Convertido en un ídolo de la nueva generación de cantautores chilenos, Eduardo Gatti repasa su larga trayectoria, desde los días del hippismo a la Unidad Popular, el aprendizaje en Europa y lo difíciles años 80 en Chile. Un viaje por la música y los recuerdos.

  • 29 diciembre, 2011

Convertido en un ídolo de la nueva generación de cantautores chilenos, Eduardo Gatti repasa su larga trayectoria, desde los días del hippismo a la Unidad Popular, el aprendizaje en Europa y lo difíciles años 80 en Chile. Un viaje por la música y los recuerdos. Por Juan Venegas; FOTO, VERÓNICA ORTIZ.

En el verano de 1969, Los Blops desarrollaban la segunda versión de su fonda musical en el balneario de Isla Negra. Hasta el agreste escenario costero llegaba público desde todos los balnearios de la Quinta Región. Esa temporada, el grupo estrenaba su nuevo guitarrista. Un muchacho flaco, quitado de bulla, al que muchos consideraban una especie de Eric Clapton chileno.

Eduardo Gatti, proveniente del grupo The Apparitions y colaborador de los Vidrios Quebrados, se presentaba para quedarse en la banda de los hermanos Orrego que en los tres años siguientes produciría tres de los discos más importantes del rock chileno: Blops (1970), Del volar de las palomas (1971) y Locomotora (1973).

En esta entrevista, Gatti repasa su evolución: los inicios a la sombra de los grupos anglosajones, el descubrimiento de la Nueva Canción Chilena, su experiencia con Los Blops, los inconvenientes políticos y la madurez como compositor e intérprete. Una figura inevitable de la música chilena de los últimos cuarenta años y un referente esencial hasta nuestros días, en especial para la nueva generación de cantautores como Gepe, Chinoy, Manuel García, Nano Stern y Camila Moreno. 

1. Chicureo y otras hierbas
-¿Dicen que usted fue uno de los fundadores de Chicureo?
-Jajá… algo así. Con mi mujer compramos un sitio allí hace 24 años. Al principio el camino era de tierra y representaba una verdadera travesía llegar. Imagínate que lo habíamos pensado como un lugar para acampar. El perfil de la gente que llegó al comienzo era muy diferente a los que llegan ahora; eran personas que gustaban de la cosa campesina. A mí me encantó, porque yo me había criado en el campo, con mi abuelo, en Linderos.

-¿Cuál fue su primera influencia musical?
-Mi abuela. Ella había obtenido un tercer premio en el conservatorio de París. Lamentablemente cuando se casó tuvo que dejar el piano. Mi abuelo no distinguía entre un pavo y una soprano. Al parecer, a él le daba celos el teclado. Con ella sosteníamos largas conversaciones que eran verdaderas clases de apreciación musical. Tenía 9 años. Era un cabro chico encerrado en la pieza dirigiendo una orquesta imaginaria. Ella me enseñó a conocer la música. Todo eso se mezclaba con las cosas que tocaban en la radio como Ray Charles, Harry Belafonte y Elvis Presley.

-Extraña mezcla eso de música clásica y Elvis…
-A algunos les resultaba raro que yo escuchara música clásica, pero entre mis amigos había uno o dos con los que compartía ese mundo. Aunque en esa época igual había muchos niños que tenían aprecio por la música clásica.

-Su primer instrumento, ¿cuál fue?
-Un acordeón. No tengo idea de por qué mi vieja me lo regaló, pero lo encontré fascinante y estudié por dos años. Después me puse a estudiar piano, pero la profesora era inaguantable y me golpeaba las manos con una regla cuando me equivocaba. Así es que finalmente lo dejé.

-La guitarra, ¿cuándo aparece?
-Oh, la guitarra surge gracias a un compañero que estudiaba con Arturo González, uno de los buenos profesores chilenos de esos tiempos. Con González estuve cinco años y aprendí técnica, repertorio clásico y renacentista. Con la guitarra eléctrica tuve un aprendizaje más informal con Hector Sepúlveda, de Los Vidrios Quebrados: aprendí viéndolo tocar. 

