Bruce Springsteen regresa con un disco que está reventando las listas de ventas en el país del norte. En sus nuevas canciones el músico pareciera haber recuperado el optimismo después de una larga noche.

  • 19 febrero, 2009

Bruce Springsteen regresa con un disco que está reventando las listas de ventas en el país del norte. En sus nuevas canciones el músico pareciera haber recuperado el optimismo después de una larga noche. Por Andrés Valdivia.

Es complicado poner la música de Bruce Springsteen en su real dimensión en nuestro país. La mezcla de lisa y llana ignorancia con sentimientos anti norteamericanos hace que muchos miren con desconfianza a The Boss. Pero Springsteen no sólo es una institución yanki casi tan grande como la Estatua de la Libertad, sino que en su discografía se puede escuchar el murmullo a veces opaco del estado de ánimo de la gran Norteamérica de a pie de los últimos 35 años. Y eso no es poco.

Personalmente, prefiero su faceta más introspectiva y acústica que la épica masiva que ha desarrollado con The E Street Band. Pero es imposible negar el talento de este oriundo de New Jersey (igual que Sinatra, Yo La Tengo y Bon Jovi) para crear himnos urbanos de moral obrera y sencilla. Muy en el opuesto a U2 y a Coldplay, que parecieran construir una épica que es “comunitaria”, el Jefe se las arregla para abordar esa misma emoción desde el individuo, o desde lo privado si se quiere. Algo profundamente norteamericano, por cierto.

Desde esa perspectiva, muchos escuchamos inicialmente sus éxitos más clásicos como Born in the USA como enormes rabietas patrióticas repletas de oficialismo, pero lo cierto es que Springsteen escribió esa canción como una reacción personal frente al hastío y la desolación de la era Reagan. Muchos creen que Nebraska y The ghost of Tom Joad son discos acústicos devotos del amor romántico, pero en realidad son placas personales y sencillas que cuentan historias de obreros despedidos, desesperanza urbana y familias a la deriva, cada uno compuesto en el peak de la desilusión, tanto de los ochentas como de los noventas. Sumando y restando, da la impresión de que el gran legado de Springsteen para la música norteamericana ha sido el reclamar la idea de patria para la gente normal, en un país donde la normalidad no presagia un futuro particularmente luminoso para nadie.

Debido a todo lo anterior, resulta imposible no escuchar su nuevo disco Working on a dream desde otro lugar que no sea Obamaland. The Boss no solo apoyó con todo la candidatura del actual presidente, sino que además sus trabajos durante la era Bush fueron un refl ejo de los fracasos, tristezas y miedos de esa época. Y claro, esta nueva obra retoma la épica de la esperanza en la gran Norteamérica que el Jefe pareciera sentir que le fue prometida en algún momento. Hay canciones grandes, repletas de esa moral de gran manifestación pública que envuelve su mejor trabajo con la E Street Band, pero también hay paz y tranquilidad. Muchos críticos han dicho que este disco está colmado de una energía en las palabras que no se condice con su producción, algo más contenida de lo normal, pero creo que yerran: es precisamente esa esperanza algo asustada o a medio camino la que pareciera recorrer este disco canción a canción, y eso le da una vuelta aun más potente al esfuerzo del Jefe por recuperar el camino correcto. La guerra, tanto la sicológica como la real, han calado hondo en los norteamericanos. Ya lo veníamos diciendo hace un buen rato: alguna extraña oscuridad se puede escuchar en autores históricamente directos y luminosos, y Working on a dream podría ser el primer disco de un nuevo momento. Independiente de la cabida que cada uno de nosotros tenga ya en los oídos para la siempre similar aproximación de Springsteen a la canción, este nuevo álbum es un buen trabajo; emocionante, a veces. Y eso, insisto, no es poco.