Cuentos reunidos junta distintos relatos que forman parte de la obra de Alberto Fuguet. El libro se compone de tres partes: Sobredosis, Cortos y Cuentos reunidos. Una nueva oportunidad para pasearse por la trayectoria del escritor, pero también por una parte de la historia reciente de Chile.
Fotos: Lorena Palavecino/Penguin Random house

  • 11 octubre, 2018

Fuguet se revisa, una y otra vez, y ese backstage se ha ido transformando en parte esencial de su obra. Los Cuentos reunidos van antecedidos de un extenso prólogo de 40 páginas, escrito por el mismo autor, donde explica el contexto y las anécdotas relacionadas con cada una de las historias que van desde los años ochenta hasta 2010. Lo pop, lo vintage, la soledad, lo íntimo y lo sexual son elementos que se han mantenido en el tiempo pero que han mutado también. El libro fue una propuesta de su editor, Vicente Undurraga, que Fuguet aceptó sin estar del todo consciente de su calidad de cuentista. “El ejercicio de armar Cuentos reunidos fue asumir estos relatos como parte de mí, entender que algunos son –dicen– canónicos, y que por estar dentro de libros como Sobredosis o Cortos quizás fueron leídos de otra manera o dejados de lado”, cuenta el escritor.

-¿El ejercicio de compilación te calzó como un paso hacia la madurez literaria? Algo así como asumirse escritor consagrado.

-Me pasaron cosas al armarlo. Al releer los cuentos vi un camino para atrás y también vislumbré posibilidades para el futuro. Capaz, estoy un poco más maduro o al menos tengo coherencia, que es más importante para mí. Ser escritor consagrado es algo que aún no estoy dispuesto a asumir. Pero tengo una trayectoria, para bien o para mal. Tengo cuentos y tengo cuento. Me llama la atención cómo mi ADN se cuela en todo, incluso en los cuentos que tienden a ser más espontáneos y rápidos que las novelas. Tengo un buen lazo conmigo mismo pero, por sobre todo, con mi obra porque me ha ayudado a entenderme, a crearme, a alimentarme, a definirme, a pararme. No he ganado un premio importante, pero no sé si eso sea consagrarse. Para mí tiene que ver con una cierta libertad y hacer lo que uno quiere. El ejercicio de reunir me sirvió para darles un empujón literario y de perspectiva a estos cuentos, más que a canonizarme. Falta para eso. Mientras tanto, sé que existo, que tengo algunos lectores, que provoco cosas. Con eso me basta. 

-El prólogo aquí hace de backstage de la obra. Ese es un recurso que has utilizado en otros de tus libros. ¿Responde a un hábito autobiográfico, a la necesidad de contexto o es un ejercicio de mostrarlo todo, a lo porno?

-Todo lo anterior. Y no sé por qué. Es raro, pero cada vez entiendo que, al menos en lo literario, hay dos relatos: la obra y el contexto. El backstage. VHS es eso y Cinépata tiene mucho de backstage también. Años atrás leí un libro no traducido de Vargas Llosa: A Writer’s Reality. Está en inglés, aunque algunos textos existen en español, pero básicamente es la suma de varias conferencias acerca de cómo escribió tal o cual novela. Es fascinante y arma un relato paralelo que me interesa mucho, en mí y en otros. He leído biografías de autores y nunca he revisado sus libros después. Me fascina más la vida de Gabo que su obra. Ahora, obvio: sin obra, no hay Gabo. Me gustan los libros, sean memorias o novelas, acerca de cómo se forma un escritor. Cómo se hace. Por qué alguien escribe. Mostrarlo todo, pero sin ser exhibicionista. En el caso de estos cuentos, me pareció mejor contar cómo nacieron y sus lazos y contextos, que analizarlos. No soy académico y no tengo tanta distancia de mí mismo. Mi editor, Vicente Undurraga, fue claro: el prólogo será tuyo. Eso altera todo. Es raro escribir de uno y a la vez es completamente normal. Sé tanto de mí y sé tan poco. Creo que más que contarlo todo hay que saber cómo narrar para que, más que porno, el resultado sea erótico y seductor y caliente. Lo porno-porno no me excita, pero sí me erotizan los mecanismos internos de la creación, por ejemplo.

