Lo más sorprendente del streaming no es la facilidad con que se ha situado en un mercado altamente competitivo, como el audiovisual. Eso ya es agua pasada. Lo que impacta hoy es su agresiva estrategia para convertirse en protagonista de los premios de la Academia. Lo más probable es que lo logren, aunque no será nada fácil.

  • 10 septiembre, 2018

Roma es la primera cinta de Alfonso Cuarón en seis años. La primera desde que ganó el Oscar a mejor director por Gravity. La primera que filma en México y en idioma español desde Y tu mamá también, en 2001. La rodó en blanco y negro, y en película física de 65mm. Está basada en sus recuerdos de infancia (“un 90 por ciento de lo que verán en pantalla son cosas sacadas directo de mi memoria”). Es el proyecto que esperó una vida entera para llevar a cabo. Su estreno, el 30 de agosto en el Festival de Venecia, fue uno de los eventos audiovisuales del año y es, desde ya, una de las favoritas en la carrera por el Oscar 2019. Pero pocos, muy pocos, podrán verla en el cine, tal como el realizador quería. Tal como fue concebida. ¿Por qué?

 

Tres batallas

Para recuperar la inversión, el director y su productora vendieron los derechos de distribución a Netflix, y la compañía de streaming ya fijó fecha de estreno mundial en la plataforma: 14 de diciembre. En paralelo, Roma se exhibirá en un puñado de salas comerciales de Nueva York y Los Ángeles, durante el tiempo suficiente para calificar a los premios de la Academia. Por ahora, no existen planes de mostrarla en gran pantalla en otros países.

Y eso es algo que Cuarón no podrá evitar. Aunque le duela en el alma (lo más probable).

Netflix ha demostrado ser inflexible con su política de prescindir de las salas, a la hora de difundir un nuevo filme. De hecho, Roma estuvo al centro de la polémica hace unos meses, cuando quedó fuera de la selección oficial del Festival de Cannes debido a que el evento decidió respetar la disposición legal, que impone a toda película exhibida en cines franceses, una moratoria de tres años antes de poder ser incluida en un sitio de streaming. Eso hubiera impedido exhibirla en el sitio francés de Netflix hasta 2021, algo que para el titán digital era inaceptable, sobre todo en un escenario como el actual, donde no parece haber techo para su crecimiento.

Con la barrera de los 100 millones de suscriptores cruzada hace rato y gastos en producción de películas y series cercanos a los 2,5 billones de dólares para el próximo año, la compañía ha modificado lo bastante el hábito de mirar televisión como para cuestionar profundamente el modelo de la TV abierta y de pago: en adelante lo que mantendrá los aparatos prendidos no serán los estelares, los realities o una oferta de cientos de canales, sino una creciente variedad y disponibilidad de contenido. Y los estudios de Hollywood tampoco han estado inmunes a ello: como en el ámbito de la producción de filmes, Netflix, Amazon y sus colegas han dado pasos decisivos en orden a competir de igual a igual con las majors. Disney se vio obligada a dar el golpe bursátil de la temporada y comprar 20 Century Fox en 70 billones de dólares. Y no lo hizo para aumentar su porcentaje de la industria; su objetivo era más directo aún: hacerse con la gigantesca biblioteca de títulos de la Fox, y lo antes posible.

Eso no es todo. A medida que el combate por las descargas digitales se vuelve inminente, Netflix ha encontrado tiempo para abrir un campo de batalla más; uno que, en términos de imagen, es clave: la batalla por los premios.

 

Las dudas de la Academia

Es cierto que hace un par de años, tuvo que tragarse la humillación cuando su débil campaña por Beasts of No Nation –un drama de guerrillas africanas con Idris Elba, que aún es descargable en el sitio– generó cero respuesta por parte de la Academia. Pero echando a perder se aprende. El año pasado sorprendió a la comunidad fílmica al rescatar The Irishman, el proyecto de Martin Scorsese que acababa de ser abandonado por Paramount. En principio, extendió un cheque por 110 millones de dólares para financiar el inicio del rodaje, calculando que así se aseguraba un potencial ganador de Oscar. Lo más probable es que tenga razón, pero Scorsese se tomó el tiempo que quiso para filmar y trabajar en un complejo set de efectos especiales que rejuvenecerán a la mitad de su elenco, postergando así el estreno del filme para fines de 2019 y, de paso obligando a Netflix a continuar pagando las cuentas de un filme que sigue creciendo de tamaño: se calcula que cuando la posproducción finalice, el costo total va a superar los 230 millones, sin contar gastos en marketing. Algunos malintencionados han llegado a sugerir que Scorsese ha disparado los costos a propósito, para forzar de ese modo un estreno tradicional en cines. Quién sabe.

Es por eso que un modelo de adquisiciones como el que Netflix usó en el caso de Roma resulta tan atractivo: el filme se entrega terminado; gracias al prestigio del director y sus asociados, el producto se promociona por sí solo; y lo mismo debería suceder con las nominaciones y eventuales premios. En teoría.

