Neil Young escribe canciones a una velocidad vertiginosa estos días, y su nuevo disco, inspirado en la crisis económica, es al mismo tiempo un arrojo rabioso y una pataleta simplista.

  • 10 junio, 2009

 

Neil Young escribe canciones a una velocidad vertiginosa estos días, y su nuevo disco, inspirado en la crisis económica, es al mismo tiempo un arrojo rabioso y una pataleta simplista. Por Andrés Valdivia.

Neil Young es sin duda una de las grandes glorias de la música norteamericana. Con sus cuarenta años de carrera como solista y habiendo recorrido la gran carretera del country, el rock y el folk de ida y vuelta, Young es uno de aquellos creadores que al no haber sido “santificados” por una muerte prematura han tenido que bancarse el paso del tiempo a punta de oficio y amor por la música.

El autor de Helpless tuvo una inesperada vuelta a la primera línea del estrellado de la mano del grunge en los 90 (era considerado su padre e ideólogo) y luego regresó a su posición de viejo crack y leyenda alternativa, donde ha estado gran parte de esta década. En el último lustro – y con un cuasi derrame cerebral de por medio- Young ha estado editando discos con una rapidez sorprendente. Lamentablemente, la abundancia de nuevo material no ha estado acompañada de grandes momentos musicales, pero el viejo zorro sigue allí, parado y rockeando. Su nuevo trabajo, Fork in the road, es un disco anclado en el presente desde el punto de vista de sus temáticas, pero sin novedad alguna desde la vereda musical.

No es casualidad que Fork in the road haya sido editado casi al mismo tiempo que el presidente Obama aprobara la entrega de una montaña de dinero a las empresas automotrices, asfixiadas por la crisis económica. De hecho, esta placa es casi un homenaje rabioso y desesperanzado al pasado glorioso de Detroit y su industria automotriz. Suena extraño, claro, pero se puede pensar en la caída de esa ciudad y su industria como una metáfora de la decadencia de la Norteamérica industrial y del abandono de sus trabajadores.

Fork in the road está plagado de referencias a ese murmullo, que se ha tornado griterío con los meses, que es el debate sobre las miserias del capitalismo. Para un viejo hippie liberal canadiense como Young, una grieta en el sistema es todo lo que necesita para entrarle a patadas al estado de las cosas. Desde esa perspectiva, su rabieta nostálgica suena un poco fácil, simplista.

Young suena en este disco como un viejo demente arrojado sobre canciones poco pulidas y más parecidas a un gran ensayo registrado que a un disco propiamente tal, algo con lo que el músico ha jugado bastante en su historia. Hay algo desordenado y visceral que funciona en Fork in the road, pero el disco no tiene una sola pizca de duda ni de intimidad, y su octanaje rabioso tampoco alcanza la estatura necesaria como para que alguien se levante a enarbolar el discurso de un nuevo orden para las cosas. Quizás, su momento más alto es cuando dice “Just singing a song won´t change the world” (“sólo cantando una canción no cambiaremos el mundo”); una dosis de desesperanza sensata y de sentido de realidad para alguien que parece haber creído toda su vida lo contrario.