Por: Marcelo Soto Fotos: Verónica Ortíz Jorge Baradit es un caso único en la literatura chilena reciente. Lo que autores conocidos logran vender en una vida –o en una década, si es un best seller–, él lo ha logrado en un par de años. Su Historia secreta de Chile, cuyo primer volumen apareció en 2015, […]

  • 22 junio, 2017

Por: Marcelo Soto
Fotos: Verónica Ortíz

Jorge Baradit es un caso único en la literatura chilena reciente. Lo que autores conocidos logran vender en una vida –o en una década, si es un best seller–, él lo ha logrado en un par de años. Su Historia secreta de Chile, cuyo primer volumen apareció en 2015, se convirtió en fenómeno desde el primer día: sus editores pensaban que no vendería más de tres mil ejemplares, pero a la semana debieron doblar el tiraje. Y así una y otra vez.

Con un segundo tomo publicado en 2016, tan exitoso como el primero, otro que cerrará la trilogía en agosto –y un proyecto de lanzar un volumen similar pero de alcance continental el próximo año–, Baradit es el autor del momento. Su programa de TV, Chile secreto (que se transmite en Chilevisión y ya confirmó una segunda temporada), ha batido récords de audiencia. Sacando a relucir historias bizarras o poco conocidas, este escritor por casualidad, nacido en Valparaíso, ex músico de una banda punk y diseñador de larga trayectoria, ha despertado el interés de los lectores por revisar el pasado.

Pero no sólo eso. Su primera novela, Ygdrasil (2005), una mezcla imposible de ciencia ficción, mitología mapuche y tradición fantástica, de alguna manera abrió una llave que diversificó y amplió los mundos de la narrativa chilena. En Twitter marcó un hito cuando narró, como si fuera en tiempo real, lo que sucedió el 11 de septiembre de 1973, al cumplirse 30 años del golpe. Causó tal impacto que lo entrevistaron en medios de Argentina, España y México.

Pese a la batahola que ha generado, el personaje Baradit es poco conocido. Suele ser agudo y polémico en redes sociales, pero en persona está lejos de eso: sencillo, amistoso, emotivo. Nos juntamos un miércoles de frío antártico en el Barrio Italia, donde ha pasado buena parte de su vida profesional. Acá trabaja, en la misma empresa desde hace más de dos décadas. Vive en Ñuñoa con su mujer, con la que comparten 12 años juntos, y un hijo de 10 llamado Gabriel.

Se podría decir que lleva una vida corriente –“somos una familia chilena bien constituida y feliz”, bromea–, pero como todas las vidas corrientes la suya tiene una singularidad única, extraña a su manera. Ésta es su historia, en sus propias palabras.

“Yo soy hijo de dos familias, una de clase media baja y otra pobre, en el Cerro Florida y en el Bellavista, en Valparaíso. Mi mamá era dueña de casa y mi papá trabajaba en una tienda de electrodomésticos, que ya no existe: se murieron todos esos comercios cuando llegaron Ripley, Falabella. Me crié en una casa chiquitita con poca plata. Después vivimos de allegados con mi abuela, porque mi papá se tuvo que ir del país. Con la crisis del 82 se fue al demonio la economía, mi familia había adquirido unas deudas y mi papá se fue a Italia, porque acá no había pega, a trabajar a una hacienda de ilegal, y mandaba plata.

Mis bisabuelos llegaron a Valparaíso de Sicilia, a principios de siglo, mi abuela se llamaba Italia Squadrito, ella tenía maquinitas para preparar fideos, raviolis, hacía la masa de las pizzas, y yo nunca las comí, porque les tenía fobia a las masas. No se enojaba, porque yo era el regalón y me preparaba puré con huevo, mientras el resto se zampaba unos tortellini. Hoy me cortaría las venas por probarlos. Baradit es de origen árabe: imagina una mesa con esas dos sangres, todos los domingos juntos en la casa de mi abuelo. Y tú salías al patio a mirar el mar, la escuadra de la Armada, y eran gritos, risas, toda la tarde. Y después la siesta”.

“Estudié en la Escuela III, República de Alemania, en la avenida Argentina. Era una especie de campo de concentración para cabros pobres, 45 alumnos en una sala, en una época donde los profesores todavía te podían pegar cachetadas, y era todo muy brusco, y donde además te tenías que formar todos los días. Al principio cantabas el himno nacional, entrabas marchando a la sala, había todo un rito muy milico para la época, muy germánico.

