Todo parte por un cadáver, un asesinato. El escritor acaba de publicar su último libro, Ciencias Ocultas, una novela que pareciera mezclar el género policial y el terror, pero que es mucho más. Wilson habla sobre el significado que tiene la escritura en su vida: “Necesito cuotas de soledad para apagar el ruido del mundo”.

  • 18 julio, 2019

No tenía más de doce años las primeras veces que escribió. Fue a esa edad cuando reconoció el efecto de la escritura. Se acuerda de algunos relatos sobre sus amigos del colegio en Buenos Aires, Argentina. Después, más grande, recuerda haber imitado a autores como Jorge Luis Borges. Las tramas exactas las olvidó. No mostraba sus escritos, y le gustaba esa idea. Escribir por escribir. “Siempre trato de recordar el gesto de la escritura sin la necesidad de validación o lectura de otro”, dice. Antes de eso, dibujaba mucho, sin demasiado talento, dice, pero le gustaba. Pero “esto otro me tomó completamente”, cuenta Mike Wilson (45). “Para mí fue un momento epifánico”. Descubrió que, al escribir, podía resolver dudas, cuestionamientos y problemas.

Esa sensación persiste hasta hoy y es la razón por la que Wilson escribe. Cada vez más. En junio, la editorial argentina Fiordo publicó la última novela del escritor –mitad argentino, mitad estadounidense–, pero que reside en Chile hace catorce años. Se llama Ciencias ocultas y todo ocurre en una habitación cerrada, repleta de objetos y adornos. Al centro, sobre la alfombra, un cadáver. Lo rodean cuatro personajes: una anciana macilenta, una mujer andrógina, un costurero chino y un perro lobero irlandés. Ha ocurrido un asesinato. Por medio de una exhaustiva descripción, el narrador va dando la vuelta dentro del cuarto, deteniéndose en cada uno de los elementos decorativos que lo componen. El lector va sumergiéndose en una atmósfera oscura, que entrega ciertos rastros, pero solo eso. Pistas sombrías. Por eso esta novela exige una lectura atenta. Los personajes prácticamente permanecen inmóviles, mientras el narrador describe hipnóticamente. Casi sin detenerse.

A Wilson le resulta complicado responder cómo surgen sus obras. Nunca sabe con claridad de dónde vienen sus ideas. Pero ahora, al mirar en retrospectiva, puede sacar algunas conclusiones sobre Ciencias ocultas:

-Siempre me había interesado el género policial, porque me parecía que tenía ciertas reglas y temáticas que se traducían en cierto interés que tengo sobre la verdad y la certeza. Lo policial juega con la idea de que un crimen lanza el mundo al caos y que el objetivo en la novela es restaurar el orden. Eso me interesaba desde una mirada escéptica, ¿es posible resolver el orden? Pienso que no. Creo que hay una falacia en ese paradigma. Al establecer caos, se crean otros elementos que no estaban en la composición original y esos escapan de la racionalidad.

La oscuridad

Ciencias ocultas es difícil de clasificar. Al autor tampoco le importa mucho encasillarla en algún género. Wilson calcula que demoró un año en escribirla. Cuando se sentó a redactar las primeras páginas, notó que no había ningún punto aparte. Sintió que la mejor decisión era seguir así hasta el final. Partió con una idea general y abstracta de habitación. Luego pensó en una alfombra, un librero, un ventanal, una chimenea y una lámpara. Sin detalles. Lo demás lo fue descubriendo con la escritura.

-En su estructura, Ciencias ocultas es una novela de 117 de páginas que transcurre en un solo párrafo. ¿Cómo surge esa intención?

-Yo pensaba en la habitación como un criptograma, un puzle en que todas las piezas están ahí. Entonces, en el proceso de describir el narrador que se fija en cada cosa que, de alguna forma, puede ser una pista. Me gustaba la idea de que uno pudiera ver todas las piezas involucradas dentro de la habitación, en detalle, como lo hace un detective. Sin embargo, aun así, si uno trata de armar el rompecabezas, siempre habrá fisuras, resquicios por los que se cuelan las cosas más importantes, y que no caben dentro de lo racional. En retrospectiva, creo que la novela está señalando la falacia del policial que plantea solución al enigma. La descripción me interesa más en un plano existencial que literal.

El escritor y académico desconfía de las fórmulas convencionales para resolver cosas, sobre todo ahora, en que predomina la presencia de redes sociales y una multiplicidad de discursos. “Nadie escucha y todos hablan”, comenta. Wilson siente que cada vez es más complicado encontrar respuestas. En parte por eso, escribe cada vez más.

-Una vez mencionaste que cada libro se hacía cargo de distintas versiones de ti. En ese sentido, ¿a qué faceta sientes que responde esta novela?

