“Caracoles existían. Los había como osarios, se los encontraba al interior de las casas modernas. Pero nunca se había visto uno con tiendas. En Providencia, el primer caracol comercial aterrizó a inicios de la década de los 70. Su llegada fue vista como el hito que inauguró un vehemente despliegue de invenciones edilicias de fines […]

  • 26 abril, 2019

“Caracoles existían. Los había como osarios, se los encontraba al interior de las casas modernas. Pero nunca se había visto uno con tiendas. En Providencia, el primer caracol comercial aterrizó a inicios de la década de los 70. Su llegada fue vista como el hito que inauguró un vehemente despliegue de invenciones edilicias de fines comerciales y no tanto, y que cambiaron la impronta urbana de la ciudad”. Así comienza un brillante artículo aparecido en la revista Bifurcaciones, que reconoce este hito de nuestra arquitectura comercial: los caracoles de Santiago y de Chile son únicos en su especie en el mundo. Algo parecido sucede con las galerías del centro de Santiago. Fue gracias a la visión del urbanista austriaco Karl Brunner, quien diseñó el centro cívico de Santiago, que las galerías existen: Brunner logró que se entregaran incentivos a quienes incorporaran pasajes comerciales en sus edificaciones. Gracias a eso tenemos un sistema de pasajes que, al conectar calles y edificios, constituyen un tipo de espacio público de alta calidad, perfecto para poder desplazarse por el centro de Santiago en un día de lluvia sin mojarse, y donde se pueden encontrar todo tipo de tiendas, desde algunas legendarias como “El penique negro”, hasta bombonerías atendidas por sus encantadores y octogenarios dueños.

 

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