Por: Vivian Berdicheski Fotos: Archivo Nicanor Parra “El error consistió / en creer que la tierra era nuestra / cuando la verdad de las cosas / es que nosotros somos de la tierra”. Mientras la mayoría de los artistas se dejaban seducir por el fuego de las revoluciones, Nicanor Parra predicaba un ecologismo profundo, que […]

  • 15 octubre, 2015

Por: Vivian Berdicheski
Fotos: Archivo Nicanor Parra

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“El error consistió / en creer que la tierra era nuestra / cuando la verdad de las cosas / es que nosotros somos de la tierra”. Mientras la mayoría de los artistas se dejaban seducir por el fuego de las revoluciones, Nicanor Parra predicaba un ecologismo profundo, que descolocaba a quienes esperaban de él un compromiso político claro.

En 1987, en un encuentro internacional en Santiago, organizado por la oposición a Pinochet, Parra defendía el derecho a respirar, “derecho que no se puede ejercer en Santiago de Chile”. Enfocados en denunciar las torturas y desapariciones, los intelectuales locales no hablaban de ecología. Parra, en ese sentido, era un bicho raro.

El autor de Soliloquio del individuo tenía arraigada una fuerte conciencia ambientalista, desde fines de los años 60, cuando se vincula con el movimiento beat en Estados Unidos, con autores como Allen Gingsberg y participa de actividades ecológicas. Una de las primeras acciones que realiza fue escribir con tiza en el pavimento de las calles de Nueva York: “Be kind to me, I’am a river”.

Eran tiempo de Guerra Fría. Mientras el mundo se dividía entre capitalismo y socialismo, él se enfocaba en el colapso del planeta; lo hace desde una aproximación poética, académica y militante de la llamada ecología profunda. Un sistema de pensamiento de carácter radical que señala que los problemas ecológicos se deben a los cimientos culturales del mundo occidental, concepción que nace del filósofo noruego Arne Naes (1973). Idea a la que Parra adhiere y que no abandonará.

Un primer atisbo de la ecología en su obra ya se observa en Poemas y Antipoemas (1954) en textos como Defensa del árbol y Se canta al mar, pero es en los Ecopoemas, que se publican en 1982, donde alcanza su plenitud. Para Ignacio Echevarría, editor de las Obras completas & algo + del antipoeta, “la ‘ecopoesía’ es un elemento importante de la antipoesía. Aparece con fuerza a comienzos de los ochenta, después de esa explosión que fueron los Artefactos y del juego de máscaras que suponen los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, la respuesta de Parra a la dictadura pinochetista. Una de las más explícitas, contundentes y persuasivas declaraciones públicas que recuerdo de Nicanor en este sentido, entre las muchísimas que hay, es una entrevista que da a la televisión española, en 1987”.

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En la entrevista que menciona Echevarría, el poeta discute con Ángeles Caso, quien le pregunta de diversas formas y en reiteradas oportunidades cómo la poesía comprometida puede ser un estímulo para la acción de cambio, haciendo referencia a la lucha en Chile contra el régimen de Augusto Pinochet. Sin salirse de su discurso ecologista, Parra le responde: “A la poesía agreguémosle una e al comienzo, es la e de ecología comprometida con la supervivencia, con el no enfrentamiento, con la noción de auto regulación del espíritu y de la sociedad. Porque hemos visto que el choque de las ideologías tradicionales ha llevado al planeta al borde del colapso… No estoy reduciendo yo la ecología al embellecimiento de la ciudad o a la conservación de los pajaritos o una especie de animal determinado, eso es evidentemente de nuestra preocupación, pero el núcleo, el nuevo enfoque, hay que encontrarlo en otra parte… La relación amo esclavo es la que rige las totalidad de las relaciones sociales, y las del hombre y la naturaleza. Habría que partir entonces, de otro punto, en otros términos, no de Marx…”.

“La ecopoesía enlaza con la vieja idea de Parra acerca de la literatura como mecanismo de autorrecuperación del espíritu, idea presente ya desde sus comienzos, basada en sus conocimientos científicos”, agrega Echevarría. Los ecopoemas, que luego forman parte de su libro Poesía política (1983), no sitúa sus motivos en el habitual paisaje campestre chileno, sino en la urbe afectada por la sociedad de libre mercado que se impone.

En el poema Consumismo, escribe: “Qué le dijo Milton Friedman / a los pobrecitos alacalufes? /-A comprar a comprar que el mundo se va a acabar!”. Imposible no mencionar un poema en que se adelanta 20 años al desastre del río Cruces en Valdivia. Como si tuviera una bola de cristal Parra advierte: “Adiós estimados alumnos /y ahora a defender los últimos cisnes de cuello negro /que van quedando en este país / a patadas /a combos / a lo que venga: / la poesía nos dará las gracias”.

