Aunque a algunos cantantes líricos les cueste reconocerlo, cuando un intérprete intenta abordar los repertorios más diversos corre un gran riesgo. ¿Tan difícil es asumir los propios límites?

  • 24 junio, 2009


Aunque a algunos cantantes líricos les cueste reconocerlo, cuando un intérprete intenta abordar los repertorios más diversos corre un gran riesgo. ¿Tan difícil es asumir los propios límites?

Aunque a algunos cantantes líricos les cueste reconocerlo, cuando un intérprete intenta abordar los repertorios más diversos corre un gran riesgo. ¿Tan difícil es asumir los propios límites? Por Joel Poblete.

Con el divertido pero a la vez certero apodo de “todo terreno” bautizó a principios de la década pasada una revista a la soprano que por ese entonces era considerada como una de las mayores estrellas del firmamento lírico: la estadounidense Cheryl Studer. Del MET de Nueva York a La Scala de Milán y el Covent Garden de Londres, se peleaban a la cantante capaz de alternar heroínas wagnerianas como Elsa y Elizabeth, o la Salomé de Strauss, con la Leonora de Beethoven, Aída de Verdi, Lucia di Lammermoor de Donizetti, Semiramide de Rossini ¡e incluso la Reina de la Noche en La flauta mágica de Mozart! Hoy, a sus 53 años, tras continuas cancelaciones de compromisos artísticos y problemas de salud que la alejaron tempranamente del primer plano, la Studer se mantiene dando recitales, aunque ya parecen muy lejanos esos días de gloria.

¿Le habrán pasado la cuenta las exigencias de un repertorio tan ecléctico? Quizás, como al parecer les sucedió también en su momento a Elena Souliotis y Katia Ricciarelli, por mencionar dos ejemplos que no se dieron cuenta de que las hazañas de la Callas no las hacía cualquiera. Y no sólo pasa entre las sopranos: también recordemos a tenores de bella voz que forzaron más de lo necesario sus recursos, como Francisco Araiza y Roberto Alagna, quienes siguen vigentes, pero ya han perdido buena parte de los atributos vocales que los hicieron famosos. Esperemos que no sea ese el caso del hoy muy cotizado Rolando Villazón, aquejado de un quiste que lo obligó a suspender sus contratos hasta el próximo año: tal vez, el precio de un agotador ritmo de trabajo.

A menudo sorprende lo difícil que puede ser para un cantante reconocer sus límites, y respetarlos. En el pasado los culpables no sólo eran sus enormes egos, sino además las presiones de los agentes y las millonarias ofertas de los grandes teatros, que no dudaban en proponerles roles que no les convenían, con tal de asegurar la taquilla y el impacto mediático. Pero en las últimas décadas la situación se ha hecho aún más crítica, al sumar el escaso tiempo de ensayos para preparar nuevos personajes, más el estrés de viajar de un lado a otro, alternando papeles muy disímiles entre sí, en pocos días y distintas latitudes. Las distancias se acortaron y ahora es fácil recorrer el mundo, pero a la vez eso hace más arduo mantener un repertorio acotado, manejado con los pies bien puestos en la tierra. Y sin embargo, es posible, y para demostrarlo siempre estará el recuerdo de ilustres del pasado como la gran Mirella Freni, hoy retirada, o los ya fallecidos Alfredo Kraus y Victoria de los Angeles. Por algo todos siguieron cantando hasta muy avanzada edad.

Y si hablamos de grandes intérpretes que se han “salido con la suya” cantando lo que han querido, sin duda el campeón indiscutible es Plácido Domingo. No sólo porque durante cinco décadas de carrera ha abordado la friolera de 130 roles de los más diversos estilos, sino porque además ha incursionado tanto en personajes de tenor como de barítono. Ya se sabe que se inició como cantante en esta última cuerda, y el color oscuro de su voz siempre pareció destinarlo a un eventual regreso a esos terrenos; pero la verdad es que, a pesar de eso, en sus papeles baritonales nunca deja de sonar como tenor. Aunque sus fanáticos no quieran reconocerlo, ni su Fígaro rossiniano dirigido por Abbado fue más que un capricho personal. Como si no le bastara con agregar a su lista en los últimos años el Tristán de Wagner y roles en óperas de Gluck y Händel, en esta temporada, cada vez más cerca de los 70 años, ha agregado un nuevo rol de barítono: Simón Boccanegra de Verdi, que paseará por Berlín, Milán, Londres y Nueva York. Muchos creen que este personaje, no sólo una de las figuras más complejas y memorables creadas por el compositor, sino además una de las más hermosas escritos para esa cuerda, podría ser el último de su carrera. Pero con Domingo nunca se sabe.