Cada año, cientos de músicos aspirantes llegan a la llamada Music City con la ilusión de convertirse en la próxima estrella del country. Y también, millones de turistas buscando el corazón de EEUU. Aquí no sólo están los mejores clubes del país, sino el lugar donde nace Jack Daniel’s y donde se aprecian los cruces que dieron origen a la nación norteamericana.

  • 12 abril, 2012

Cada año, cientos de músicos aspirantes llegan a la llamada Music City con la ilusión de convertirse en la próxima estrella del country. Y también, millones de turistas buscando el corazón de EEUU. Aquí no sólo están los mejores clubes del país, sino el lugar donde nace Jack Daniel’s y donde se aprecian los cruces que dieron origen a la nación norteamericana. Por Juan Venegas

En 2004, David Tanner vendió su casa y su oficina y decidió abandonar su profesión de abogado criminalista en Indiana para iniciar una incierta carrera musical en Nashville. Tanner, un versado músico, capaz de ejecutar contrabajo, batería, guitarra y banjo, es también un sólido vocalista y compositor. Junto a su banda The Honky Tonk-O-Rama, es uno de los números estables en el Robert’s Western World, uno de los más tradicionales clubes de la parte baja de la avenida Broadway, donde se concentra gran parte de la vida nocturna de Nashville.

 “Cuando era sólo un niño, mis ídolos siempre fueron leyendas como Hank Williams, Carl Smith y Faron Young. Desde entonces tuve el sueño de venir a Nasville y hacer mi vida acá”, me cuenta David, en un intermedio de su actuación. Como él, son muchos los músicos que, desde distintos puntos de EEUU, llegan a Nashville cada año con su guitarra al hombro, con la quimera de ser descubiertos por algún ejecutivo de sello y convertirse en el próximo Garth Brooks.

En el último tiempo, artistas consagrados como Jack White (ex líder de White Stripes), The Black Keys, King of Leon, Sheryl Crow y Robert Plant  también han decidido convertir a Nashville en su centro de operaciones. Para el propio Jack White, dueño de la llamativa tienda-oficina-estudio-club Third Man Records, donde se prensan exclusivos vinilos, Nashville representa el balance perfecto entre la vida pueblerina y la intensidad de las grandes metrópolis como Nueva York y Los Angeles. Es una ciudad a medio camino de Atlanta y Chicago, dos grandes zonas de influencia en la formación del género country.

Recientemente la revista Rolling Stone declaró a Nashville la ciudad con la mejor escena musical de los Estados Unidos, superando a Austin, Nueva York y Los Angeles. Sus lugareños se apuran en decir  que Music city es más que grandes sombreros vaqueros y guitarras de cuerdas metálicas. Que existe una bullente escena de rock independiente, gospel e incluso de hip hop acústico en los innumerables locales de la ciudad. Y no deja de ser verdad, porque al recorrer las calles del downtown uno encuentra una enorme variedad de espectáculos, desde bandas tocando covers de The Zombies, Hank Williams, Patsy Cline o The Eagles hasta los esfuerzos de nuevos artistas que ponen a prueba composiciones propias en legendarios lugares como el Blue Bird Cafe.

Corre el rumor de que las bandas garage y sicodélicas del este de Nashville se han convertido en uno de los sonidos más ambiciosos de Norteamérica. Allí destacan grupos como Pujol, Natural Child, Heavy Cream y Be Your Own Pet, que surgen en los circuitos universitarios  y que han sido apoyados fielmente por Jack White y su tienda-club Third Man Records.

Los números tampoco mienten. Actualmente en Nashville funcionan 180 estudios de grabación, 130 editoriales de música, 100 clubes de música en vivo y cerca de 80 sellos discográficos. Por ello se ha ganado el apelativo del Silicon Valley del negocio musical. Según un censo de 2004, Nashville tiene una concentración de músicos cuatros veces superior al promedio norteamericano.  

Una ciudad confederada
Rodeada por el río Cumberland, la localidad mantiene con orgullo gran parte de los edificios de principios del siglo XX. También es notoria su conexión con los diferentes conflictos bélicos en los que ha participado Estados Unidos. Hay solemnes museos y sitios históricos que recuerdan desde la guerra civil hasta las de Corea y Vietnam. De hecho, en 1862 fue la primera capital confederada en caer bajo el dominio de las tropas de la Unión. Para los norteños, la batalla de Nashville fue una de las victorias decisivas de la contienda.

Desde los años 70 y en especial durante el boom económico de los 90, la ciudad ha experimentado un explosivo crecimiento, que ha servido para renovar varios de los lugares más emblemáticos como el Salón de la Fama y Museo de la Música Country, la imponente Librería Estatal, el Teatro Belcourt y el famoso Auditorio Ryman: la iglesia madre de la música country, donde cada semana se transmite un programa de radio con presentaciones en vivo de grandes estrellas.

En Nashville se mezclan las diferentes raíces de la cultura que dio lugar a EEUU. Su clima, caluroso y húmedo durante la temporada estival, se torna más indulgente para los visitantes en los meses de invierno. El centro cívico acapara gran parte de las atracciones, con restaurantes como el Big River, que ofrece típicos menús sureños, el 12 South Tap-room, especial para tomar un trago a media tarde, y toda suerte de clubes nocturnos. Los locales de música en vivo se concentran en la intersección de la calle Broadway con la Segunda Avenida y en el llamado Printer Alley, un sector también conocido como El Distrito.

Mitch, un joven nacido en North Carolina que se dedica a la venta de artículos de cocina, me dice que Nashville también es famosa por ser el lugar donde se imprime la mayor cantidad de biblias y por eso el nombre del Printer Alley, un callejón iluminado con luces de neón, donde hoy no se imprimen tantos textos religiosos, pero si se baila al acompasado ritmo del honky tonk y el blues.

