Lo que hizo Trent Reznor en el Arena Santiago hace algunos días es un ejemplo de todo lo que está bien en la música hoy en día.

  • 17 octubre, 2008


Lo que hizo Trent Reznor en el Arena Santiago hace algunos días es un ejemplo de todo lo que está bien en la música hoy en día.

Lo que hizo Trent Reznor en el Arena Santiago hace algunos días es un ejemplo de todo lo que está bien en la música hoy en día. Por Andrés Valdivia.

El problema es antiguo, tan viejo como la música electrónica. A partir de la incorporación de máquinas y sintetizadores a la paleta de sonidos y posibilidades disponibles para los músicos, una pequeña preocupación se hizo evidente: ¿qué hacer con la performance en vivo? Desde esta perspectiva, el rock and roll y otros géneros más “orgánicos” tenían una ventaja evidente: la interpretación de sus instrumentos en vivo –a diferencia de un grupo de geeks sentados frente a un computador– era un espectáculo en sí mismo y la energía que de allí se desprendía era directa, simple de digerir y, al mismo tiempo, portentosa. El debate osciló entre los adictos al minimalismo futurista, que proponían la ausencia de performance como una performance; es decir, acentuar la diferencia con el rock, y los más poperos que proponían incluir las máquinas dentro de un espectáculo que apelara a la visualidad y a la multimedia. Aunque el tema aun no está resuelto, la visita de Nine Inch Nails a Chile y el impresionante espectáculo que brindaron en nuestro país nos ayudan a encontrar algunas pistas sobre el horizonte de posibilidades de la música hecha con máquinas en un contexto en vivo. Pero vamos por partes.

NIN tiene una larga carrera de éxito –más de 18 años– y de prestigio como una de las grandes fuerzas de la buena combinación entre máquinas, elementos orgánicos y una energía y visualidad en vivo a toda prueba. Los tipos son mundialmente respetados por eso y al verlos en plena performance se nota. Si bien sobre el escenario parece una banda de rock (hay guitarras, batería, etc.), su sonido está constantemente bombardeado por secuencias y elementos digitales pre-programados y otros tantos interpretados in situ. Desde el punto de vista sónico, la mezcla funciona a la perfección y el resultado es un enorme muro de sonidos industriales que, a pesar de su oscuridad y moral suicida, tienen evidentes elementos melódicos y emotivos. Los tipos saben de ritmo y de coros ligados al pop y en eso son unos maestros. Pero lo que realmente sorprende de NIN en vivo es cómo esa mezcla va desarrollándose en paralelo con una puesta en escena como no habíamos visto nunca en nuestro país. Premunidos de pantallas LED (muy similares a la enorme pantalla gigante que U2 usó en su gira PopMart y que pudimos ver en Chile en febrero de 1998), dispuestas en tres niveles de profundidad distintos, la banda se subió al escenario del Arena Santiago dispuesta a volarle los sesos a todos sus fans presentes. Resulta casi imposible explicar con palabras lo que vimos quienes estuvimos allí –el juego de profundidades de estas tres pantallas, sumado a las maravillas que se proyectaban desde ellas y a los efectos que éstas producían al son de la música– pero podemos dar fe de que existe futuro y terreno aún por explorar en el universo de los shows en vivo. Al observar tanta maravilla junta no pude dejar de pensar en Wagner, el genio de la ópera, y todo su rollo “multimedia” asociado a ella. Más de 100 años atrás ya existían bestias soñando con lo que hoy se puede hacer con un poco de high-tech y, sobre todo, muy bien gusto. No sólo queda recomendar todo el extenso e impresionante catálogo de NIN, sino que además estar atentos a la edición de algún DVD oficial con registros de esta gira, que rankea alto, muy alto, en la lista de lo mejor que me ha tocado presenciar en mi ya no tan corta vida.