El escritor Alberto Fuguet trabajó como periodista y colaborador de revista Capital entre 1996 y 2001. Aquí le dedica algunas palabras y recuerdos a esos años.

  • 10 junio, 2020

Llegué a Capital sin capital económico, pero quizás con uno que me sirvió más para lo que me pidieron: observar. No sabía nada de ese mundo: el mundo de los negocios me era ajeno. No conocía a nadie rico, no me daba miedo que algo le pasara a mi segunda casa porque no tenía, el lucro lo confundía con ese plato porteño llamado locro. Pero era un mundo que se parecía al mundo que estaba en mutación. Ya no estaba en Zona porque había cumplido 30 y escribir de rock y MTV y cine raro para la revista Rock & Pop no era suficiente. Acepté la invitación con algo de temor. No porque le tenía miedo a quedar mal con los poderosos que ilustraban las portadas con aburridas oficinas, sino porque me era un terreno ajeno. Era la época de la administración Frei Ruiz-Tagle. Me gustaba escribir en una revista donde mis supuestos enemigos (o mis compañeros de generación) no pudieran leerme. En una era pre redes sociales, estar donde no estaban los ojos que me miraban me parecía un paraíso. ¿Era o no era una revista conservadora? Había gente curiosa dentro: Sergio Paz, don Héctor, la Coni Acevedo, Luis Bellochio rabiando por el diseño tan distinto a The Face. Recuerdo que estaba al lado del mall, arriba casi del Parque Arauco, que era más chico. Se entraba por una calle que era casi un callejón que partía a un costado del primer McDonald’s y terminaba en el Parque Araucano. Había mucha reunión en el patio de comidas, mucho café en el Mokka con esos sándwiches de miga. Yo los convencí de no tener oficina o puesto. Más freelance, podía enviar mis textos como un buen chico cool y noventero por fax o pasar a dejarlo en disquete y luego perderme en el Parque Arauco a comprar revistas importadas.

«Escribí de libros y de cine, de hoteles literarios, de qué implicaba fracasar. Luchaba contra la chatarra de la TV y los tabloides ligados a la farándula. Entrevisté a Richard Ford para Capital y hablamos de la clase obrera y el por qué los empresarios que no leían estaban condenados».

Llegaba a reuniones de pauta a pelar, a recomendar, a contar lo que había visto allá afuera. Que yo alguna vez hubiera sido “Enrique Alekán”, el símbolo sexual de la Bolsa de Comercio, el yuppie-que-todos-querían-ser, me daba un cierto peso que no tenía. Yo debía mirar este mundillo donde casi todas las portadas eran hombres canosos de corbatas que, ahora capto, eran parte de una secta llamada elite. Pero desde fuera. Cruzar líneas, como me decía la Chelo Eluchans; es lo mejor que sabes. Y así quedó bautizada la columna: Líneas cruzadas. ¿O así se llamaba mi columna en Mundo Diners? Me confundo porque una revista dio paso a la otra. “Mira, Fuguet, la idea es esta: cubramos al país, los negocios, lo que está pasando, como si fuera San Francisco en los 60” fue la frase para amarrarme. El rock ya es un negocio, por qué no miramos el poder como si fuera la movida punk.
Nunca la escena de los bancos y los abogados y los empresarios fue punk. Pero la idea parecía divertida. Debí capitalizar el hecho de que yo tenía más calle (y era el más pobre del staff, creo). De tanto leer Capital, opté por comprarme un departamento a veinte años, por ahí por el 98. En Mundo Diners escribía de viajes de ricos, firmaba con el seudónimo de “Patricio Bateman” y robaba ideas de revistas como Condé Nast, pero en Capital me fijaba más en un país curioso y no del todo preparado que crecía de manera exponencial (nos decían que todos crecían, pero ahora queda la duda) y mutaba demasiado rápido porque en el fondo era un experimento. Una de mis columnas del año 1997 partía así: “Si el país está creciendo a un 7%, como dicen, entonces quizás mi problema es que yo estoy creciendo al tres. De ahí el desfase. Me estoy quedando corto, atrás… La euforia actual me deprime, me margina”.
Estuve como un año enviando por mail (qué moderno) columnas desde Washington DC. Me tocó conversar con gente que antes tenía futuro: Allamand intentando aparecer civilizado cuando en el fondo estaba tumbado y sin poder, Luciano Benetton que creía que unos chalecos multicolores podían cambiar el mundo. Escribí de libros y de cine, de hoteles literarios, de qué implicaba fracasar. Luchaba contra la chatarra de la TV y los tabloides ligados a la farándula. Entrevisté a Richard Ford para Capital y hablamos de la clase obrera y el por qué los empresarios que no leían estaban condenados. Cubrí a un chico que se encerró en una casa para grabar toda su semana o mes frente a una cámara y transmitirlo por internet como si estuviera ensayando para el futuro. Pude publicitar la obra de Germán Marín con una columna que aún hoy está entre las que mejor titulé: ¿Quién es Germán Marín y por qué escribe esas tremendas cosas sobre nosotros?
Salí de Capital con más capital del que entré y con más experiencias. Pude ver cosas que quizás no hubiera visto en otra parte. Me toleraron, me empujaron, me apañaron. Todos éramos más tolerantes, no nos habíamos escindido. Me obligaron a salir de mi zona de confort y escribir de otras cosas. Se arrienda, ahora me queda claro, salió de ahí. Y yo salí mejor, con más mundo. Por eso ahora recuerdo todos esos primeros años ligado a la primera etapa de Capital y me alegro de haber tenido la oportunidad de ser el outsider en una revista que deseaba captar algo que, en ese momento, nadie entendía del todo.