En la escuela tuve a Margarita Silva, una profe de las antiguas, que te marcan. Lo que importa no es que te enseñen a sumar, sino ciertos valores o conductas, como leer tranquilo, sin levantar la vista. Eso es educar realmente. El resto se aprende y va rápido. La Margarita sabía armonizar el cariño, el amor por sus alumnos con la disciplina súper rígida, esa mezcla que hoy día uno echa de menos en la educación, la educación de la disciplina. Sigo en contacto con ella hasta el día de hoy y me sigue tratando de niño, aunque tenga 48”.

“Luego quedé seleccionado en el colegio Rubén Castro, una especie de Instituto Nacional, donde se mezclaban niños pobres y ricos para recibir una educación experimental proporcionada por la UCV. Yo era un ratón de biblioteca despreciable. El más chico de mi curso, porque entré muy temprano: mi mamá no podía cuidarme porque tenía que trabajar. A los 12 años estaba en octavo, salí con 16 a la universidad.

Era como un monaguillo, muy católico, obediente, disciplinado, más bien solo y volcado a los libros. Me hacían mucho bullying: me daban golpes, me amarraban, empujones, cachetadas y tratos despectivos, porque era callado, mateo. Y los profes cometían el error de sacarte adelante y ponerte de ejemplo. Generabas mala onda.

Rafael Gumucio dijo que un colegio sin bullying es un fracaso escolar. Es como decir que todas las generaciones deberían pasar por una guerra para endurecerse. Me parece exagerado. Yo hubiera preferido no haber tenido bullying”.

“Toda mi vida ha sido la de un extranjero. Estoy en un lugar, pero siento que soy de otra parte. Mis lecturas fueron promiscuas, porque no venía de una casa con un fondo cultural importante. Había tres libros en mi casa: un almanaque del año 68, una biblia y una novela policial chilena (Qué sombra más larga tiene este gato, de René Vergara). Y no había más. Pero pasó una anécdota: mi papá era chófer, en los 70, del vicerrector de la UCV. Había un galpón que funcionaba como estacionamiento y donde también se guardaban los saldos de la Editorial Universitaria. Como yo leía mucho, mi papá de repente tomaba un libro cualquiera y me lo llevaba. Así leí, a los siete años, La caída del Imperio Romano, de Héctor Herrera Cajas; A horcajadas en la luz, de Arturo Aldunate Phillips, que era como el Carl Sagan chileno, antes de Carl Sagan; libros como Don Juan Tenorio, o el Altazor de Huidobro. Un día, mi papá me llevó un libro que decía en la contratapa algo sobre Edad Media y pensó que era sobre historia, pero eran trozos del Decameron, que en el fondo es pornografía medieval. ¡A los ocho años leyendo eso!

Tenía una mezcla de alta y baja cultura, muy demente. Sumado a una especie de interés muy particular por la religión. En algún momento, como a los 10 años, quise ser cura. Leía lo que fuera, poesía de Mallarmé, vanguardias del siglo XX, relatos de testigos de Jehová y todo esto mezclado con ciencia y tecnología, mitología griega, una ensalada que en el fondo te va construyendo un caos interior del que puede salir cualquier cosa. Y mucha historia también”.

“En general, no salíamos a ningún lado. El fin de semana mi mamá me pasaba 50 pesos, que te servían justo para bajar al plan y luego subir. Pasaba a buscar al Roberto Andrade al Cerro Alegre, después bajábamos a buscar al Pato Caracol a Cumming, después cruzábamos para ir a buscar a Av. Francia a El Topo, y cruzábamos Valparaíso hasta Barón para ir a buscar al Flaco Eric, y así se nos hacía tarde. Y ya casi había que irse. En el fondo nos hacíamos los lesos, porque no teníamos plata para ir a ningún lado. A veces el gran festín era comer un completo y la oferta con Coca-Cola. El resto era conversar caminando por Valparaíso, que era muy frío, áspero, no había nada de este simulacro que hay hoy día. Y se trataba de hablar de lo que fuera, de Lovecraft, de monstruos, de platillos voladores, de alienígenas ancestrales, de política, de mujeres, de Star Wars.