Matías Rivas, director de Ediciones UDP y quien ha editado los últimos 10 años al antipoeta, señala: “Él es un precursor en la materia, pero hoy no anda con el tema como cuando lo descubrió, con esa fascinación. Lo ve como un asunto vital, todo lo ecológico lo lleva a la práctica así como otras filosofías como el Tao”.

Parra se suma a la Propuesta de Daimiel, manifiesto promulgado por el valenciano Joseph Vicent Marqués en 1978, que señala que la ecología es un movimiento socioeconómico basado en el respeto, en las armonías del ser humano con su medio y que lucha por una vida lúdica, creativa, igualitaria, pluralista, libre de explotación y basada en la comunicación y colaboración de los grandes y chicos.

 

Después de Tao

Para llegar a la ecología, hay que pasar por el taoísmo, dice Parra. Son dos aspectos de un mismo problema: el taoísmo es la autorregulación del mundo interior, y la ecología es la autorregulación del medioambiente. Una vez que la persona está entera, solamente entonces puede ver el desequilibrio del exterior.

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Desglosa en tres los niveles del movimiento ecológico y recurre a ellos en su poesía. Primero, el académico, que trata la ecología como ciencia tradicional, es decir, del estudio de una especie en relación a su medio. Luego está el ambientalismo, corriente que surgió en Estados Unidos a raíz de la publicación de La primavera silenciosa, de Rachel Carson. Allí la autora señala que el mundo se estaría convirtiendo en chatarra, llenándose de autos, teléfonos, etc. y pronostica que para el 2050 no habría materias primas. Un tercer nivel es el puramente ecologista, que sostiene que las dos ideologías –el capitalismo y el socialismo real– han llevado a la naturaleza al borde del colapso. Actúan ambos como siameses: dos conceptos ciegos ante la finitud del planeta.

Aparte de sus discursos, como MaiMaiPeñi y Aunque no vengo preparado, en que denuncia los desastres ambientales, un proyecto que destaca en esta vertiente es Pichanga: profecías a falta de ecuaciones (1992), en el que Parra colabora con el grupo de fusión Congreso. La banda puso música a algunos ecopoemas, con el fin de colaborar en la campaña internacional a favor de los derechos del niño. Su activismo también queda demostrado en su apoyo al movimiento Defensores del Bosque Chileno, del que fue precursor.

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Patricio Fernández, escritor y amigo de Nicanor, afirma: “Debiera ser reconocido como el ecologista más famoso de Chile y es quizás el tema que ideológicamente se ha tomado más en serio en su vida. En los 60 fue su reacción a lo que llama socialismo vertical, que es un poder autoritario que no respeta la diversidad biológica en el mundo. Se metió en esa onda con mucho entusiasmo. Después de darle muchas vueltas al tema, últimamente concluyó otra cosa que viene a problematizar sus convicciones ecológicas. Se preguntó: ¿quiénes van a salvar el mundo? Y concluyó que serían los empresarios, porque –según él– cuando los hombres de negocios se den cuenta de que cuidar el mundo es más rentable que destruirlo, lo van a salvar. Sin embargo, algo que es constitutivo de la manera de pensar de Parra es la contradicción permanente, de manera que esto mismo que te estoy diciendo, él a su vez pensó en su contradicción”.

En otras oportunidades ha planteado como solución a los problemas del planeta la economía de subsistencia mapuche; economía que se basa en el no despilfarro, por ejemplo, sembrando estrictamente lo necesario para subsistir, criar animales propios reduciendo así el comercio; acostarse cuando oscurece y levantarse con las gallinas para ahorrar luz. Parra en su vida diaria aplica esta economía: come muy sano, compra ropa usada, no prende estufa, duerme bastante, prefiere las manzanas que da su árbol y recicla hasta las bolsitas de té, que usa como marca libros.

“Los artefactos son poemas construidos con elementos de desechos, recuperados, reciclados, rearmados, resignificados”, agrega Echevarría. “Nada se fabrica ni se consume: simplemente, se aprovecha. Pidió emplear papel ecológico para sus Obras completas. Cumplí con su deseo a despecho de la extrañeza y reticencias que despertó, y al precio de que los volúmenes en tapa dura adquirieran un grosor rayano en el disparate, dado que el papel ecológico era entonces más voluminoso que el normal. El mismo Parra ha publicado luego más libros sin respetar esta premisa. Pero a mí me gusta que sus Obras completas hayan sido consecuentes con ella”, remata el crítico español. •••