Era demasiado tarde para estar despierto”. Así comienza Nadar de noche, uno de los cuentos más memorables de Juan Forn. Un relato sobre un joven de 30 que recibe la visita inesperada del padre muerto. El muchacho tiene una hija pequeña y está en ese momento crucial de su vida en que tiene que sentar […]

  • 26 agosto, 2012

Era demasiado tarde para estar despierto”. Así comienza Nadar de noche, uno de los cuentos más memorables de Juan Forn. Un relato sobre un joven de 30 que recibe la visita inesperada del padre muerto. El muchacho tiene una hija pequeña y está en ese momento crucial de su vida en que tiene que sentar cabeza. Le cuenta al espectro que ha hecho muchas cosas para honrar su recuerdo, pero el fantasma le dice que nada de eso es importante. “Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?”.

Forn es una de las voces principales de la generación que renovó la literatura argentina y latinoamericana en los 90, no sólo como escritor, sino también como editor de Planeta y Emecé. Ya con eso tiene ganado un lugar en la narrativa reciente del continente, pero además escribió uno de los capítulos más recordados del periodismo cultural en español al crear y dirigir durante cinco años el suplemento Radar de Página 12.

Forn, en cierta forma, era el animador, el que medía la temperatura y elegía la música de esa gran fiesta que era –y sigue siendo- Buenos Aires. El combustible de su vida era la adrenalina de esa búsqueda perpetua por captar el ritmo de la ciudad, los nuevos sonidos, los nuevos dialectos. Pero en 2001, justo cuando caían las torres gemelas, tuvo un coma pancreático y decidió dar un giro radical. Dejó la capital trasandina y buscó un lugar en la provincia para dedicarse a leer, a escribir y a criar a su hija.
Hoy vive en Villa Gesell, un balneario a tres horas de Buenos Aires. Allí, entre visitas a la playa donde recoge piedras, no deja de escribir, pero ya no piensa en grandes novelas, sino en pequeños relatos de 2 o 3 páginas, que cada viernes publica Página 12. Son las ya famosas Contratapas, que la editorial chilena Los libros que leo acaba de recoger en un hermoso libro titulado El hombre que fue viernes.

Forn, en cada texto, arma una especie de ruta que se abre en mil direcciones, como una piedra rodando. Se pasea por aspectos tan variados como la amistad y la ruptura de Godard y Truffaut o el insoportable hermano de Faulkner. Rescata la locura de Tatlin, el artista que soñaba con crear una torre que haría de la hermandad de los hombres una realidad. Detalla las horas finales de una poeta suicida, o las aflicciones de Eisenstein en América y en Moscú. Cada mini relato es un novela, cada vistazo a un personaje una biografía. En los detalles, encuentra el gran panorama.

Forn contesta el teléfono desde Buenos Aires, ciudad que visita de vez en cuando para ver a su madre. Su voz es ronca, como la de alguien que viene de vuelta de una larga noche.

-¿Cómo surgen los textos de El hombre que fue viernes?
-Cuando terminé María Domecq, me quedé vacío y no sabía qué hacer y hablando con la gente del diario Página 12 me preguntaron si quería empezar a hacer la Contratapa semanal, que es una sección clásica del diario. Por un lado, era una especie de honor, pero por otro, todos los escritores que conozco que tienen una columna semanal, la terminan puteando y diciendo: maldita columna. Y tratan de llenarla con lo que tengan para poder dedicarse a algo más serio. Yo he hecho exactamente lo contrario. Dediqué todos mis desvelos de la semana a la Contratapa y así descubrí la felicidad. Luego de María Domecq, en la que pude cruzar todos los rubros de la literatura que a mí me interesaban, dejé de estar pendiente del qué dirán; de pronto sentí que ya no me importa la opinión ajena, no me importa la carrera literaria, no me importa nada. Escribí las contratapas casi como una terapia. Y lentamente descubrí que nunca en mi vida la había pasado mejor. Logré por primera vez en la vida ser lo que llamo un canal. La lectura es una adicción que se transmite por contagio. Cuando hablo de los libros que me gustan, enveneno a otros con ese gusto. Las Contratapas son una especie de rito semanal, en que un montón de gente se encuentra conmigo. Paso toda la semana buscando hasta que encuentro lo que voy a escribir, la manera de contar la historia.