-Aparte de lo clásico y los éxitos radiales, ¿qué otro músico lo marca?
-Con Héctor Sepúlveda nos conseguimos el disco Bluesbreakers with Eric Clapton. De hecho, éramos los únicos que teníamos un disco de Clapton en Chile. Cuando lo escuché me voló el cerebro y dije “este es mi instrumento”. Y como siempre lo he hecho, me apliqué mucho de verdad y logramos cosas realmente potentes, tanto con los Aparittions como con Los Blops.

-Era un rockstar local…
-Eramos unos mocosos de entre 16 y 18 años, tocábamos en las fiestas de fin año, y claro, eso te ponía en el lugar principal. ¡Y como teníamos las hormonas revueltas, era fantástico! Levantábamos mujeres como locos y creo que esa era una de las principales razones por las que tocábamos. Era 50% por la música y el otro 50% por las mujeres.

-De la escena local de esos años, ¿hubo alguna experiencia reveladora?
-Algo que me marcó muy fuerte fue cuando tenía 16 años y mis padres me invitaron a un lugar donde iba a haber música y comida, una “peña” me dijeron.  Fuimos a la Peña de los Parra en Carmen 340.  Era un lugar especial, te recibía la Marta Orrego, la mujer de Ángel Parra, y te traía una empanadita, vino tinto… Primero tocaron Ángel y la Isabel Parra, que me dejaron para adentro, porque yo pensaba que el folclor era la tonada, la cueca, y chao. Sus letras eran distintas y se acercaban al estilo de Bob Dylan, que yo escuchaba mucho en esa época. Cuando terminaron de cantar anunciaron a Violeta Parra. Fue la primera y la última vez que la vi. Y ahí me fui más pa’ adentro, ahi si que dije: ¡chuta madre! aquí hay algo, fue como una revelación. Y tuvo efecto cuatro años después cuando compuse Los momentos.

2. En barco a Europa
-El 70, antes de integrarte a Los Blops, partiste a Europa a ampliar tus horizontes. ¿Cómo resultó ese viaje?
-Viajar a Europa en esa época era carísimo y mis viejos me aconsejaron buscar una forma más económica de transporte. Entonces me conseguí una entrevista, a través de un amigo, con un gerente de la Sudamericana de Vapores, y él me hizo el enganche con un capitán inglés que tenía un barco fondeado en Valparaíso y que venía a cargar salitre en Tocopilla.

 -¿Cuánto duró esa travesía?
-El viaje duró un mes. Fue un viaje maravilloso, una de las experiencias mas lindas de mi vida. Había otro guitarrista en el barco, así es que formamos como un duo. En las tardes nos sentábamos en sillas de lona en la cubierta mirando las estrellas, tomando cerveza, guitarreando, una vida increíble y al final terminé como tripulante. Hablé con el capitán y le dije que no tenía ganas de irme mirando, que tenía ganas de trabajar. Y me dijo: ok, tenemos que llegar con el barco pintado a Panama, así es que hicimos un equipo de pintura. Nos fuimos pintando la cubierta, los mástiles, encaramados arriba, fue maravilloso.

-¿Y la música?
-Yo iba tratando de componer. Llevaba también un tocadiscos chiquito y en Panamá compré LPs de Jethro Tull, Leonard Cohen, Led Zeppelin y Procol Harum. En la noche lo sacaba a cubierta y escuchábamos música… Me costó mucho bajarme de ese barco. Una vez que llegamos a Europa, me ofrecieron ir a estudiar a Londres por tres meses a una escuela de marina mercante, todo pagado, porque nos hicimos muy amigos y tenía pasta para el mar. Ante esa propuesta, decidí quedarme un día más en el barco, pensando. Finalmente dije: no, yo vine a otra cosa, vine a la música y nos despedimos con lagrimones.

3. Los momentos
-¿Qué tal la escena musical europea?
-Pude asistir a muy buenos conciertos. Uno de esos recitales, en el que tocaron Procol Harum, Pink Floyd y Air Force, se realizó en un hangar del aeropuerto, en pleno invierno. Y yo el muy bruto fui abrigado sólo con un poncho de Temuco que tenía y dije con este, mato. El recital era con alojamiento. En el hangar había temperaturas bajo cero y pesqué una neumonía salvaje. Los europeos iban todos equipados, con sacos de dormir, parkas, y yo el chilenito con un poncho de lana.

