Conferencias, ficciones, ensayos y divagaciones literarias pueblan las páginas de Tema libre, la última publicación del autor de Bonsái y Mis documentos. Un volumen que da sobrada cuenta de la relación íntima que el escritor sostiene con las palabras y que ilustra también al lector acerca de su nueva vida en Ciudad de México, ahora casado y padre de un hijo.
Por: Pablo Marín
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

  • 8 noviembre, 2018

Tema libre, el último libro de Alejandro Zambra (Santiago, 1975), integra una colección de las Ediciones UDP dedicada a las “vidas ajenas”. Aparecen allí biografías, autobiografías, perfiles y memorias, de ayer y de hoy, cada uno de ellos asociados al retrato de alguien. El de Zambra, sin embargo, mal podría reconocerse si su nombre no presidiera la imagen de la portada: es el de un chico de unos cuatro años, con gorro de marinero, que mira algo perplejo el lente de la cámara. Ese es el modelo 79 –u 80– del hoy reconocido escritor. Pero debe quedar claro que el de la foto es también otro. Uno que ya fue. 

La imagen de la portada, cuenta el autor, pertenece al álbum familiar. “No recuerdo cuándo la tomaron, seguramente fue para la celebración del 21 de Mayo, cuando aún vivíamos en Villa Alemana. En el tiempo en que escribí Formas de volver a casa miré mucho esa foto. Me impresionaba la rigidez, la incomodidad de la pose. Esa obligatoriedad del disfraz de marinero. Y esos dibujos al fondo, de tema libre, contradiciéndolo todo. Es ridícula y muy seria”. 

Eso de ser otro calza bien con la historia que se cuenta en uno de los textos del nuevo volumen, preparado para un seminario sobre la lectura, donde Zambra discurre acerca de El niño que enloqueció de amor, el centenario longseller de Eduardo Barrios: lo leyó, según cuenta, a los nueve años y se pregunta quién era ese lector. Cuestionamiento pertinente, ya que se disponía a leerlo nuevamente. Y calza con  la forma en que Zambra ve hoy las cosas. Por eso, dice, no quería aparecer con foto en la portada. Por eso, entonces, propuso al editor “la trampa de poner la foto de este niño en la portada”. 

-Eso que resulta tras muñequear con el editor de un libro, ¿qué tanto resulta con cineastas como los directores de Vida de familia (2017)? ¿Qué tan frustrante y satisfactoria ha sido tu relación con el cine?

-El autor de una película es siempre el director, en este caso los directores. Además, nunca antes había escrito un guion y aprendí mucho de Alicia (Scherson) y de Cristián (Jiménez), que fueron  generosos, a pesar de que, por momentos, me comporté como el típico guionista-cacho, controlador e intransigente. Me perdonaron eso (¡creo!). Luego, hice un corto que se llama Todo el cuerpo, que estamos editando con Fernando Lavanderos. Espero que lo terminemos este año. También con Lavanderos escribimos el guion de su próxima película, La hierba de los caminos. Fue una experiencia totalmente distinta, porque la idea y la historia eran de él, entonces yo trabajé dándoles forma a sus obsesiones. Me gustó mucho esa manera de colaborar. En el cine, lo más parecido a escribir se da recién en el montaje. El guion es un borrador, o el borrador de un borrador, en el mejor de los casos, la expresión de un deseo de obra. Cuando comenzamos el montaje de Todo el cuerpo, abría el programa de edición con la misma ansiedad con que abro el procesador de texto. Fue genial dirigir, pero fue un experimento, a veces se me ocurren películas, pero me las aguanto. Por ahora, concentro mi energía en los libros que estoy haciendo.

 

Las palabras y las cosas

“Pese a que los contenidos de este libro son variados –conferencias, ficciones y ensayos en torno a asuntos literarios–, prima aquí, de principio a fin, un tono personal, en ocasiones personalísimo, que le permite al autor abandonar con frecuencia tal condición y convertirse en la clase de individuo con que el lector se sentiría cómodo en casi cualquier situación”. El crítico Juan Manuel Vial, días atrás en La Tercera, arrancó su reseña de Tema libre exponiendo percepciones y sensaciones que el libro de Zambra invita a tener, ya se trate del obstinado arte de leer fotocopias o de las particularidades del habla chilena que se le hacen más distintivas, ahora que vive en la capital mexicana, con su esposa y su hijo de diez meses. Siempre conforme a una fascinación con la experiencia de “vivir las palabras”. De tomarles el peso, de jugar con ellas hasta que pase algo, ya se verá qué.