-En Sobredosis, Cortos y Cuentos recuperados, aparece el acomplejamiento propio de la  juventud y también hombres –generalmente solitarios– que viven reprimidos. ¿Cómo lo lees con el paso del tiempo? ¿Sientes distancia respecto de esos personajes o ni tanto?

-Me siento cercano. No me atraen los personajes poderosos, plenos y exitosos. Yo escribo de hombres, y si somos realistas, la mayoría de los hombres son solos. ¿Hay algo más solitario que no conectar? Me atrae la soledad como condena, como castigo, como opción y como plenitud. Tanto la que se busca como la que te llega. Me alegra que mis personajes nuevos sigan coherentes con los más antiguos. Alf, de Sudor, conecta con los de estos cuentos, tal como Matías Vicuña. Uno tipo puede ser virgen, hetero, promiscuo, gay, bi, da lo mismo qué, pero eso no lo libera de sus fantasmas, demonios y ansias. Ahora se habla mucho de identidad de género y de identidad sexual, pero otros temas clásicos siguen dominando la agenda de los afectos: la clase, la identidad racial, lo aspiracional, el deseo de pertenecer, el no ser igual al resto. Uno lee y uno escribe para conectar, para sentir que no es el único. Todos tienen un dolorcillo, unas penas y unos temores. Alguien liberado sexualmente puede seguir siendo solo. Son esas pequeñas taras lo que hace a un personaje interesante. Alguien sin miedo, o sin algo de soledad, no me interesa. También veo mucha represión entre los supuestamente liberales o los que se sienten desatados. Acabo de hacer una película que se estrena en abril del próximo año, se llama Cola de Mono y está ambientada en 1986. Se trata de la represión en dictadura, pero es más que nada sobre la represión sexual y familiar. 

 

“No me siento un influencer

-A partir de tu libro podría hacerse un análisis sociológico de Santiago y sus habitantes. ¿Crees que la ciudad ha cambiado, más allá de lo evidente?

-Sin duda que sigue siendo, en su base, la misma ciudad y el mismo país. Y, por otro lado, claramente ha cambiado. Aunque no tanto como para no reconocer nada de lo que ocurría hace 30 años. Es más: uno lee otras novelas santiaguinas como Martín Rivas o La Beatriz Ovalle o Este Domingo, y hay un Santiago que aún existe. Lo profundo no cambia. Una meta como creador es que un lector de Cuentos reunidos pueda identificarse y, por otra parte, sorprenderse de los cambios. Parte de mi interés es captar el estado de las cosas, los tiempos, el presente. Mi apuesta sigue siendo intentar crear una poética del hoy, mirar lo actual con detalle, fijarse en modas y tendencias, enfrentarse a este presente como un historiador, para luego esperar que pase el tiempo. Yo sabía que, al titular Por favor, rebobinar estaba apostando por un artefacto que pronto sería vintage. En 1994 nunca me imaginé que aparecería el DVD o el streaming, pero sí sabía algo: no todo dura. Menos la tecnología. El deseo de apostar por los adelantos capta cómo es la sociedad: por ejemplo, ahora es clave el whatsapp. Me parece tramposo escribir una novela acerca de las relaciones afectivas o el rito de los ligues sin ocupar aplicaciones como Grindr o Tinder. Más que hacer trabajo de campo sociológico, me parece que un escritor debe estar abierto y tener las antenas paradas para poder captar las señales y llevarlas a la página o a la pantalla. 

-¿Sientes que ser capaz de adelantar tendencias es una característica importante en tus obras?