-¿Cómo eliges los temas de estas contratapas? Algunas parecen ficciones, ¿haces un trabajo de reporteo?
– Trabajo con el margen mayor de azar posible. Yo me guío por las lecturas ilógicamente, un libro me lleva a otro libro. Leeré tres libros por semana y tarde o temprano me cae en la mano el tema del que siento que tengo algo para decir. Cuando descubro esa vibración que ya me es familiar, simplemente empiezo a preguntarme qué es lo que tengo para contar en esta historia, y ahí empiezo. Lo único que hay en común es mi obsesión por el siglo XX. Me considero una persona del siglo XX en el sentido más amplio, me interesan desde las primeras vanguardias hasta sus últimos estertores. Busco los coletazos que se manifiestan a veces en lo político, a veces en lo artístico, a veces en lo íntimo. Con el tiempo espero que todas estas Contratapas formen un libro que sea una especie de historia del siglo XX.

-¿Usas Internet?
-Uso todo lo que tenga a mano, nunca se sabe de dónde viene un dato. La fuente no tiene por qué ser ilustre. Yo he encontrado en páginas web horrorosas perlas increíbles y lo mismo pasa con los libros: hay libros que parecen infames y a veces en ese libro te encuentras con algo que nunca habías pensado. A mí lo que me parece más interesante es el fenómeno de sinapsis que se da: cómo un dato llama a otro dato y cómo uno lentamente va descubriendo un trazado oculto, un recorrido secreto en esa clase de derivas.

-En una Contratapa escribiste sobre Sergio Larraín, el fotógrafo chileno. Probablemente fue la mejor crónica que se publicó a raíz de su muerte. ¿Como conseguiste la información?
-Una amiga, que es una de las mejores fotógrafas argentinas, me vino a visitar y me dice: “Che, se murió Larraín”. Fue el mismo día que murió Spinetta, y la noticia acá pasó inadvertida. Y le dijo: “¿Cuál Larraín, el de Blow up, la película de Antonioni?”. Ella tenía un libro, en Internet conseguí mucha información, le escribí a amigos chilenos que me mandaron más datos, y así me sumergí en el tema… Por eso te digo eso de ser canal, yo dejo que todo resuene… hay ciertas esculturas que están hechas para funcionar con el viento, la escultura no está totalmente terminada hasta que el viento pasa por ellas y produce un sonido. Yo siento más o menos lo mismo. En ese sentido te digo que soy canal. Trato de conseguir que ciertos libros o ciertos artistas se encuentren con mis lectores y cuando eso ocurre me parece que es mágico.

-¿Usas también la ficción o es todo comprobado?
-Soy incapaz de contar una historia completamente verídica. Vos me contás algo y yo cuando lo repito, ya lo deformé. La ficción para mí es una forma de deformar.

-Aquí tus contratapas son bastante comentadas en Twitter. Por ejemplo una que hiciste sobre Eric Gill: un tuitero chileno puso que le habías copiado hasta los chistes malos al libro de Simon Garfield sin mencionarlo.
-Yo menciono el libro si el libro me parece bueno, si me parece malo, no. Justamente para esa nota, la verdad que los mejores caramelos los saqué de otro lugar. Ese libro me sirvió para descubrir ciertas cosas básicas de Eric Gill, que también están en wikipedia. A mí me gustaría vivir en una casa en que al lado hubiera una biblioteca gigante y universal, pero me las tengo que rebuscar con lo que tengo, mi memoria, y con lo que encuentro en Internet. Ya te digo, no me parece que las fuentes tengan que ser todas ilustres. Lo que hago es deformar. Yo menciono los títulos que me interesan, además no puedo mencionar todos los libros que leo en una contratapa de 100 líneas. Pero pelotudeces como la de este pibe, qué quieres ¿descubrir que el rey está desnudo? Sí, el rey está desnudo.

-¿Este libro lo publicaste primero en Argentina?
-El año pasado Página 12 sacó todos mis libros en edición de kiosco y querían hacer un bonus track y se nos ocurrió la idea de juntar las Contratapas. Hicimos un primer corte de 25 textos y después Andrea Palet en Chile, me dijo: “me encanta el libro,  ¿podemos hacer una edición ampliada?”. Y la verdad que me tentó. Porque al ampliarlo yo pude proponer un recorrido distinto con el libro. La otra cosa que me gusta es que ya estoy cansado de las editoriales grandes y me gusta publicar en editoriales chicas que cuidan el libro como un objeto artesanal. La quiero mucho a Andrea, entonces decidimos hacer ese libro en Chile, y después la próxima edición creo que va a ser en Colombia, en otro sello chico, con los muchachos de la revista El malpensante, va a tener más textos, y así sucesivamente irá saliendo cada vez más gordo hasta que encuentre su forma definitiva.

