A 40 años de la muerte de Jim Morrison, la reedición del disco L.A. Woman, que incluye una canción inédita y versiones alternativas, ofrece una oportunidad para revisar la trayectoria y el legado de The Doors, un grupo a menudo malinterpretado.

  • 26 enero, 2012

A 40 años de la muerte de Jim Morrison, la reedición del disco L.A. Woman, que incluye una canción inédita y versiones alternativas, ofrece una oportunidad para revisar la trayectoria y el legado de The Doors, un grupo a menudo malinterpretado. Por Juan Venegas

Desde la irrupción de Elvis Presley, la sexualidad se convirtió en uno de los elementos más polémicos y a la vez explotados por la industria de la música. Es mítica la aparición del rey del rock en el familiar show de Ed Sullivan de 1956, cuando se evitó enfocar al oriundo de Memphis de la cintura para abajo, porque sus movimientos eran considerados demasiado audaces para la población norteamericana de los años 50. La presentación de Elvis abría en cierta forma el camino hacia un nuevo tipo de sociedad, anhelante de cambios y liberación.

Una década más tarde, en pleno “verano del amor”, surge una nueva estrella, con la misma sensualidad de Elvis, pero con rasgos mucho más oscuros y una personalidad turbia y enigmática. Un cantante intelectual, sumergido en los universos de Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Antonin Artaud y William Blake.

Jim Morrison, líder de la banda The Doors, con sus pantalones de cuero, melena soberbia y un rostro de pérfido atractivo, se convirtió rápidamente en la vedette de la escena norteamericana, provocando un efecto bastante más perturbador que el generado hasta ese momento por grupos como The Beatles e incluso The Rolling Stones, que también difundían un perfil desenfadado.

Morrison supo aprovechar el escenario para encarnar con pericia al enfant terrible, al sujeto atrevido y al poeta maldito. Jugó con el aura misteriosa de su personaje; en ocasiones podía ser un ángel iluminado y en otras un místico condenado. Así, a poco andar, The Doors y su cantante terminarían por transformarse en enemigos de la versión idílica de la cultura hippie, creando de paso, un nuevo tipo de rock; escéptico, presuntuoso, egocéntrico y melodramático.

L.A. Woman (1971)
La reedición de este disco, el más fuertemente blues del grupo y una de sus obras más aclamadas, incluye los 10 temas del álbum original y un segundo CD con versiones alternativas. El gancho es una canción inédita, She smells so nice, un potente y alcoholizado R&B stoniano en el que la batería marca el ritmo rápido, la guitarra y el teclado improvisan en clave jazz, mientras la voz distorsionada de Morrison parece venir de un bar de mala muerte. Por sobre eso, L.A. Woman se compone de algunos de los mejores hits de la banda como el tema homónimo, Riders on the storm y Love her madly, junto a joyas poca difundidas como Hyacinth house, en el que Morrison semeja un Sinatra perverso.

El juego teatral de Morrison, sus escándalos, delirios y adicciones, acabarían por relegar a un segundo plano la valiosa producción musical de The Doors. Con los años el grupo sería víctima de un malentendido, encarnando la caricatura del hipismo al que se habían enfrentado: Oliver Stone, con su anodina película The Doors (1991), sería el encargado de darle el tiro de gracia a la ya distorsionada imagen de la banda.

Ahora que se reedita el LP L.A. Woman –el último que Morrison alcanzó a grabar antes de morir en 1971–, resulta saludable volver a visitar la discografía de The Doors. Un grupo sin bajista, que supo construir un sonido único, que mezcló el severo blues de Chicago con el ambiente liberador de la costa oeste norteamericana.

Si la voz y las letras de Morrison son una parte esencial del conjunto, la clave del sonido recae en el genio de Ray Manzarek. Un tecladista desgarbado y cegatón, que como nadie maneja los tiempos y crea las inquietantes atmósferas que son la marca registrada del grupo. Gracias al virtuosismo de Manzarek, las palabras de Morrison aterrizan sosegadamente en un universo sonoro rico en texturas y paisajes.

Su legado es enorme. Bauhaus, la música gótica de los 80, Echo and The Bunnymen con su versión de People are strange y los teclados de Inspiral carpet son algunos de los ecos de la tentadora música de The Doors. Placer culpable para algunos, el cuarteto original fue mucho más que el eros unido al rock and roll: se trata del comienzo de la intriga y la desfloración de una música popular en plena adolescencia.