Hace meses que me asaltan toda clase de emociones respecto del pop actual. Escuchando demasiado “indie” uno tiende a pasar por alto los sonidos del presente y definitivamente hay algo muy valioso en las estrellas actuales.

  • 23 diciembre, 2008

Hace meses que me asaltan toda clase de emociones respecto del pop actual. Escuchando demasiado “indie” uno tiende a pasar por alto los sonidos del presente y definitivamente hay algo muy valioso en las estrellas actuales. Por Andrés Valdivia.

Hace algo así como un mes me encontré en YouTube con el nuevo video de Beyoncé: Single Ladies (put a ring on it) y tuve una verdadera epifanía. No sólo por la perturbadora impronta de la cantante negra, una verdadera pantera de ritmo y belleza, sino que por la canción en sí misma. Simple, bien armada, poderosa, pegajosa, bien arreglada, e incluso con una complejidad armónica supuestamente vedada para el pop. Ahí me di cuenta de lo mucho que me he estado perdiendo durante los últimos dos años al no ponerle suficiente atención a lo que ocurre en los rankings y al trabajo de las mega estrellas del planeta. Me puse a investigar, a escuchar y a relacionar y me encontré con mucha más carne de la que esperaba. El pop, a pesar de lo que se suele escuchar en los pasillos de la crítica, es hoy mucho más interesante y valioso que hace algunos años. Pero vamos por partes.

Una de las tendencias más claras de la industria en el último tiempo es el nuevo foco que ha asumido la canción, no sólo como medio promocional, que siempre lo fue, sino que como fuente de ingresos directos. Los discos ya poco importan (ok, es cierto que no es tan así, pero vamos, que cada día importan menos) y son las canciones, atomizadas, individuales, las que cobran nueva relevancia. Este pequeño asunto en la lógica comercial de la industria ha generado un cambio importante en la forma en que se construye el pop y que, paradójicamente, lo ha acercado a los primeros tiempos de la industria, a algo parecido a lo que fue la era Motown, que bajo el alero del sello del mismo nombre, generó la primera línea de producción de canciones/bandas exitosas de la historia. Algo así como el modelo de negocios FordT aplicado a la música. Que estemos de vuelta en la era Motown podría ser un gran retroceso para la música popular, pero los melómanos de hoy están infinitamente más informados y conectados que en los sesenta, lo que obliga a la línea de producción a hacerse cargo de gustos cada vez más refinados y a oídos cada vez más tolerantes.

Otra consecuencia interesante de que sean las canciones las que están al centro de la industria es el peso específico que adquieren los productores, quienes deben desvivirse por poner, sobre la imagen y el estilo de las estrellas, los guiños musicales necesarios para transformar las canciones en éxitos. Y en un mundo repleto de estímulos, ofertas y ruido, capturar la atención de un adolescente es un asunto complejo. Interrumpir el muro de distracciones imperantes para llegar a sorprender al público ha obligado a los productores a probar formulas cada vez más sofisticadas, lo que ha enriquecido al pop, sin duda alguna.

Escuchar el portento de talento de Justin Timberlake, la resurrección de Britney Spears, el muro sónico de Kanye West o la felina lasciva de Beyoncé resulta un ejercicio musicalmente muy estimulante. Hay dimensiones armónicas y melódicas –y por cierto rítmicas– que desafían la lógica de lo que era posible en el territorio del pop. Es cierto que mucho de lo que se hace hoy en día tiene sus raíces bien puestas en el pop de los ochenta, pero nadie podría negar que la puesta al día de esos sonidos viene enriquecida por veinte años de hip-hop, por la popularización definitiva de la música electrónica y sobre todo por una moral mucho más híbrida e interesante que la de la década aquella, que dicho sea de paso, ya deberíamos comenzar a volver a olvidar. Por mientras, podemos estar seguros de que hoy hay buena música para tirar al cielo, lo que no es poco.