 

 

El gran cambio

-Hace un tiempo hiciste un giro radical de vida, dejaste Buenos Aires y te fuiste a Villa Gesell. ¿Por qué?
-Tuve un coma pancreático a los 40, cuando tenía una hija de un año, los médicos me dijeron que si no cambiaba de vida iba a explotar. Lo que tienen de bueno los cambios obligados es que uno no tiene margen para retroceder. Yo creo que cambié de piel por completo. Fui padre jornada completa y por primera vez en mi vida, estaba todo el tiempo en mi casa, leyendo y escribiendo, a diferencia de estar trabajando como un poseído y de alimentarme a base de adrenalina, que es la clase de vida que tenía en la ciudad. Acá me convertí en otra persona y eso fue haciendo mella de manera cada vez más nítida en mi forma de escribir.

-Uno de tus libros es Nadar de noche, todavía hay que gente que lo sigue leyendo y comentando. ¿Qué te pasa hoy con ese libro, ahora que has cambiado?
-Le tengo cariño, es un libro que refleja lo que fue mi juventud. Me parece que cada tanto uno tiene la suerte de que te cae el tema entre las manos, y te das cuenta de que es  un tema invencible. A mí me pasó con el cuento que se llama precisamente Nadar de noche, que lo soñé todo. Fui al velorio de un padre de un amigo, estuve toda la noche ahí  y volví a darme una ducha antes de ir al entierro, me tiré a descansar cuarenta minutos y lo soñé entero, lo escribí antes de irme al cementerio. Yo venía escribiendo ese libro hace tiempo, quería que tuviera nueve cuentos, todos eran de droga, de vida acelerada, de confusión juvenil, y de pronto me cayó la historia de Nadar de noche, y descubrí que el libro se había cerrado con ese cuento, de la misma manera que se cerraba ese período juvenil. Es un libro que refleja el pase de lo veintitantos a los 30, cuando te cae la primera ficha de que tu juventud se está convirtiendo en otra cosa.

-En María Domecq dices que nunca un hombre es tan libre como en el tiempo que transcurre entre la muerte del padre y el nacimiento del primer hijo.
-Mi primera hija nació a los 40, mi padre murió cuando yo tenía 25. La verdad es que después de la muerte de mi padre, empecé a publicar mis libros, y después del nacimiento de mi hija, cambié drásticamente de vida, y creo que este rito de las contratapas, esta cosa de escribir para los viernes, de pensar en formato viernes, creo que en gran medida se lo debo a mi hija, a la vida que me fue posible tener gracias a la enfermedad y a ella.

-Uno de tus héroes, Lennon, hizo algo parecido. Dejó la música y se dedicó a criar a su hijo Sean.
-Sí, la canción Watching the wheels es mi lema… si yo consiguiera lo que consiguió Lennon, la máxima expresividad con las palabras más sencillas… lo que trato en las contratapas es que el lenguaje se vaya volviendo cada vez más transparente, que uno sienta que está viviendo dentro de la historia que le están contando, que el lenguaje no sea visible.

-¿Tu última novela, María Domecq, fue muy difícil de escribir?
-Fue difícil de terminar porque yo me quería quedar a vivir en ese libro y quería que tuviera mil páginas, y publicarlo cuando fuera viejo. A partir de cierto momento, mi propio cuerpo me pedía que lo terminara, empecé a sentir puntadas, el pálpito de que lo tenía que soltar, y lo solté. Siempre pienso que podría abrir cada una de esas páginas y dejar que se desarrollen en diferentes direcciones, el libro podría seguir creciendo, pero a veces te toca parar. Así como se me aparecía la historia, en un momento me dijo ya está. Soltá.

-Ese libro aborda, entre otras cosas, una relación casi incestuosa, ¿eso es ficción o corresponde a una experiencia?
-El  libro debe tener una relación de 80 por ciento de verdad y 20 por ciento de ficción.

-¿Pero María Domecq existe?
– (se ríe) Yo creo que sí.