-Con neumonía en París… no es un buen panorama.
-Para nada, estuve bien enfermo. Pero durante la convalecencia de repente ¡pum! salieron Los momentos. Cuando volví a Chile terminé la letra. Era una canción que estaba preparándola para Los Blops. Ellos tenían dos o tres canciones originales y eso me atrajo mucho. No tenía ganas de seguir jugando al Rolling Stone o al Jimmy Page, sino que quería ser yo. La letra de Los momentos fue una catarsis, la escribí en apenas quince minutos y sin correcciones. Fue un sentimiento generacional, un resumen de todo lo que había vivido desde los catorce hasta los veintiuno. Era mi propia versión de lo que estaba pasando

-¿Entró a última hora en el primer disco de Los Blops?
-Estábamos grabando y faltaba un tema. Me preguntaron qué pasa con esa canción que nos mostraste el otro día. Y ahí mismo la ensayamos y la grabamos. Agregamos un xilófono que lo toca Juan Pablo Orrego y a una chica que estaba sacando fotos, la Susana Sarué, le pregunté si cantaba, le pedí tararear y lo hizo muy bien, así que ella hizo la voz de fondo.

-Los momentos resultó no ser un éxito instantáneo…
-Fue súper extraño, porque cuando grabamos el long play la canción tuvo muy poca difusión en radio, porque nos encontraban hippies, extraños y no nos dieron bola. Recién el año 78, con RCA la regrabamos y ahí entró a la radio y pegó con tutti. Aún así, nadie sabía si era chilena, algunos decían que era uruguaya, otros que era de Víctor Jara, nadie tenía idea. Comenzó a tener difusión masiva, salimos en algunos programas de televisión, claro, con las dificultades del momento.

4. Los años duros
-¿Cómo fue el periodo 70-73 para Los Blops?
-Con Los Blops teníamos una visión clara de que lo que estaba pasando en Chile iba a terminar en algo dramático. Entonces no fue ninguna sorpresa cuando vino el golpe militar. La sorpresa fue la violencia que hubo en esos días. No pensamos que iba a ser tan fuerte. Nosotros no nos habíamos metido en política, aunque habíamos trabajado con Ángel Parra y Víctor Jara. Pero tanto con la izquierda como con la derecha siempre tuvimos problemas. Unos decían que éramos imperialistas porque tocábamos guitarras eléctricas y los otros que éramos unos hippies marihuaneros. Los Quilapayún nos decían que esa comunidad que teníamos  era una “enajenación”. Supe de la muerte de Víctor Jara al día siguiente que lo encontraron. Fue muy fuerte saber que empezaban a matar músicos. Imagínate que mis letras, que eran humanistas, afectivas, ya eran consideradas sospechosas.

-¿La comunidad donde vivían fue allanada?
-Estuvimos en situaciones peligrosas, pero se resolvían de una forma tan mágica, tan insólita. Sólo por el hecho de vivir en comunidad te trataban de maricones, nudistas, drogadictos, cualquier cosa. Igual no éramos el estereotipo hippie, porque teníamos una disciplina tremenda. Y en los encuentros que tuvimos con los militares, la verdad que quedaban descolocados: pensaban que se iban a encontrar con algo y se encontraban con una realidad totalmente distinta. Nos allanaron varias veces, era una especie de saqueo, nos robaban cosas, ropas, discos, etc… Igual uno quedaba shockeado y con más ganas de irse, porque en realidad qué lata vivir así.

-Al final te fuiste de Chile el 76.
-Me fui a Alemania porque era muy difícil trabajar como músico en Chile. Con toques de queda a las 6 de la tarde o a la hora que fuera. Fueron los años más duros de mi vida. Realmente pelé el ajo, fue complicado. Tuve que hacer clases de guitarra, arreglé enchufes, refrigeradores, fui gásfiter, electricista, vendí anteojos, encendedores, cualquier cosa. Trabajé en una pescadería, tuve que hacer múltiples oficios en esos años para poder para la olla. Era triste no poder hacer lo que uno quería.