-Ojalá. Hay que ir creando más adelantado que atrasado, creo. No irse por lo obvio. No me siento un adelantado, o un influencer, pero sí es clave fijarse en lo que no todos reparan. Eso requiere no ser populista, en el sentido de escribir solo acerca de lo que todos saben, sino también presentar realidades que no todos conocen. Uno de los placeres de leer y ver cine –y leer revistas por cierto– es enterarse de cosas que no sabías. Antes, la gente viajaba por eso; ahora van a tomarse selfies a los lugares donde todos se toman selfies. La publicidad es rápida para detectar modas, pero yo deseo saber por qué alguien acepta una moda o se sube a un cierto carro. Qué hay detrás. Me tiene muy interesado esto de que todo sea público, las redes sociales, lo sola que es la gente y cómo arman un relato digital de sus vidas. Más que cazar tendencias, busco personajes que algo provoquen en mí. Partí escribiendo una columna de un tipo sobreexpuesto que escribía sus peripecias sentimentales en el Santiago del 89-90, y la gente sentía que era un tipo sin filtro; hoy todos, desde empresarios suscritos a Capital a estudiantes de filosofía, hacen de su vida algo público con Twitter, Facebook e Instagram. El pudor no existe y el desnudo es clave. Eso me llama la atención.

 

“Sí creo que llegó la alegría”

-En tus cuentos está presente la política, pero a lo lejos, y se repite la idea de una izquierda dura, prejuiciosa y castigadora.

-Me interesa la ambigüedad: creo que todos los sectores políticos merecen una mirada dura. A veces me lanzo más contra esa izquierda intolerante, homofóbica, cartucha, antiimperialista, asustada, inculta. Pero pienso lo mismo de la derecha. Y el mundillo Opus Dei me irrita. Me fascina entender cómo muchas veces la ideología responde más a los miedos y prejuicios de la gente que a sus convicciones. Creo que muchas historias de Cuentos reunidos hablan de una era en que la política dejó de ser tema. Hoy lo militante está volviendo, pero no tiene tanto que ver con el eje izquierda-derecha. Yo me siento político al ser pop, al apostar por el presente. Todo es político. 

-¿Cómo viviste el plebiscito del 88? ¿Te ilusionaba la alegría que venía o te era ajeno?

-A mí me tocó el 88 en plena euforia creativa, hormonal, identitaria, etcétera. La música de esa época es el playlist de mi banda sonora. Escribía cuentos, quería ser reportero cultural, lo quería todo. Voté NO, salí a la calle, estaba fascinado y me costaba creer que el arcoíris del NO era el de las banderas gay que había visto en Estados Unidos. Nada me era ajeno y me ilusionaba, y sí creo que llegó la alegría y, dentro de todo, la viví. Me parece que, a la hora de criticar, es bueno volver a ser bien chileno: entre dictadura y democracia, me quedo con democracia. La bandera del NO se adelantó a la idea de los nichos: que no todo sea binario. Yo lo pasé mal en los años 80 porque todo era blanco y negro, y la vida no es así. Es una época clave para mí y para el país. Me alegro de haberla vivido y que creo que mis cuentos, sobre todo, son acerca de esa época. Para mi generación el NO fue un punto de inflexión y el comienzo de mil posibilidades.

-¿El autor que escribió los cuentos que ahora se reúnen en qué se parece al autor de VHS?

-El tipo que escribió los cuentos que debutaron como libro en Sobredosis es la misma persona que anda deambulando por las páginas de VHS. La diferencia es el autor: yo no soy el mismo. Tengo 30 años más y, más importante aún, muchos más libros a mi haber y más experiencia literaria. Antes vivía más, pero ahora leo más, escribo más, he creado más, la pienso más. Uno al final cambia no tanto como persona, pero sí como narrador. 

 

 

“I was born this way”

-En el prólogo afirmas que no te consideras un cuentista, pero sacas un libro llamado Cuentos reunidos. También usas una cita de Éric Rohmer: “¿Por qué filmar una historia, cuando se puede escribir? ¿Por qué escribirla, cuando se va a filmarla?”. ¿Se te mezclan los distintos formatos?

