 40 años. Cuatro décadas en las que ha crecido aun más allá de lo posible.
POR ANDRES VALDIVIA

 

El primer disco de los Beatles, Please please me (1963), demoró solo 585 minutos en ser grabado. En esos tiempos las bandas tocaban virtualmente en vivo las canciones dentro del estudio y apenas se hacían ajustes mínimos para ser presentadas a las radios un par de días después. Los Beatles fueron una banda de su tiempo: lo suyo era sonar en las radios, tocar en vivo, dar entrevistas, aparecer en televisión. Pero, con el tiempo, el dúo –y posterior trío– que movía los hilos de la banda (Lennon-McCartney y luego Harrison), comenzó a adentrarse en los pasillos de la elite cultural de una década bastante movida y al poco andar comenzaron a sentirse artistas. Las giras cesaron y, hacia mediados de los 60, decidieron dedicarse solo a grabar discos y concentrarse en el duro oficio de ser un icono cultural, un fenómeno inédito.

Cocinándose en ese caldo fue que el cuarteto entró al estudio a fines del 66 y 129 días más tarde emergió con Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, uno de los discos más elogiados de la historia del rock y del pop. En estos días, la placa está de cumpleaños (40), ya que fue en el mismísimo verano boreal de 1967 que el disco estuvo disponible en disquerías, que se convirtió en fenómeno cultural y de ventas, que ascendió al nivel de leyenda automática. Así las cosas, es inevitable echarle una mirada retrospectiva, para bien y para mal.

Sgt. Pepper es el clásico disco del que casi todos los críticos de casi todos los medios de comunicación de casi todos los países hablan bien. Y claro, ¿cómo pelar a semejante discazo? Imposible. Pero en el saco de alabanzas en el que se mete esta placa hay errores y omisiones tramposas que solo aportan a la santificación y la mistificación. Primero, quitémosle algo de glamour a la gesta: Ringo Starr ha dicho muchas veces que lo que más recuerda de las sesiones de Sgt. Pepper es lo bien que aprendió a jugar ajedrez con el personal del estudio, debido a las largas esperas a las que lo tenían sometido sus compañeros de trabajo, que no paraban de probar decenas de fórmulas y arreglos para cada canción. Segundo, este no es un disco conceptual como todo aspirante a ayudante de melómano podría jurar tras leer un cerro de artículos sobre el tema. Los mismos Beatles no se cansan de desmentirlo: mientras las sesiones continuaban no lo fue ni nunca se pensó que lo fuese.

El concepto se le ocurrió a un aburrido McCartney, que tras una visita a San Francisco cruzaba el Atlántico en un avión rumbo a Londres. De hecho, ante el apuro del sello por un single mientras las sesiones se extendían, la banda se mandó el numerito de entregar dos inmensas canciones, de las que prefirieron prescindir para el disco, y que se editaron en un single de doble cara A: Strawberry fields forever / Penny Lane. Tercero, se deja frecuentemente de lado la portentosa labor de George Martin –insigne productor de los Beatles– quién guió de la mano al cuarteto por los nebulosos laberintos de la experimentación y logró hacer cuajar un disco a partir del caleidoscopio de sonidos condensados en las cintas. Sin esta mano del productor, Lennon y el siempre inquieto Mc- Cartney habrían estado en apuros.

Ahora, el nivel de algunas canciones de Sgt. Pepper es notable (como ese monumento llamado “A day in the life”) y en ellas se sintetiza una época y se cristaliza un momento particularmente afiatado para la banda, quizás el último de colaboración real entre John y Paul. Luego, ambos comenzarían a atrincherarse –uno en el lado confesional del rock en primera persona, y el otro como un músico capaz de sofisticarse hasta la demencia– hasta que la banda se hizo estrecha para dos bestias como ellos.

No es un disco perfecto y tampoco el mejor de los Beatles. Oscila entre la epifanía liberadora y la eficiente belleza de Revolver y los excesos del camino que comenzarían a construir meses más tarde con The Beatles (el álbum blanco). Al Sgt. Pepper conviene tenerlo. Conviene escucharlo. Es válido y necesario celebrarlo. Pero también es fácil engrupirse con el asunto más de la cuenta.