El próximo 9 de diciembre, Daniel Riveros debuta en el Teatro Municipal de Santiago estrenando su último disco “Folclor Imaginario”, que conecta con el mundo de la fallecida Margot Loyola Palacios, una de las grandes maestras del folklore chileno.

  • 6 diciembre, 2018

Gepe es un tipo espabilado, aunque quiera pasar por distraído. Son las 9:30 de la mañana y ya está listo para responder las preguntas. “Normalmente me levanto temprano”, cuenta, mientras se prepara una taza de té. Su departamento es pequeño, un estudio ubicado en esos edificios centenarios de avenida Santa María que miran hacia el río Mapocho. Aparte de la cocina americana, donde también hay un parlante bluetooth, el resto del espacio lo ocupa la música. Cinco guitarras, un sintetizador y el Mac encendido con Live.

Acaba de regresar de México, donde presentó su último LP, Folclor imaginario en el marco del Festival 212 que se realiza en el Paseo Chapultepec de Guadalajara. “También hicimos el Teatro Roberto Cantoral en el DF, que es el recinto de la Sociedad de Autores de México, una especie de GAM, y ahí tocamos una versión acústica del disco frente a unas 800 personas”, detalla.  

Creció en San Miguel, al igual que Jorge González, y por momentos deja asomar ademanes parecidos, como la elocuencia, la simpleza y la seguridad de sus palabras. Pero a diferencia de González, Gepe no se insertó en el mundo musical para cuestionarse todo, sino por un instinto musical que, cree, nació con él.  

Cuando le mencionan su prolífica carrera solista, con siete discos en diez años, responde que ese trabajo ha sido de puro engrupido. Hiperquinesia podría ser otra respuesta. 

Hoy está embalado con Folclor imaginario, el primer disco que dice poder escuchar sin sentirse culpable. Como siempre, es un folklore a su modo, y a la vez un homenaje a Margot Loyola, quien lo conectó con el pasado impredecible de las cuecas, valses y tonadas.   

 

El 9 de diciembre presentará este material acompañado de un joven quinteto compuesto por Miguel Molina en guitarra, Claudio Constanzo en el arpa, Gonzalo Gómez en el contrabajo, Marcelo Cornejo y la cantante Claudia Mena. 

-¿Siempre fue el folklore? ¿Por una especie de identidad ciudadana? 

-Yo creo que hago uso del folklore chileno como hago uso de cualquier otro estilo. Tampoco me gusta ese concepto del “rescate” del folklore, como si estuviera en una especie de oscuridad. Pienso que es al revés, esta música es la que nos rescata. En Chile existen al menos diez estilos musicales de tradición y son mucho más antiguos que el rock o el rap, por lo tanto, están ahí y viven un poco dentro de todos. No es un deber ciudadano, yo acepto el folklore como podría aceptar el black metal. 

-¿Cuándo te cruzaste por primera vez con la música chilena?

-La primera vez que escuché algo relacionado con el folklore fue Víctor Jara, en la casa de un amigo. Tenía 17 o 18 años. Antes de eso, yo escuchaba música completamente diferente, como Sonic Youth, Jesus and Mary Chain, Yo la Tengo, Swans, Low y otros. Pero luego de oír a Víctor Jara se me abrió la cabeza y entendí que en el folklore existen posibilidades de música interesante. 

-¿El concepto de chilenidad es algo que te gusta? 

-No me interesa en lo particular. O sea, la chilenidad en torno una bandera o a una fecha para nada. Eso de Viva Chile o Viva Chile Mierda, no, para nada. Yo, a pesar de ser chico en la dictadura, soy de una generación para los que la bandera fue siempre algo a lo que había que tenerle cierta distancia. Entonces esa chilenidad que hoy día se trata de imponer en los comerciales o en el deporte no va con lo que yo hago en la música. Lo que yo vi en el folklore de Margot Loyola o de Gabriela Pizarro es algo que tiene más relación con el pueblo, para mí, ese es Chile o al menos el Chile que me interesa. Nunca quisiera vincular el folklore con una bandera. 