La próxima campaña del Oscar será crucial al respecto. Ahí se verá si la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS), que en sus 90 años ha ido acomodando las continuas revoluciones del medio audiovisual con total normalidad, aceptará el modelo de negocios de Netflix como válido para competir por las estatuillas. El organismo ya ha demostrado que no tiene problemas con que las empresas de streaming vayan disputándoles poco a poco a los estudios su rol en la producción de películas; pero es muy probable que no le atraiga la idea de que los contendores de futuros Oscar lleguen a la pantalla chica en vez de la grande.

Es casi seguro que en su nueva configuración –con ocho mil miembros, un promedio de edad menor, y creciente paridad de género y etnia–, el AMPAS hará la vista gorda con Roma y Cuarón (es un producto demasiado prestigioso como para ignorarlo), pero si son varios los candidatos del streaming los que intentan meterse en la lucha, su actitud cambiará. Por lo pronto, Netflix ha insinuado que, al menos, se jugará por postular otros dos títulos: La leyenda de Buster Scruggs y The Other Side of the Wind (ver recuadro), y es muy posible que en entregas futuras, esa cantidad aumentará. Así las cosas, ¿la Academia se atreverá a sacrificar la experiencia cinematográfica en salas con tal de seguir premiando a los mejores candidatos?

Y la pregunta de fondo: ¿qué gracia tendrá para el espectador común y corriente que los filmes de Oscar se conviertan en una experiencia descargable en la televisión del living o de la pieza? Hasta mediados de esta década, ver una película nominada todavía le imponía al espectador la obligación de salir de su casa, comprar la entrada y sentarse en la oscuridad, rodeado de una multitud y frente a una gran pantalla. Ir al cine aún implicaba emprender una suerte de “viaje”. Toda una vivencia. Hacer que esta se limite a poner play y pausa con el control remoto, equivale a devaluarla, ¿no? 

 

CUATRO ASES (Y UNO MÁS)

Aparte de una buena cantidad de series y producciones propias, en lo que resta de la temporada el catálogo de Netflix tiene al menos cuatro ases en la mano (y por lo menos uno escondido en la manga.

El primero es Hold the Dark, el relato de un cazador furtivo (Jeffrey Wright) que en un crudísimo invierno es convocado para dar cuenta de una pandilla de lobos que raptó a un bebé. No se trata de un simple acto de venganza ni tampoco de una película cualquiera: está dirigida por Jeremy Saulnier, cineasta revelación que sorprendió con las violentas Blue Ruin (2013) y Green Room (2015), y que abandonó la tercera temporada de True Detective para poder concentrarse en terminar este tercer largo. Debuta en la plataforma el 28 de septiembre.  

En términos de cinefilia pura, solo queda un gran estreno en 2018, y es el de la nueva película de Orson Welles, The Other Side of the Wind. Digo nueva, porque Welles rodó este, su proyecto favorito, a principios de los años 70, pero una serie de infortunios le impidieron terminarlo. Poco antes de la muerte de Welles, en 1985, el cineasta Peter Bogdanovich le juró que, contra viento y marea, finalizaría la cinta que –irónicamente- es acerca de un director de cine que vuelve, después de mucho tiempo, a hacer una película. Se suponía que el estreno mundial sería en Cannes, pero Netflix la retiró a última hora, y ahora debutará a principios de septiembre en Venecia. El 2 de noviembre llega al streaming. 

Nadie se entusiasmó mucho cuando David Mackenzie –el director de la notable neowestern Hell or High Water– anunció que su próxima película sería acerca de Robert The Bruce, el legendario rey de Escocia. Pero el trailer Outlaw King se liberó hace unos pocos días, y ese primer vistazo, dramático y ultrarrealista, no se ve nada mal. (En Netflix, el 9 de noviembre).

Más allá de las polémicas y de todo lo que ha sufrido Alfonso Cuarón haciéndola –su equipo fue asaltado por una pandilla, al comienzo del rodaje–, lo más interesante de Roma, que toma su nombre de la Colonia Roma, uno de los barrios clásicos del DF, es su intento por atrapar al México de fines de los años 60: la era de la masacre de Tlatelolco, los años en que el PRI comenzó a tambalear y la idea de un cambio –uno que nunca llegó– se avizoraba como una posibilidad real. Si Cuarón se sale con la suya, podría ser una obra maestra. (En Netflix, 14 de diciembre)

El quinto largo, y la producción con que Netflix cerrará su 2018, originalmente no era tal: The Ballad of Buster Scruggs fue promocionada durante meses como la primera miniserie televisiva de los hermanos Coen, pero a última hora estos se arrepintieron y decidieron acortar tres horas y media de material a 132 minutos. Eso sí, la historia –ambientada en el viejo Oeste– mantendrá su estructura episódica y un reparto encabezado por Tim Blake Nelson, Liam Neeson, James Franco y el músico Tom Waits. Se estrena a fines de diciembre.