“Mucho antes de que me interesara la literatura, me interesaban las palabras. El lenguaje, digamos, para que suene menos naif”, observa. “Y supongo que hubo un tiempo, no necesariamente la adolescencia, quizás unos años más tarde, en que esto se volvió para mí en un problema. Una tendencia al tartamudeo y, por ende, al silencio. Y entonces, asocio la narrativa con una cierta disposición palabrera, de goce, de expansión, que me vino después y que disfruto, y a la que ya no podría renunciar”. 

-En el libro hay dos textos que en su minuto decidiste no publicar, precedidos de otro donde dices por qué no los habías publicado…

-Es una contradicción flagrante. Pensaba que nunca publicaría esos textos “rechazados”, pero no podía dejar de reconocerlos como míos. De quererlos y de querer publicarlos, un poco también para perderlos, para que dejaran de ser solamente míos. Hay un montón de cosas que escribo pero no publico, y pensaba que estos relatos pertenecían a esa masa. Pero, por el hábito de contradecirme, una mañana pensé en darle vuelo a esa tensión. Cuando le mostré un archivo preliminar al editor Andrés Braithwaite y le planteé esa idea, él la acogió y entendió de inmediato. Eso me dio confianza. Y ahí se armó tentativamente, en mi cabeza, el libro entero. 

-¿Qué sentido le ves hoy a la “literatura de los hijos”, mencionada en Formas de volver a casa?

-Me impresiona. Es que ha habido de todo: lecturas brillantes, abstrusas, dichosamente especulativas, tristemente contenidistas, en fin. Yo nunca propuse “la literatura de los hijos” como una generación ni mucho menos. Es el título de un capítulo de Formas de volver a casa, que es del 2011 y la adoro, pero desde entonces me he dedicado a hurgar en otras cosas. Tema libre, de algún modo, va en contra de la tendencia a clasificarlo y reducirlo todo, que prima tanto en la prensa como en la academia. Igual yo lo entiendo, son maneras de hablar de los libros, pero la mayoría de las veces hay poca penetración en los textos mismos. Demasiado poco estructuralismo, por decirlo de alguna manera. 

-¿Cómo se escuchan esas palabras después de que se tiene un hijo?  

-Desde hace muchos años, quizás desde los 20, dejé de entenderme o de verme como un hijo. Creo que escribir esa novela fue justo un modo de intentar reelaborar ese lugar, la posibilidad de ese lugar. Formas de volver a casa es, para mí, más una novela sobre tensiones e imposibilidades que una novela a favor de los hijos. O sea, el problema de volver a casa es que ya no sabes cuál es esa casa: la de la infancia ya no existe, y la casa que de adulto quisiste construir o habitar, se vino abajo, fracasó. Conciliar el escepticismo con la alegría, construir zonas cada vez más vastas de honestidad, proteger a los que amas sin negarles el mundo, sin taparles los ojos: creo que esos son los desafíos de todos, pero en especial de quienes decidimos tener hijos. 

-El rótulo de “autoficción” sugiere que la propia vida tiene más interés que las vidas inventadas. ¿O es que uno se inventa a sí mismo, de todos modos? 

-Uno se inventa a sí mismo todo el tiempo. Uno saca todas las personas que es, que lleva dentro. El concepto de autoficción me interesa, pero casi siempre se usa de comodín, sin siquiera mirar en wikipedia. Por lo demás, que alguien escriba novelas en primera o en tercera persona no tiene ni la más remota relación con la calidad de su escritura. Esto que digo es obvio, pero conviene recordarlo. También la relación con la poesía. Cuando se habla de autoficción se piensa exclusivamente en narrativa: no entiendo por qué no hablan de poesía. Mucha gente sigue hablando de la novela tal y como se entendía a fines del siglo XIX. También de la poesía. Es como si quisieran saltarse el siglo XX entero. 

-¿Qué opinas cuando los entusiastas de las series hablan de “la nueva literatura”?