Íbamos al cine Imperio a ver rotativos, dos o tres películas seguidas: Indiana Jones, Tiburón, Alien. Porque eso es algo que tuvo nuestra generación: entre el 77 y el 85, prácticamente viste todas las cintas originales que se repiten como franquicias hasta el día de hoy. Ese gran momento del cine te lo viste entero en pantalla grande.

Soy de los que fui a ver a Los Prisioneros en un recital en Reñaca, en un sucucho cuando no habían sacado Muevan las industrias. Y ensayaron el tema El baile de los que sobran y no los pescó nadie. También fui al mítico recital de Sumo en la Quinta Vergara el 21 de febrero de 1987. Ese día se formaron muchas bandas entre los que estaban en el público. Luca Prodán entró absolutamente en Saturno al escenario, y dejó la escoba. Después me lo encontré en la calle Valparaíso. Estaba con Roberto Pettinato, comiendo hamburguesa con cerveza, y me senté al lado, y conversamos un rato, tiramos la talla. Al final le pedí a Luca que me firmara un autógrafo en un papel y todavía lo tengo: “Saludos de Luca Prodán”. Es uno de mis tesoros”.

“Mi quiebre fue paulatino, durante la adolescencia. A los doce años, se te empieza a remover algo dentro, y a los 13 realmente naces y uno en cierta forma sale del útero materno, y ahí cachas dónde estás parado. Me tocó salir al Chile de 1983. El año donde comienzan las grandes movilizaciones. Yo tenía un sentido épico, entonces sentía que tenía que sumarme a esta lucha, era como unirse a los Rebeldes contra Darth Vader.
Mi papá era allendista, pero no era gente con cultura política. El recuerdo que tengo del golpe es mi papá abrazado a mi mamá, y por primera vez lo vi llorando: mataron al Chicho.

Después de que se fue a Italia él nunca volvió, armó su familia allá. Aparte de mi hermana mayor en Chile, tengo un hermano en Italia, el Diego. Acá mi mamá luego de un buen rato se casó con Roberto: nosotros lo adoptamos a él. Y fue una estafa, porque resultó más maternal que mi mamá; es un gallo buenísimo, una de las mejores personas que conozco. Le digo papá adoptivo, porque no desconozco a mi papá; es para especificar, en realidad él es mi papá, pero este otro también”.

“¿Cómo me convertí en un punk rocker? Hormonas. Y me chocaba también el estereotipo del tipo vestido de lana chilota, que tenía que escuchar a Silvio Rodríguez y leer a Benedetti. Hasta el día de hoy, Benedetti me parece insufrible. La hediondez a pergamino de feria artesanal, no la soporto. A mí me gustaban The Clash, Dead Kennedys, era el alienado pro yanqui, como dice Redolés. Tenía en el bolsillo de atrás un libro de Rimbaud, andaba con un disco de Pink Floyd, una chaqueta con un parche de Clash, y no calzaba.

Me iba mal con las mujeres porque usaba lentes, y en esa época era anatema. Un día me lo dijeron en mi cara: jamás andaría con un tipo con anteojos, y era la tipa que me gustaba. Fue descorazonador; lo que pasa entre los 13 y los 15 son como mil años. A los 16, me pusieron lentes de contacto ¡y el mundo cambió! Tenía el pelo largo, ya no usaba anteojos y era frontman de una banda, entonces comenzó mi venganza contra las mujeres. Y eso duró sus buenos años.

Imagino la vorágine en la que se vio metida mi mamá, que es muy tranquila, y de repente tenía una banda tocando en la pieza de mi casa. Me hice de todo: mohicano, el pelo rapado en los costados y dreadlocks arriba, estuve rapado completamente, usé aros, piercings, la cara pintada, me paraban y me pedían documentos, me pegaron patadas por andar vestido así. Eran otros tiempos, hoy día son bastante más aceptadas las pintas raras.

Nuestra banda se llamaba Trato Bestial y una vez tocamos en Villa Alemana, en el primer recital de La Floripondio, el grupo del Macha. En esa época los carabineros tenían la manga bastante más ancha, una vez estábamos tocando y lanzaron una bomba lacrimógena adentro, en un gimnasio. También llegaban skinheads con bototos con clavos, con bates de béisbol y se peleaban con los punks. Tratábamos de tocar primero, porque el quinto o sexto grupo llegaba la policía o se armaba una mocha. Había que salir huyendo con tus instrumentos. Volaban botellas, se tiraba gente al escenario, teníamos que esquivarlos”.