 

Bolaño y Argentina

-La irrupción de Bolaño ha sido definitiva para la literatura en español, ¿cuál fue tu relación con él?
-Cuando trabajaba como editor de Radar me mandaron Estrella distante y Llamadas telefónicas antes de que las publicaran porque tengo una larga relación con Herralde, que era el editor de Anagrama. Yo ya había leído Literatura nazi en América, un poco de casualidad: un día que andaba por editorial Planeta, donde había trabajado muchos años, ví el libro editado por Seix Barrall y me lo robé. Me fascinó a tal punto que le escribí a Herralde, en esa época usábamos fax, y le dije que me gustaba mucho, que quería ponerlo en la portada, que me gustaría entrevistar a Bolaño, que sabía que vivía por ahí cerca, entonces yo le mandaba las preguntas por fax y Bolaño me las contestaba. Fue la primera nota que salió en Argentina sobre Bolaño, y a partir de ahí bueno, nunca lo conocí. Nunca más nos escribimos, él se hizo muy amigo de Fresán, que había sido muy amigo mío pero nos habíamos distanciado. De manera que Bolaño quedó amigo de Fresán, para qué iba a estar tratando yo de meterme entre medio… Leí todos los libros de Bolaño. Me parece que es de los escritores que más me hablan. Tenemos una diferencia que puede resultar trivial en algunos casos, pero decisiva en otros: yo tengo una tendencia a lo luminoso, y él tenía una tendencia a lo oscuro. Lo que me cansa un poco es lo que pasa siempre cuando un escritor tiene muchísimo éxito: empalaga oír hablar tanto de ese escritor. Es lo mismo que te puede pasar con García Márquez. Es fácil criticarlo desde lejos de la biblioteca, pero cuando te acercás a las biblioteca y agarrás uno de sus libros y lo abrís, te das cuenta de su grandeza.

-¿Cual es tu relación con los grandes iconos argentinos como Borges y Cortázar?
-Creo que se nota bastante que a Borges lo admiro perdidamente. Cortázar fue importantísimo para mí especialmente en la manera de dar esa rara entonación argentina a la prosa. Más que los libros en sí, lo que más me gusta de un escritor es la voz. La voz de Cortázar, la voz de Arlt, la voz de Borges. Estoy hecho de las voces de los escritores que me gustan. Lo que pasa con los argentinos es que tienen un nivel de sonoridad especial porque hablan tu lengua en el sentido más coloquial y visceral.

-En el libro cuentas una anécdota muy divertida sobre Bioy, que según lo que describes podía ser un cabrón.
-Pero también era un capo. Yo no quería ir a la universidad, yo fui a trabajar a una editorial como un chico al que le gustan los motores y va a trabajar a un taller mecánico. Quería ver como funcionaban por dentro los libros.

-¿Te decepcionó conocer a alguno de tus ídolos?
-Decepciones no. He conocido un montón de escritores y me parece que los escritores son todos unos neuróticos y unos vanidosos… Pero ninguno que conocí me pareció peor que yo.

-¿Cuál es el lado menos agradable de ser editor?
-Tener que decir que no. Te pagan por eso. Sería tan agradable el trabajo si leyeras puros libros fascinantes, y publicarlos, habría que hacer gratis el trabajo. Te pagan por la parte fea, el 90 por ciento de lo que lees tienes que decir que no. A propósito, hace un tiempo apareció una nota en Chile, en que me ponían como si yo estuviese enardecido con el mundo editorial, y no es para tanto. En Chile creen que hacer un reportaje es tirarle la lengua al entrevistado para que diga una cosa picante…

-¿Cómo ves la literatura argentina actual?
-Lo más interesante es el impudor para cruzar géneros, armar artefactos mestizos, textos que trabajan sobre la crónica, ficción, ensayo, biografía. Por supuesto que teniendo a Borges es como tener licencia para matar. En literatura basta que te digan que algo no se puede hacer, para que aparezca alguien que lo hace bien.

-¿De Chile qué te ha llamado la atención?
-Los libros de Zambra los disfruté muchísimo. El otro día le puse un mensaje: “Te considero un hermano”. Me gusta Bertoni, el poeta. Me divertí con Siútico, de Oscar Contardo, un libro malicioso, inteligente. Gumucio me hace reír mucho. Me parece un poco facilona su posición de descreído pero me gusta.

-¿Cómo observas el panorama en Buenos Aires, viniendo desde la provincia? ¿Hay mucho descontento?
-¡Eso lo dicen los de derecha en Chile! Hay muchas más señales de catástrofe en Chile, con ese presidente que tienen. Aquí tenemos un gobierno nacional y popular que se metió con los ricos: los ricos están nerviosos, yo estoy feliz con este gobierno. En todo caso, esta sociedad sigue siendo tan coqueta y tan histérica como siempre, vos venís a Buenos Aires y Buenos Aires te come, te engulle. Yo vengo básicamente a visitar a mi madre y después me vuelvo a la playa. Entiendo perfectamente los encantos de Buenos Aires, y los he disfrutado durante años y años, pero es una mujer con la que prefiero no tener mucho contacto.