En Acuario, el cantautor nacional expande su clásico sonido de voz y guitarra incorporando sintetizadores y elementos del electro pop británico. Por Juan Venegas

  • 2 agosto, 2012

En Acuario, el cantautor nacional expande su clásico sonido de voz y guitarra incorporando sintetizadores y elementos del electro pop británico. Por Juan Venegas

Desde su debut como solista en 2005 con el álbum Pánico y sus trabajos posteriores Témpera (2008) y S/T (2010), el cantautor ariqueño Manuel García se ha transformado en la figura más reconocida de la nueva generación de trovadores chilenos que incluye, entre otros, a Gepe, Nano Stern, Chinoy y Camila Moreno. Con su imagen sencilla y quitada de bulla, el mayor de esta camada –tiene 42 años- ha logrado revivir en el público esa nostalgia por artistas que tenían algo que decir y se convertían en verdaderos portavoces generacionales.

Sin embargo, el rótulo de cantautor social no es algo con lo que se sienta cómodo y es por esto que en su nuevo álbum Acuario ha decidido explorar nuevos horizontes, que van más allá de referentes como Silvio Rodríguez, Violeta Parra y Víctor Jara, incorporando influencias como el Jorge Gonzalez del disco Corazones, el Ceratti de Bocanada hasta los arreglos electrónicos de grupos ingleses de los ochenta.

Acuario es una especie de recopilación de sonidos a los que García se vio expuesto desde muy temprana edad, que directa o indirectamente fueron quedando en su memoria. Bandas sonoras cinematográficas, música de fiestas en tiempos de toque de queda, canciones de series de televisión y la curiosidad por la Inglaterra de Margaret Thatcher parecen desfilar en los diez temas que conforman la placa.

Pero no es la búsqueda de un sonido más moderno y fresco lo que mueve a García, sino más bien el encontrar un flujo rítmico y ambiental que contraste con su reconocida musicalidad de verso y guitarra. Este contrapunto le permite establecer un sonido más propio, tomando distancia del fantasma de Silvio Rodríguez que lo persiguió en sus tres primeros trabajos.

Como él mismo ha declarado, el disco funciona en una continua dualidad, donde pasado, presente y futuro parecen encontrarse en un terreno de constante incertidumbre. Y ante estas vacilaciones, García prefiere distanciarse de la contingencia, como advirtiendo que no es un iluminado y reconociendo que una canción nunca podrá solucionar los problemas reales. En Acuario no hay himnos de protesta, ni relatos trágicos ni demandas: el énfasis está puesto en la realidad minimalista del ser humano, en percepciones más que en prédicas.

En términos musicales, el disco se mueve en un circuito de acordes y arreglos mucho más sencillos que en sus tres primeros trabajos. García, un notable guitarrista, esta vez no hace alarde de su dominio de las seis cuerdas y se circunscribe muchas veces a simples rasgueos, pulsaciones esenciales o a la solitaria compañía de un piano que ha comenzado a aprender.

La producción estuvo a cargo de Marcelo Aldunate y contó con la colaboración de los hermanos Mauricio y Francisco Durán, de Los Bunkers, quienes contribuyeron con guitarras, arreglos electrónicos y la primera canción ajena en un disco de García: Hombre al precipicio, un surco muy en el estilo de Los Prisioneros en su etapa electro pop. Acuario, en suma, agrega nuevos matices y sonoridades a una carrera que dejó de ser promisoria para dar paso a la consolidación.