Sábado en la noche
Es fin de semana y la ciudad se ve invadida por estudiantes universitarios que asisten a los playofffs de la competencia de básquetbol universitario (NCAA). La Segunda Avenida muestra sus árboles iluminados como en época navideña y por las calles circulan cientos de muchachos y muchachas en busca de diversión. Como siempre, los turistas japoneses se retratan en cada rincón con sus múltiples cámaras fotográficas. Un joven trío de rock alternativo se instala en plena calle con un par de potentes amplificadores y toca canciones de Arcade Fire, Television y Talking Heads. La ciudad es una fiesta y sirve para mezclar a los nashvillians con la inmensa pluralidad de turistas, que incluye desde parejas de la tercera edad, motociclistas a lo Easy rider, chicos con exceso de anabólicos y todo tipo de alocados visitantes.

Me recomiendan entrar al Coyote Ugly, una cadena de bares que sirvió de inspiración para la película protagonizada por Tom Cruise. En la entrada se jactan de ser el bar más feo y disparatado de Estados Unidos, pero la verdad que he visto peores en los cerros de Valparaíso. Al interior, tres chicas bartenders animan a las mujeres del público para subir a la barra y bailar al ritmo de una rockola, que toca desde Led Zeppelin a Bruce Springsteen. Para que se animen a bailar o a realizar actos osados como mojar sus camisetas, los hombres deben comprar body shots o tragos cortos que podrán ser bebidos sobre el vientre de las jóvenes, que muchas veces no lo son ni tanto (muchas de ellas estás en sus 50). El bar es un fiasco, y más bien parece una promoción del dvd Girls gone wild. Un sitio soporífero, que al cabo de media hora me hace pedir a gritos que me saquen de allí.

Es mejor tomar rumbo a la famosa calle Broadway. En una vereda un viejo homeless sin dentadura toca un aporreado banjo que apenas se logra escuchar. Unos metros más adelante, dos muchachitas quinceañeras, a quienes he visto durante la tarde, entonan a capella unas tonadas country de Loretta Lynn, mientras uno de sus amigos vende por un dólar limonada fresca. La gente se agolpa en las veredas, y hacia las 11 de la noche pocos pasarían el test de alcoholemia. Pero no hay peleas ni discusiones. Los habitantes de Nashville, como buen pueblo sureño, llevan la hospitalidad en los genes, y a pesar del consumo de licor, todos se detienen en las luces rojas, y las sonrisas y saludos están a la orden de la noche. Los locales son gente cariñosa, que sabe atender como nadie a sus visitantes. Los innumerables clubes con música en vivo están abiertos sin cobro de entrada y cada cual puede elegir el tipo de música que desea escuchar bebiendo un Jack Daniel’s and Coke, la bebida oficial de Tennesse junto con las populares cervezas norteamericanas.

En la esquina de Broadway con la primera avenida se encuentran tres de los mejores clubes-bar de la zona del Distrito. El Tootsie’s Orchid Lounge, el Legends Corner y el Robert’s Western World con su colección de botas vaqueras y un Wall of fame donde encuentras los autógrafos de las estrellas locales e internacionales que han tocado en su escenario. Las noches de fin de semana casi todos los sitios están repletos, y uno debe hacerse camino para ingresar. En cada una de estas venues los grupos actúan por cuatro horas, en las que aceptan peticiones del público y tocan las canciones más populares del género. En Robert’s, Mike y Clarise, una pareja cerca de los setenta años, que viajó desde Ohio, le pide a Eileen Rose and The Silver Threads un tema de Brenda Lee, con el que se enamoraron siendo adolescentes. Colocan veinte dólares en el balde de las propinas y bailan en medio de la pista bajo los aullidos y aplausos de los clientes. Luego el grupo interpreta Honky tonk blues, de Hank Williams, y todos, en los más inquietantes estilos, nos comenzamos a mover al ritmo sureño.

Es admirable ver a estas bandas tocar cada noche sólo por las propinas del público. Muchos de ellos ejercen trabajos full time durante el día. Además de los clubes de la calle Broadway existen otros recintos como The 5 Spot, donde se presentan los nuevos grupos, y el Blue Bird Cafe, desde el que ha surgido un buen número de estrellas.

A las dos de la mañana, los locales comienzan a cerrar sus puertas. Queda abierto uno que otro lugar de comida, donde es necesario hacer una larga fila para conseguir un slice de pizza y una Coca-Cola. Ya no se puede vender alcohol. Son las leyes del Estado y se acata con rigurosidad.

Tras la hora de cierre, los visitantes bohemios salen de los locales y marchan alegres por Broadway gracias a los efectos de una agitada noche de copas y country music. Nadie reclama, y los grupos de amigos realizan su último recorrido por el sector antes de regresar a sus residencias. Una pareja de nashvillians me pregunta de dónde vengo y les digo que de Chile;  ellos son empleados de Bridgestone, y para mi sorpresa me cuentan que la semana pasada estuvieron en Santiago. Conversamos de política, me dicen que están defraudados del gobierno de Obama y que esta vez votarán por el derechista Ron Paul. Les expreso mis profundas dudas al respecto, pero me aseguran que el viejo Ron Paul va a cambiar a Estados Unidos y al mundo entero y me colocan una chapita de su candidato en mi chaqueta. Y así volví al hotel donde me hospedaba, con el Honky tonk de Hank Williams todavía zumbando en mis oídos y haciendo sin querer publicidad a un eterno candidato republicano.