El tercer disco de este interesante cantautor nacional es uno de los discos más maduros y de mejor factura de la temporada. Un signo del gran año de la escena local y de proyectos emergentes que comienzan a establecerse como ofertas de primer nivel.

  • 2 noviembre, 2007


El tercer disco de este interesante cantautor nacional es uno de los discos más maduros y de mejor factura de la temporada. Un signo del gran año de la escena local y de proyectos emergentes que comienzan a establecerse como ofertas de primer nivel.

El tercer disco de este interesante cantautor nacional es uno de los discos más maduros y de mejor factura de la temporada. Un signo del gran año de la escena local y de proyectos emergentes que comienzan a establecerse como ofertas de primer nivel. Por Andrés Valdivia.

Leo Quinteros hoy es un viejo zorro de la escena independiente local. No porque sea veterano ni porque lleve una eternidad tocando, sino porque es en ella donde ha cultivado un grupo leal de seguidores a pulso y una carrera bastante atípica, pero fecunda, con tres interesantes discos a su haber, cada uno un paso potente en su carrera como compositor. Cultivando cuidadosamente sus influencias –que van desde la tradición anglo del cantautor hasta lo mejor del rock argentino– este abogado devenido en rockero comenzó escribiendo canciones desde la moral “hágalo usted mismo”, presentándolas en vivo con guitarra, voz y efectos y, a poco andar, decidió incluir sonoridades más propias de lo que entendemos comúnmente por una banda de rock, para hoy desplegar un sonido que mezcla con precisión y personalidad propia todo su pasado auditivo.

Los accidentes del futuro es su nuevo trabajo y quizás lo primero que sorprende en éste es su portentosa carga musical y el cariño puesto en cada melodía. Punto a parte es el trabajo de producción, repleto de armonías bien construidas, arreglos ingeniosos, pero por sobre todo, espacio para que las melodías canten y una lírica bastante más punk que la del promedio de sus compañeros de gremio. Quinteros escribe sus canciones con una madurez que se ve poco en la escena, sin jamás dejarse atrapar por la gravedad, dándole espacio al sentido del humor y la reflexión más confesional.

Si bien nunca ha sido ni será un gran cantante, su trabajo corre por la vereda de la tradición fundada por Dylan: músicos que entienden su trabajo como un espacio de exploración de ideas –musicales e intelectuales– más que como un ejercicio de diseño de productos. Con este disco Quinteros deja la puerta abierta para transformarse en uno de los grandes de su generación.