-¿Cómo resultó la experiencia alemana?
-No me fui exiliado, ni nada. Y no contaba con grupos de apoyo. Allá simplemente me fui a trabajar con Tato Gómez y Mario Argandoña, que tenían un grupo. Y después, como músico de estudio, pero no fue fácil. Estaba casado, con mi hijo recién nacido y allá empezó a disolverse la relación. Aprendí mucho en lo profesional: la disciplina, los horarios, fue una buena escuela. Al final volví porque se desarmaba mi vida, mi matrimonio, mi mujer se regresaba con mi hijo y además embarazada de mi hija. Me di cuenta de que si me quedaba los iba a perder. Otra vez fue una vuelta jodida, porque a esas alturas ya no tenía ganas de vivir en Chile, tenía ganas de quedarme allá un tiempo más.

-Pero coincidió tu vuelta con el retorno de Juan Pablo Orrego para reformular a Los Blops
-Claro, con Juan Pablo y Felipe Lamarca rearmamos Los Blops. Y tuvimos harto apoyo, incluso de la televisión, éramos regalones de Sábado Gigante. En esa época hubo una invasión de la música norteamericana, de la onda disco, como para acallar a la nueva canción chilena, pero siguió existiendo un sector de la población que tenía ganas de escuchar música chilena y nosotros agarramos ese público, que era un segmento mas bien universitario que asistía a pequeños pubs y discoteques que se la jugaron por la música chilena.

-¿Cómo se las arreglaban con la censura?
-No nos pusimos mayor autocensura. En muchos lugares nos pedían canciones de la Violeta Parra. Y nosotros lo hicimos. Recuerda que hubo un bando que prohibía la quena y el charango, lo que te da una medida del nivel de paranoia que se vivía. Actuábamos en el Café Ulm en Alameda y después el mismo dueño abrió el Café del Cerro. Era como un underground, que servía de válvula de escape para los que queríamos hacer música. La verdad es que yo tomé el tiempo del gobierno militar como un aprendizaje. Había que sobrevivir y ver qué se podía hacer.

-Cuando aparecen Los Prisioneros, ellos atacan directamente a los trovadores del canto nuevo por la ineficacia de su “protesta”…
-Los Prisioneros se la llevaron mucho más fácil que nosotros. Cuando ellos aparecen, la cosa política estaba bastante más anestesiada. Obviamente el canto nuevo no tenía letras tan directas, tú decías cosas, pero de una manera metafórica. Si Jorge González hubiera hecho esas letras el año 78 te aseguro que Los Prisioneros nunca hubieran existido. Esa confrontación pasó principalmente por el chaqueteo nacional, donde hay que pisotear al otro para surgir uno. Yo lo he conversado con Jorge, y hoy se da cuenta de que a nosotros no nos quedaba otra. ¿Dónde estaban los Quilapayún o los Inti el año 78? ¿Que hacían Los Jaivas? Ninguno de nosotros se iba a inmolar. Todos teníamos responsabilidades, hijos, familias, había que sobrevivir.

5. Nuevos trovadores
-Hoy los cantautores están de vuelta y de moda, ¿qué te parece?
-Tenemos una generación joven que integra todas las disciplinas, desde la Nueva Ola, el Canto Nuevo, la Nueva Canción, Los Jaivas, Los Blops, Congreso… etc. Para ellos, todos formamos parte de una misma historia y eso es muy bueno. No podemos tener movimientos que se pisotean unos a otros. Todos vamos en el mismo carro, en el mismo tren. Y lo que pasa hoy es un signo de madurez. Ellos están en una búsqueda de la música chilena y es su turno.

-¿Qué hizo tan especiales a Los Blops?
-Creo que el coraje de creer en nosotros y salirnos de todo tipo de esquemas. Hacer algo que no sólo tuviera un sentido musical, sino que también fuera un aporte al espíritu humano. Buscábamos que esas canciones encontraran una resonancia en el alma de la gente. Nunca vimos al público como consumidores, sino como los receptores de una visión del mundo, de una cultura.