Por Christian Ramírez Considerando el pedigree de Jean-Luc Godard, resulta raro –por decir lo menos– ver una de sus películas en un cine de mall. Pero así están las cosas: su distribuidor francés, la compañía Wild Bunch, programó Adiós al lenguaje, el nuevo filme de esta leyenda viviente, el último miembro en activo de la […]

  • 27 junio, 2014

Por Christian Ramírez

Jean-Luc Godard

Considerando el pedigree de Jean-Luc Godard, resulta raro –por decir lo menos– ver una de sus películas en un cine de mall.

Pero así están las cosas: su distribuidor francés, la compañía Wild Bunch, programó Adiós al lenguaje, el nuevo filme de esta leyenda viviente, el último miembro en activo de la legendaria “nueva ola del cine francés”, en una pequeña salita del UGC Les Halles, un multicine ubicado en el nivel más bajo de un centro comercial subterráneo del corazón de París.

Depende como proceses la sensación, sientes que estás viendo la nueva película de Godard en una especie de refugio o en una suerte de caverna. Y las dos extrañamente hacen sentido. Sobre todo porque no es una película cualquiera: hace cosa de unos tres o cuatro años, JLG anunció que la rodaría en 3D y, conociendo al sujeto, nadie supo cómo tomar la declaración. Llegó en un momento en que varios maestros –Herzog, Wenders, Scorsese– estaban impulsando sus propios proyectos en tres dimensiones; pero Godard es Godard, un contrario por definición, por lo que también se sugirió que abordaba la aventura como un sarcástico comentario a la industria, obcecada con introducir la tecnología hasta por las narices del espectador, con tal de cobrar más dinero por la entrada.

Y viendo el resultado por fin, cerca de un mes después de su estreno en el pasado Festival de Cannes (donde Godard, el realizador más viejo de la competencia, compartió el Premio Especial del Jurado con Xavier Dolan, el director más joven), la verdad parece estar a mitad de camino: en la medida que comparte salas con otros “eventos” 3D como Al filo del mañana, la nueva de Tom Cruise, y Cómo entrenar a tu dragón 2, está claro que la sola existencia de Adiós al lenguaje en las salas comerciales es una suerte de desafío contra el sistema. Ni por asomo puede compararse con estos mega proyectos, pero este modestísimo filme –casi una apostilla filmada en digital– se está proyectando con la misma tecnología y la ves con los mismos lentes que te pasan para ver las otras. Gol para Godard.

La victoria eso sí, es pírrica. Su estreno en París pasó inadvertido, sin publicidad en los medios, escondido entre una montaña de partidos del mundial (fui a la hora en que debutaba la selección francesa, así que en mi función penaban las ánimas), lo que parecía acentuar la impresión de estar mirándola a escondidas, casi en secreto.

Lo que me devuelve a la sensación de la caverna, de estar mirando a un viejo maestro hacer pases mágicos o místicos frente al fuego, frente a la luz, frente a la pantalla. Porque obvio, sólo a Godard se le ocurriría imaginar la “tercera dimensión” como lo hace en Adieu au langage. Tenían razón los que aplaudían en mitad de la película, en su estreno en Cannes; los que quedaron con la boca abierta, los que por un momento sintieron que estaban mirando otra cosa, algo que no era sólo una película.

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En lo literal, el filme es una suma de secuencias dialogadas –con textos declamados en forma literaria– en torno a una pareja (Heloise Godet y Kamel Abdeli), inspirada muy libremente en la sociedad conyugal y artística que Godard y la cineasta Anne Marie Mieville han mantenido desde mediados de los años 70. Al medio, mudo testigo de los ires y venires de sus dueños, está Roxie, una perrita que circula libre entre la casa, la calle y el bosque, y pasa un rato hasta darnos cuenta de que es a través de ella que estamos viendo esta historia de amor y desamor, que de ella parece el ecuánime punto de vista del filme, a falta de un humano que quiera oficiar de narrador. Eso, probablemente, porque interesa menos lo que se dice –una variación de lo que lleva ocupando la cabeza de JLG desde hace años: el eclipse de Europa como utopía política y cultural– que lo que se muestra: una pantalla totalmente texturizada, que no está concebida en términos de volumen o de distancia, como ocurre con el 3D tradicional, sino en términos físicos y temporales. Unas manos que se posan sobre una reja, una hoja que emerge, delicada, en la superficie de una laguna (y que casi “se sale” de la pantalla), las ondas que arroja el transbordador llegando y luego alejándose de la orilla de un embarcadero en Rolle, la ciudad suiza donde Godard vive desde los años 80. Más que momentos filmados, se trata casi de intuiciones, ideas que al realizador le surgen mientras juega con la cámara hasta que da con usos más y más radicales: filmar desde un auto un mismo camino dos veces, desincronizando levemente ambas imágenes, y luego proyectarlas juntas. Un ojo va levemente retrasado, en el pasado, y sin embargo, tu cerebro dice que estás viendo lo mismo.

Y la que desató la emoción en Cannes (y esa tarde en Les Halles). La toma fija de un hombre y una mujer. Ella que se aleja fuera de cuadro y la cámara la sigue, pero sólo una cámara: la otra se queda con el hombre, y de golpe te das cuenta que aunque están separados por el espacio (uno con cada cámara) los sigues mirando, ambos superpuestos: viendo hacia adelante y hacia atrás, como el dios Jano de los romanos. Viendo el antes y el después. El plano y el contraplano. Viendo a dos, pero en realidad viendo a uno. O como dice Godard en su descripción del filme: “El otro es en el uno, el uno es en el otro, y juntos son tres”.

El truco es tan simple, pero a la vez tan bello y sentido, emocional y cinemático, en su voluntad de lanzarse hacia el mañana sin perder de vista el pasado; una dosis de humildad insuflada a una tecnología que de verdad parece estar necesitándola. La mirada inocente del animal, dice Godard en algún momento del filme, pero también la mirada del realizador, del humano que la concibió. •••