-Algo se me mezclan. Yo le estaba pidiendo a la literatura ser cine o ayudarme a hacer cine, y al final me liberé. Algo me pasa o me pasaba con los cuentos, quizás es algo de mi generación. Hoy los narradores jóvenes parten con cuentos, y no es mala idea. Pero finalmente he escrito cuentos y parece que no tan mal. Me gustan y por eso los reúno ahora. No sé si, como John Cheever, lo más importante mío serán los cuentos, pero aún es muy pronto para saber. Me falta escribir mucho y filmar más. Me interesa, primero, el formato escrito: crónica, memoria, cuentos, novelas, no ficción, autoficción. Me interesa por cierto el cine: verlo, escribir de él, hablar de cine, adaptar, no sé, me interesa mucho. Filmar cortos, películas, series, explorar géneros, intentar hacer porno quizás, repensar el cine en la era de Netflix. Me interesa cada vez más también la fotografía. A veces sueño con que solo escribo cuentos, y nada más. Pero, para citar a Lady Gaga, I was born this way. 

-“Cuando envidias sientes tanto que dejas de sentir todo lo demás”, dice el protagonista de Prueba de Aptitud. ¿Es la envidia un sentimiento inevitable en el mundo creativo? 

-Sin duda, y debes saber usarla. Creo que la he trabajado y la sé usar para inspirarme. La envidia y los egos son sentimientos inconfesables de todos y no solo del mundo creativo. El ego, como la líbido y como la gula, hay que saber manejarlo y ojalá bajarlo a su mínima expresión. No del todo porque es bueno estar atento, así como es divertido pelar o tener humor. La envidia es inevitable, pero prefiero mil veces ser envidiado, con lo desagradable que puede ser eso, a envidiar de manera descontrolada. Envidio a los cineastas que no escriben y tienen un aparto de producción y becas y premios. Envidio y odio a muchos de ellos. Pero, en general, habito el mundo literario bastante tranquilo conmigo mismo. Algo que sirve es leer biografías: ahí uno ve cómo la envidia o la ambición desmedida carcomen. Mi ego lo manejo bien, me gusta lo que hago y creo que parte de la gracia de tener cierta edad, cierto éxito, cierta trayectoria, es estar más relajado. Mi verdadero monstruo no es la envidia sino más bien la paranoia, pero ese es otro tema. 

-En más de una ocasión mencionas la presión social que existe de pasarlo bien, de tener que ser feliz. ¿Sigues sintiendo eso? 

-Yo nunca lo he sentido. Soy feliz siendo infeliz. O casi feliz. O incompleto. Pero sí lo veo en el país. Supongo que es algo universal pero acá, al menos en la elite y en los jóvenes, es un nuevo tipo de exigencia: ser feliz y sobre todo parecerlo. Vender tu felicidad. Exhibirla. Prefiero no serlo tanto. Yo vivo de crear y para eso es importante ser un poco resentido, agrio, estar molesto. Lo ideal es encontrar un balance. Cuando he sido bien feliz dejo de crear. Eso está bueno, pero también me aterra. Mi presión social es no crear o no estar con proyectos. Es mi histeria. 

-¿Te ronda la idea de instalarte afuera de Chile?

-Podría ser, pero de manera acotada. Mejor respondo al revés: una de mis metas fue no huir de Chile, no irse, no escapar, no instalarme afuera. Y creo que la cumplí. Varias veces tuve el impulso de huir, pero la decisión fue quedarme. Uno también puede estar un poco al margen. Creo que no soy parte activa de la conversación. O no deseo serlo. Mi problema con Chile es que me sobreexcita. Vivo a cien y debería vivir a veinte. Estoy adicto, me da adrenalina, testosterona, no sé. Mi verdadera meta es contar con más silencio, saber decir no de manera más severa, y crear más. Es lo único que me interesa.