-Uno tiene cierto tema o abstracción que lo obsesiona en determinado momento y siente que debe hacer algo con eso. En mi caso, la escritura se hace cargo de esta búsqueda. Cada libro es una versión de lo que soy, sea lo que sea que signifique eso. Ciencias ocultas se ocupa de algo. También ahí mi “rollo” con el lenguaje tiene que ver con no forzar una explicación. Estoy buscando cosas que tengan que ver con el concepto de verdad. Es una palabra muy complicada. Y quizás nunca he querido aceptar el discurso –especialmente de mi generación–, bastante nihilista y facilista, de que no hay tal cosa como la verdad. Me parece que es una afirmación bastante mediocre. Es muy simple decir que no hay certeza. Y me parece un discurso absolutamente irrefutable de que hay certezas tácitas, que están siempre ahí. Son las que permiten cuestionar y dudar. Puede ser nihilista si quieres, pero sin esas verdades no podrías ni siquiera empezar.

-¿Cuáles son esas certezas?

-El escenario que nos permite ser. Ser es una cosa muy extraña. El hecho de que somos y estamos acá. Y no estoy hablando ni siquiera del estado físico de las cosas. Tenemos un escenario en el que podemos ser, lo que incluye cuestionar, dudar y todo lo demás. Entonces la certeza no es conocimiento, pero es lo que permite tenerlo. Es disponerte en el mundo de tal forma que sabes que hay algo que sustenta todo. Es metafísico, pero no lo digo en un sentido religioso ni nada. De cierta forma, es incognoscible. No tenemos acceso a eso, pero el síntoma de que está ahí es el simple hecho de que somos.

-¿Y qué rol juega el lenguaje con esas verdades?

-El lenguaje es problemático porque tomamos conceptos no codificables y, al ser tan adictos a explicarlo todo, imponemos las palabras. Ahí es donde nos enredamos. Es como tratar de explicar en palabras algo tan abstracto como los colores. ¿Cómo le explicas a alguien qué es el color rojo? Hay lugares en los que el lenguaje no tiene cabida. Entonces ese es el problema. Tenemos una adicción al lenguaje, tanto así que se produce un cortocircuito si sentimos que no podemos completar una ecuación.

Un refugio

Su madre es argentina y su padre, estadounidense. Aprendió ambos idiomas de forma simultánea, sin darse cuenta. Sin embargo, siempre escribe en español; lo ha intentado con la lengua paterna, pero le resulta incómodo. Eso sí, “mi sentido del humor es mejor en inglés que en castellano”, explica. Pero también siente que algunas reflexiones le resultan mejor en español. Todo depende de la actividad.

No suele escribir durante mucho rato seguido. Lo común es que se siente con el computador durante máximo una hora. Tiene amigos y amigas escritores que sí pueden hacerlo por largo tiempo. Él no. Tiene que detenerse cada tanto. Lo compara con el buceo: sumergirse, salir a tomar aire y volver. Escribe lento. A veces escucha música, pero no es una regla. Solo necesita estar en un lugar en que no haya demasiado ruido, como una cafetería.

-¿Cuán presente tienes al lector mientras escribes?

-No mucho. A veces encuentro cierto refugio en este tipo de escritura, porque también tengo otros textos que van directamente dirigidos a la posibilidad de una lectura. Me gusta profundizar en la descripción, que es ir a lo microcósmico y estar debajo de distintas capas de descripción en las que siento la posibilidad de perder al lector. Igual hay algo placentero en eso, en el sentido de buscar la soledad. La escritura para mí también es un refugio. Entonces, para mí, esconderme del lector es algo que me calma. Pero eso no es siempre.

-¿Cómo logras ese refugio, ese aislamiento del que hablas?

-Me gusta la soledad, pero no como ese concepto romántico que existe. Me gusta no solo para escribir, sino también para pensar y sentirme bien. Necesito esas cuotas de soledad para apagar el ruido del mundo. Por una parte, la escritura me gusta por eso, porque es algo que hago solo. Es el caso de Ciencias ocultas, voy a esa habitación y no hay nada más. A veces mis libros suelen ser narrados por alguien que también está solo. Ahí encuentro algo con lo que me identifico.

La naturaleza de los libros que ha publicado varía. Hay algunos que poseen un carácter más narrativo como Rockabilly (2011) o el fanzine Scout (2016). También está Ártico (2017), una obra que pareciera mezclar novela y poesía. Los límites son difusos. Leñador (2013) es otra cosa; la historia de un hombre que parte a cortar árboles en el norte de Canadá, con largos pasajes en que, por ejemplo, se detalla con precisión el proceso de tala que realiza el leñador.

Ciencias ocultas pareciera vincularse más a ese formato. Novelas en que lo descrito pareciera ser una excusa para hablar de algo más importante.

-¿Lo importante es la reflexión detrás de la descripción?

-Es más que eso. La experiencia del libro es única cuando lo estoy escribiendo. Es para mí. Después el libro se convierte en la experiencia de otros. Ciencias ocultas ya me dio lo que necesitaba. Todo lo que viene después tiene cero que ver con la escritura. Si para mí leer es una experiencia intensa, escribir es lo mismo pero multiplicado por diez.

-¿Y qué rol juegan tus recuerdos en la escritura?

-A mí me pasa que ya conozco mi vida. Entonces escribirla sería redundante. En ese sentido, escribo para mí. Me gusta descubrir cosas al escribir. Me aburriría basándome mucho en mí. Estoy presente en las preguntas que plantea la novela. Ahí sí.