“Después de estudiar Diseño, primero en la UCV (donde estuve un año, pero me abrió la mente) y luego en la Universidad Viña del Mar, agarré una carpeta y me vine a Santiago como una Carmela. Y te juro que todavía cuando paso por Providencia con Eliodoro Yáñez, me veo parado en la esquina, con una chaqueta gruesa porque en Valparaíso hacía frío y en Santiago un calor atroz; transpirando, con una carpeta en la mano, y no teniendo idea dónde estaba, angustiado y con ganas de llorar. En el fondo era un cabro chico, que estaba buscando pega, no conocía a nadie. Me dieron un dato para hacer la práctica y cuando llegué me dijeron: ‘No hay cupo’.

Me acordé de un compañero de la U que lo habían contratado en un taller. Y lo contacté ese mismo día y me dijo: ven para acá a ver qué onda. Insistí pero no estaba la persona encargada, después la secretaria me dijo: no hable con ese tipo, hable con el jefe. Ella lo llamó y le dije: ‘Necesito dos minutos, tú me dices cuándo’. Finalmente, nos juntamos el lunes siguiente a las 2 y ese día me dijo que bueno. Empecé a hacer la práctica en diseño de envases, después pasé a diseño industrial, y ahí establecimos con Arturo Murúa, mi jefe y el dueño de la empresa (junto a Sergio Valderrama), una relación de amistad. Desde esa época que trabajo con él, es una figura paterna y le debo mucho. Imagina que estoy trabajando con él 22 años, en Chile es muy raro eso”.

“Hubo un período terrible, porque tenía mi horario laboral, intenso y completo, y ahí llegaba a la casa a ser el señor escritor. Trabajaba acá en la agencia en calle Condell, y el hijo de uno de los socios, Cristóbal Valderrama, es cineasta; estaba haciendo Malta con huevo y su guionista, Carlos Labbé, que era escritor, de repente me dice: ‘Yo he conversado contigo y tienes unas ideas muy raras, por qué no me inventas una rareza para uno de los protagonistas’. Y yo escribí una tontera. Y le dije: ‘Sabes que tengo unas dudas gramaticales, el uso del punto y coma’. ‘¿Pero por qué?’, me preguntó. ‘Tengo un cuentito’. Se lo pasé y dijo: ‘Está bueno, ¿tenís más?’. ‘Sí, tengo una novela’. ‘Huevón, pásamela’. Era Ygdrasil. Y él se la llevó a Andrea Palet, que estaba en Ediciones B. Yo no hice nada, fue todo fortuito. Eso pasó el 2004. Y en el verano del 2005 me llama Andrea y me dice: ‘Te vamos a publicar’. En noviembre yo figuraba sentado en la Feria del Libro firmando, sin cachar nada, si el año pasado yo había estado haciendo fila para que me firmara Jodorowski.

Hasta esos años no había leído a casi ningún escritor chileno. Mi formación era amorfa, yo estaba leyendo a Philip K. Dick, a Asimov y Borges, a Swedenborg y Condorito. Estaba llena de hoyos mi formación. Y lo que escribí creo que funcionó. A estas alturas, no es pecar de soberbia decir que Ygdrasil fue importante para el medio chileno en ese momento. Produjo una ruptura, algo pasó ahí. Siento que ayudó en su momento, junto a otros libros que salieron, a conformar lo que hoy en día es un poco la literatura chilena, que en vez de ser ese club, donde todos tenían una tendencia similar, a este escenario actual donde hay decenas de voces distintas y posibilidades. Las editoriales independientes también han favorecido eso. Pero yo creo que Ygdrasil ayudó su poco. Tiró sus cuetes en ese sentido.

Andrea Palet fue la que me puso ficha. Ella me contó que le había preguntado a todos los editores que conocía si me publicaban o no. Y todos le habían dicho que no, porque la ciencia ficción no vendía, porque en Chile no se hacía, no había público para el género, y era un estupidez publicar este mamarracho. Este mejunje raro. La Andrea le hizo caso a la guata, porque antes había publicado al mismo Caco Labbé, a Pablo Torche, después editó el primer libro de Bisama, Caja negra. Estaba abriendo las ventanas temáticas”.