-Eres folk por opción. ¿Tuviste influencias de artistas como Bob Dylan o Neil Young? 

-Sí, claro, siempre los escuché y los sigo escuchando. De hecho, el trino de la guitarra que tocaba Víctor Jara, él lo aprendió de Bob Dylan. A mí me encanta Dylan musicalmente, pero sobre todo me fascina su vida. Y su misterio me interesa mucho más. 

-¿Te consideras un neofolklorista latinoamericano?

-Yo me apego a una definición que aparece en Spotify que se llama cancionista. Que es folklore en estructura, pero no tanto como sonido. Se podría decir que soy un cancionista latinoamericano. 

-En las últimas décadas ¿se separó la música de la política? 

-Creo que es algo que va y viene, un fenómeno cíclico. Hoy, los artistas se acercan a los temas políticos de distintas maneras, no se trata simplemente de denunciar. Hay música no confrontacional, pero que sí toca problemáticas sociales. Es más, en el disco Folclor imaginario, incluyo la canción Joan que compuse por el caso de la chica haitiana que murió en circunstancias super trágicas. Ese es un tema político y social. Pero respondiendo tu pregunta, creo que la diferencia entre el cancionero actual y el de los setenta, es que en esos años todos los artistas remaban hacia el mismo lado, como si hubiera un estatuto que decía “esto se canta así”. 

-Con Folclor imaginario pareciste disfrutar de la investigación. ¿Es un trabajo que te da otro tipo de satisfacciones? 

-Bueno, partiendo por las entrevistas, toda mi vida musical he tenido que hablar de mí mismo o de las cosas que he dicho. En cambio, con este disco disfruto mucho más la difusión, porque hablo de lo que contiene, de lo que significa esta música para mí. No sé si ahora sé más de música que antes, pero sí tengo más entusiasmo. 

-¿Cómo organizaste el trabajo de búsqueda de los temas del LP?

-Una parte nace de mi interacción con Margot Loyola, los últimos dos años de su vida. Con ella aprendí muchísimo. Y la otra fuente importante fue la disquería Discomanía, que descubrí a través de María Sánchez. Queda en la galería 21 de Mayo, y su dueño original era el promotor cultural Ricardo García. Iba a escuchar música todas las semanas y ahí encontré recopilaciones de Osvaldo Jaque y Gabriela Pizarro. Lo lamentable es que esa disquería está a punto de cerrar.  

 

La musa música

-¿Para ti la música representa una exigencia emocional? 

-Para mí es una realidad que nunca me ha dejado desde que comencé. Yo creo que nació conmigo. Nunca la sentí como lo máximo de mi vida y podría decir que más que músico, yo soy fan de la música. Escucho, me informo de cosas que me dan curiosidad, me meto de cabeza, más allá de lo de Margot Loyola. Siempre que estoy haciendo algo, lavando los platos o haciendo el aseo, escucho música. 

-¿Desde cuándo recuerdas la música? Los primeros encantamientos. 

-A mí lo primero que me gustó fue Ray Conniff. Debo haber tenido unos tres años, y me gustó porque lo escuchaba mi papá. Un poco más grande, a los cinco, fuimos a comprar a San Diego el cassette de Woodstock y yo decía “chucha, qué bakán el grupo, cantan caleta de personas”. Yo pensaba que el grupo se llamaba Woodstock y ahí me quedé con Santana principalmente y me dio por la batería. Esa Navidad pedí una batería y al mismo tiempo tuve que dejar de creer en el viejo pascuero. Mi padre me dijo “si quieres una batería, debes saber que el viejo pascuero no existe porque nosotros vamos a tener que comprarla y te tiene que gustar”. Ahí comencé a tocar como enfermo y no paré. Ponía Santana, Xuxa, Scorpions, Topo Gigio y GIT que era resimple.