-No veo ninguna rivalidad entre series y literatura. Me parece una comparación caprichosa, bendecida por su aire a provocación, pero vacía. Entiendo el énfasis en la historia, pero leer es una actividad radicalmente distinta que ver una película o una serie. No creo que la literatura sea el país pobre que le vende historias al país rico llamado Netflix. Y por supuesto que veo series, aunque, con la paternidad, nos queda apenas como media hora de semilucidez. La última que vimos fue The Handmaid’s Tale, que no parecía la mejor serie para ver con mi esposa embarazada, pero ella misma la propuso. También me gusta volver a ver las mejores, las verdaderamente buenas. Hace poco volvimos a Los Soprano, con el niño durmiendo y el control remoto en la mano para bajar el volumen en los tiroteos, era como dispararle silencio a la tele. Esa serie podría verla todos los días sin cansarme nunca. También veo mucho stand up y series de humor.

-Decía Buñuel en sus memorias que un cineasta se puede permitir cualquier cosa, excepto aburrir al espectador. ¿En qué se expresa el aburrimiento del que arrancas? ¿Qué tan decisivo es cuando se instala en la experiencia educativa?

-El trabajo de un profesor es tan arduo y hermoso, tan exigente. Es muy fácil convertirse en el enemigo. Es muy fácil convertirse en el profesor que odiabas cuando chico. Y muy difícil hacerlo bien. Quizás Buñuel aludía, también, al aburrimiento propio. Es un poco la idea de lector virtual. Aburrir a ese lector es horrible. “Combatir es renunciar a combatirse”, dice por ahí Fernando Pessoa. Me encanta esa frase, que no es un llamado a abandonar la lucha, sino a internalizar su sentido. Creo que si uno lo pasa bien escribiendo, eso queda inscrito en el texto y se transmite, se comunica. A veces descubres lo doloroso o lo incomunicable, pero hay un placer también en descifrar, en recapitular. Hay un momento de la escritura en que no tienes idea de lo que estás haciendo. Aparece una voz o un personaje que ni siquiera sospechabas que tenías dentro. Ese es, para mí, el momento crucial. Escribo para sentir eso. Hay escritores que muy rápidamente se dedican a complacer expectativas ajenas. Compran cabalmente la idea de público y quizás venden y les funciona, pero hacen el mismo libro todos los años, cada vez más simplificado. 

-Señalas que acaso el único tema de la literatura sea el pertenecer, el ser parte. ¿Cómo entiendes la pertenencia cuando se trata del espacio literario chileno? ¿O tu patria es la República de la Letras a todo lo ancho?

-Mi patria son los amigos, buena parte de ellos chilenos, pero también de otros lados. Reírme con ellos y que mis libros no les parezcan tan malos. Leer y rayar sus manuscritos, mandarles los míos para que los hagan pedazos. Leer y escribir son asuntos solitarios, pero para mí la literatura siempre estuvo asociada a esas comunidades pequeñas, divertidas y complejas que surgen alrededor de la literatura. Hay una calidez y una intensidad preciosas en esa comunidad a la que pertenezco y a la que quiero seguir perteneciendo. También uno puede desaparecer, no publicar nunca más, pero incluso si eso sucediera, estaría ahí, con mis amigos. 

-¿Cómo ves Chile, ahora que vives en México? ¿Qué entendiste tras descomponer tu experiencia mexicana en Tema libre?

-La parte “mexicana” del libro es la que más me gusta, porque es la de escritura más reciente y porque pude pergeñar algunas recurrencias de este tiempo en Ciudad de México. Esas crónicas son parte de reflexiones en curso, para mí poseen todavía la alegría de lo no totalmente formulado. Es primera vez que vivo afuera sin ticket de vuelta, antes siempre sabía cuándo iba a volver. Entonces, Chile aparece por primera vez como un lugar de origen, con todo lo que eso implica. Extraño el país de otra manera y no me resigno del todo a mirarlo desde lejos. Escucho demasiado las noticias chilenas, creo que en adelante tengo que escuchar más las noticias mexicanas, aunque quizás sería más deprimente. Escuchar las noticias chilenas también es deprimente, por supuesto, pero repercuten en mí de una manera que conozco.