“Tiempo después escribí Synco, que es una ucronía sobre la UP. Fue un amigo hacker que me contó de un proyecto cibernético muy loco durante el gobierno de Allende y yo no lo podía creer. Al final dando dos o tres botes llegamos a otro dato en Valparaíso, y ese dato nos llevó a la tesis que había hecho Edén Medina en el MIT, que eran 10 páginas, nada más. El libro es del 2008. Ahí agarré el tono de lo que me interesaba: juntar ficción con historia, con la estética del delirio, con los saltos temporales. Así es como funciona mi cabeza. Y en esa novela estaba también la semilla de Historia secreta.

Es muy aburrido hacer siempre lo mismo. Por eso primero hice una novela cyberpunk, después una ucronía, luego una novela infantil, de ahí una novela gráfica y también una novela de literatura pura y dura, Lluscuma. Al final estaba totalmente reventado.
Lluscuma me drenó el cerebro, quedé hecho polvo. A veces las novelas te hacen eso. Tiras todo lo que hay y quedas vacío. Mis amigos escritores se burlaban porque yo les contaba que había terminado en la cama, con angustia, y me decían: ‘Ah, te bajó un José Donoso’. Pero era cierto. Yo somatizo harto, el estrés me produjo que las paredes del estómago se laceraran y acabé con un ataque en la clínica, tomando morfina”.

“Cuando ya pensaba dejar de escribir, me cita el 2014 a una reunión Gonzalo Eltesch, de la editorial Penguin, y me dice: ‘Oye, Jorge, hagamos algo’. Me acuerdo que pensé: chuta. Porque yo estaba pensando retirarme, no quería más guerra. En ese momento pensé: esto es como querer dejar el fútbol y que te llame Real Madrid. ¡Era Penguin! Y le dije: ‘Ya poh, veamos qué hacemos’. En esa época yo estaba en la radio Zero, con los de País Generoso, donde contaba episodios raros de historia de Chile, y me dijeron: ‘¿Por qué no haces algo como eso?’. Y fue: bueno, a ver qué pasa, probemos.

No había una idea clara. Pero a Melanie Josch, la jefa de la editorial, le pasó algo: estaba escuchando en la radio Zero mi relato del combate naval de Iquique, que era como un radioteatro. Después ella me contó que llegó a su edificio y se estaciona, y me siguió escuchando, se quedó pegada, de repente terminó el programa y cachó que llevaba ene rato en el estacionamiento. Y fue como decir: aquí hay algo. Después, Gonzalo me dijo que le mandara cinco temas sobre los que podría escribir, y le envié un mail con 35 ideas, y en la cabeza altiro se me armó el libro, incluso el nombre: Historia secreta de Chile. Fue una cuestión espontánea, irresponsable: si soy escritor, no historiador. Como pensábamos que no iba a pasar nada no sentíamos que íbamos a tener que responderle a alguien”.

“Me di cuenta de que estaba pasando algo con el libro la primera semana. Tuvimos la presentación un jueves a los libreros, el lunes era feriado y el martes se puso a la venta. Y ni siquiera había salido en el diario. El primer tiraje eran tres mil y no negocié nada especial. Me dijeron que lo iban a vender con harto esfuerzo antes de final de año. Y lo que pasó fue que lo pusieron a la venta el día martes y el miércoles me llamaron para decirme: ‘Sabes, vamos a hacer una tirada nueva de dos mil, porque parece que vamos a quedar cortos’. Y tiraron esos dos mil. Hicimos el lanzamiento el jueves, se llenó el local y estuve tres horas vendiendo. El lunes siguiente me avisaron que iban a lanzar tres mil más y ahí caché que la cosa venía fuerte, y ellos también. Tanto así que eso fue en julio y en agosto tuve una reunión, y me pusieron el contrato para el volumen dos, altiro.

Ahí mejoraron la condiciones, claro, porque para la primera parte fue un contrato convencional, 10% del precio de venta y chao. Algunos escritores estipulan mayores porcentajes a mayores ventas, pero nadie sabía que esto iba a ser un fenómeno. No me arrepiento. Hoy estamos cerca de los 200 mil ejemplares. Es una locura. Creo que coincidió con un momento desclasificatorio de la sociedad, con ganas de saber que hay detrás. Y la gracia es que enfrenté la historia desde el punto de vista narrativo, tratando de enganchar al lector emocionalmente. Finalmente, todo esos esqueletos fríos que te enseñan en el colegio los llené con carne”.