-Aprender a hacer canciones. 

-La primera canción se la hice a una niña que me gustaba, esa fue la primera motivación. Yo creo que empecé en el colegio mientras estaba en clases de física o química, me ponía en el fondo de la clase y escribía letras. 

-¿Cómo quién pensabas ser? Siempre hay una figura musical que te guía. 

-Fue variando, pero creo que lo que más duró como imagen fue la de Sonic Youth, por la estética de ese mundo. Pero nunca tuve un héroe como para decir quiero ser como tal personaje. 

-¿Te imaginas una carrera larga?

-Sí, quisiera una carrera larga como la de Caetano Veloso. Ese señor tiene 70 y tantos, y el año pasado lo escuché cantar increíble y sigue motivado, haciendo cosas interesantes. Cuando no hace discos, hace películas y si no hace películas, hace libros. En mi caso, la emoción creativa no me ha fallado, pero también creo que es necesario apoyarse en otras cosas. El teatro me interesa mucho, el año pasado hice la música de la obra Los Padres Terribles, de Jean Cocteau, y este año participé en El Presidente, producida por el Teatro Nacional.   

-De Folklore imaginario ¿qué destacas? ¿Cómo lo defines? 

-En lo personal, lo defino como el disco más democrático, en el sentido de que todos los que participamos tuvimos espacio para opinar. También es la primera vez que llego al estudio de grabación con meses full ensayo, antes grababa sin tanta preparación. En el proceso discutimos mucho cómo hacer las canciones, fue una especie de deconstrucción, pero sin alejarnos del esqueleto, de la esencia de los temas. Creo que al final encontramos un estilo en el que todos nos sentimos cómodos.

-¿Con el disco quisiste probar algo? ¿Quizás desmentir a aquellos que han dicho que tu música se alejó de su raíz? 

-Cuando dicen que me acerqué al reggaetón y a la bachata no se dan cuenta de que todos mis discos son diferentes, desde Gepinto hasta el Hungría. Igual me gusta que la gente se pregunte por qué hice esto, encuentro que cuando te cuestionan es porque hiciste algo bien. Tampoco es que busque esa confrontación, pero mi cabeza o el cuerpo me dice haz esto, y simplemente lo hago. Lo único que me importa es que exista una motivación genuina, y si existe, como en este disco, la concreto. 

-En 10 años, 7 discos. ¿Prolífico? ¿Trabajólico? ¿O simplemente embalado?

-Embalado o engrupido diría. Ha sido mucho trabajo, pero más allá del tiempo invertido, he ido perfeccionando un oficio, en el que he aprendido principalmente de los errores. Creo que la primera parte de mi carrera fui muy impulsivo, sin saber bien qué estaba haciendo. En los primeros cuatro discos, creo que no tenía ningún control. Así como podía terminar una canción, también podía dejarla incompleta. Es parte de mi instinto. Claro, eso me hizo sobreproducir canciones o meterme en temas que no manejaba, pero en general las carreras de los artistas que a mí me gustan tienen un poco de eso, de contradicciones continuas. Como yo grabando un reggaetón o una bachata, que al final son las canciones que mejor han funcionado, porque son las más liberadoras.   

-Tu mejor disco y ¿por qué? 

-Todos deben decir lo mismo, pero para mí es el último Folclor imaginario. Y para serte franco, es el único disco que he podido escuchar después de hacerlo. Con los otros me era imposible porque encontraba que había demasiados errores y con este no me sucede eso. 

-Freddy Mercury, ¿el mejor frontman del rock? 

-No, hay varios, pero es uno de los buenos. Para mí el mejor de todos es Bob Marley. 

-¿Es Chile todavía el paraíso del pop en Latinoamérica? 

-No, nunca lo ha sido y nunca lo va a hacer. Este es un país rockero. No tanto como Argentina, pero sí, somos rockeros.