Una rareza de Frank Sinatra grabada hace 40 años, Watertown es para muchos su disco más personal y doloroso. Y todavía perfora los oídos.

  • 27 mayo, 2009

Una rareza de Frank Sinatra grabada hace 40 años, Watertown es para muchos su disco más personal y doloroso. Y todavía perfora los oídos. Por Andres Valdivia.

Soy un fanático de Marisol García, una de las mujeres más inteligentes y que más sabe de música en nuestro país. Su blog “De Gira” (solgarcia.wordpress.com) es siempre fuente de la mejor prosa melómana del mercado. Lucidez y amor por la música, todo lo que uno puede pedir. Fue precisamente allí donde supe que existía un disco de Frank Sinatra que no sólo no estaba dentro de mi radar, sino que además albergaba entre sus surcos algunos atributos que lo hacen único. Su nombre es Watertown y fue editado el año 1970 (aunque grabado en 1969). Pero la efeméride no es lo que interesa; lo importante está en las canciones, lo que implica su ánimo y el contexto en el que se realizaron. Vamos por partes.

Sinatra es una personalidad difícil de atrapar en el gran esquema de las celebridades del siglo pasado. Logró imponer al mito del galán de traje, duro por dentro y por fuera, algo bohemio y limítrofe en su actitud hacia la ley. Era un músico anterior a la moral confesional post-Dylan. Esa misma que refundó el pop, pero que también impuso el descontrol público y una dosis de histeria como parte de lo que entendemos por “rock star”.

Sinatra es previo a todo eso. Viene del universo de la contención y del desborde puertas adentro, en privado. Independiente de la moral que uno elija como su favorita, Sinatra fue el rey indiscutido de una de ellas. Mucho supimos sobre sus intermitencias en lechos ajenos y en el propio, pero poco sobre sus debilidades, sus quiebres internos. Habiendo vivido los 60 como si el mundo se viniese abajo, Sinatra llegó al final de esa década con ganas de armar un disco conceptual. Nada de psicodelia ni de vaivenes lisérgicos, pero conceptual en un sentido muy simple: el tipo quería hacer un disco temático, centrado en un par de ideas. Algo muy “espíritu de la época” por cierto. Así fue cómo se fraguó uno de sus álbumes más íntimos y, paradójicamente, más olvidados de su catálogo.

Watertown salió a la venta en 1970, poco después de My way y Let me try again, dos de sus éxitos más rotundos. Además de la belleza de las once canciones que lo componen, sorprende profundamente su temática. Esta vez, el promiscuo hombre con habitación vitalicia en Las Vegas se transforma en un tipo común, con un trabajo aburrido y una vida garantizada, plácida, brutalmente rota por la partida de su mujer. Esta vez, no es él quien parte, sino quien espera y quien debe dar explicaciones.
Héctor Soto alguna vez dijo que el gran cine norteamericano es la puerta de entrada a la historia de ese país desde lo filial. Es la familia, a veces suburbana, a veces marginal, siempre compleja y fundacional, la que está en la línea de flotación de lo mejor que Norteamérica tiene que ofrecer en sus metros de celuloide revelado. Siguiendo esa línea, Wateretown pareciera ser uno de los grandes aportes de Sinatra a la gran novela norteamericana intimista. Repleto de dudas, nostalgias y dolores, y sin una gota de lloriqueo innecesario, Sinatra cruza un estado de ánimo inédito en su carrera, y quizás, imposible de conciliar con su figura, mito y estatura. Es extraño y bello a la vez, pero Watertown confirma que lo mejor de Estados Unidos está allí, puertas adentro, donde los hijos, los padres y los amores dan cuenta de una historia aun más dolorosa e inevitable que un desencuentro ocasional.