Por Christian Ramírez A Brian Epstein ni le tembló la mano cuando firmó el contrato. Acababa de ceder a perpetuidad los derechos de A Hard Day’s Night al productor Walter Shenson por 25 mil dólares y un 7,5% de las futuras ganancias. Los Beatles recibirían dinero por esa y por otras dos películas sólo durante […]

  • 13 junio, 2014

Por Christian Ramírez

Beatles

A Brian Epstein ni le tembló la mano cuando firmó el contrato.

Acababa de ceder a perpetuidad los derechos de A Hard Day’s Night al productor Walter Shenson por 25 mil dólares y un 7,5% de las futuras ganancias. Los Beatles recibirían dinero por esa y por otras dos películas sólo durante 15 años; luego, todo iría a manos del americano que le había ofrecido el negocio a mediados de 1963. Después de todo, ¿quién iba a acordarse de los Beatles en quince años? ¿En veinte, en cuarenta? Había que ganar dinero aquí y ahora. El mañana quedaba muy lejos.

Sin embargo, aquí estamos: pisándole los talones al próximo 6 de julio, cuando se cumple medio siglo del estreno en Londres del primer filme de la banda; la peliculita que se filmó en apenas siete semanas y se posprodujo a toda velocidad, para llegar a los cines antes de que esa moda pasajera –la Beatlemanía– fuera barrida por la siguiente. Pero, a fines de 1964, nadie entendía nada. Era insólito: la cinta todavía seguía en cartelera en todo el mundo, Shenson se imaginaba que la siguiente producción sería a todo color y Epstein pensaba si acaso no estaba perdiendo una fortuna. No tenía mucho tiempo para lamentarse, en cualquier caso; sólo unos momentos, antes de volver a sumergirse en el torbellino que eran los Beatles.

Tal como en la película.

A medio siglo de distancia, A Hard Day’s Night aún es el testimonio más accesible e inmediato de cómo eran esos días vividos a la carrera, entre piezas de hotel, grabaciones de programas, escapadas nocturnas y el asedio de los fans; con el grupo a mitad de camino entre sentirse los dueños del mundo y prisioneros de su propia imagen. Un ritmo imposible de mantener y que, naturalmente se sublimaría a través de sus canciones y luego por medio de la ficción, antes de convertirse derechamente en mito. Aunque en el frío febrero del 64, con los Beatles recién llegados de su primer viaje a Estados Unidos, todavía faltaba mucho para eso. Es cierto: eran unas estrellas de tomo y lomo, pero no se veían artificiales como Elvis Presley, convertido en virtual esclavo de Hollywood y obligado a actuar en fantasías irresponsables en technicolor. Estos tipos se parecían a los jóvenes que uno podía encontrarse en la calle, y quizás ése era el modo en que había que filmarlos.

Al menos así pensaba el guionista y dramaturgo Alun Owen, que –contratado por la United Artists– los había seguido durante semanas, mientras saltaban de tren en tren y de hotel en hotel. En rigor, estos chicos no eran muy distintos a él mismo: criados en barrios de clase media-baja en Liverpool, irremediablemente atraídos por el magnetismo de Londres y, sobre todo, por el Espectáculo. Para Owen, nacido en 1925, el combustible había sido el teatro y las nacientes áreas dramáticas de la BBC e ITV. A su vez, John, Paul, George y Ringo –hijos de la segunda posguerra y de una Inglaterra bajo perenne racionamiento y estrecheces económicas– estaban intoxicados por el rock; por el humor radial, ridículo y sarcástico, de Peter Sellers y los Goons; y claro, por el pulso de un país que llevaba demasiados años tomándose en serio a sí mismo.

Puede que eso no haya tenido mucho que ver con las hordas de adolescentes que gritaban cada vez que la banda se subía al escenario, pero era exactamente la clase de materia prima que Richard Lester necesitaba. Estadounidense, llevaba una década radicado en Londres haciendo publicidad, y en el 60 había trabajado con Sellers en un corto que fue nominado al Oscar (ver recuadro). Lennon lo vio y nunca lo olvidó: Lester tenía que ser director de la película.

Incluso con todas las piezas de este rompecabezas puestas, cuesta entender el porqué del éxito artístico de la película. Eso porque, hasta ese momento, todos los filmes de rock and roll –incluso los de Elvis; sobre todo los de Elvis– no eran más que publicidad encubierta: un envase desechable, creado para vender al artista y sus canciones. Nadie se ilusionaba ni remotamente con que estas historias masticables tuvieran algo de calidad; salvo –quizás– Frank Tashlin, quien poco antes de lanzarse a colaborar con Jerry Lewis, había filmado la comedia que hoy se considera como la cinta fundacional del género: The Girl Can’t Help it (1956), con Jane Mansfield, Little Richard, Fats Domino y Eddie Cochran. Los Beatles la veneraban y llegarían a suspender las grabaciones del Álbum Blanco cuando la estrenaron por televisión, a mediados del 68; pero incluso a principios de los 60 ya era considerada como un recuerdo, una curiosidad.

Lester perseguía justo lo contrario: Beatlemanía –ése era el nombre de trabajo del proyecto– estaría anclada con ambos pies en el aquí y ahora, en el Londres del cruce generacional, donde la Inglaterra de “sangre, sudor y lágrimas” se enfrentaba de golpe a la histeria juvenil que desataban estos veinteañeros. Era algo que se veía en el día a día: una ciudad que aún no se sacudía el siglo XIX versus otra desesperada por exprimir hasta la última gota de los nacientes 60. Era un combate que no podía filmarse en colores y bajo las luces del estudio. Tenía que ser en blanco y negro, como en un documental. Salir a la calle con cámara al hombro y seguir a estos tipos en su búsqueda de un mundo nuevo en medio de las cenizas del viejo.

Y así fue.

A Hard Day’s Night poco y nada tiene que ver con la colorida Inglaterra de los filmes de 007. Su Londres no es la del Big Ben, Picadilly Circus, la de los venerables y turísticos edificios de la City, sino la de los suburbios, con largos y fríos callejones, antiguos comercios y sucias riberas del río; ese frío y rudo país que emerge en los filmes del Free Cinema impulsado por Tony Richardson (A Taste of Honey, 1961), Karel Reisz (Saturday Night and Sunday Morning, 1962) y Lindsay Anderson (This Sporting Life, 1963). Con los Beatles al centro, el escenario se carga de energía y se tensa hasta que estalla, ayudado por lo modular de la trama: el filme comienza con la banda en fuga, perseguida por sus fans. Se suben a un tren rumbo a Londres y a su llegada los espera la prensa. Ofrecen un show y luego rumbo al hotel; descansan y parten a un club nocturno. Al día siguiente, ensayan para un programa de televisión. Flirtean con las coristas. Poco antes de salir al aire, se les pierde Ringo. Lo encuentran a último minuto. Salen a escena. Éxito. El show se acaba y los muchachos parten en helicóptero a repetir la historia, en otro día y en otra ciudad. Créditos. Fin.

Salvo por la presencia del ficticio abuelo de Paul, encarnado por el vivaracho y ácido Wilfrid Brambell, todo parece indicar que así, con ese mismo ritmo frenético, transcurría la vida del grupo desde mediados del 63. De hecho, Brambell –con su ingenio callejero y sus delirios de hombre de mundo, dispuesto a sacarle el jugo a la fama de su “nieto” y sus amigos cada vez que puede– está ahí para recordarles, precisamente, hasta qué punto la velocidad de las cosas los ha separado del ambiente que los produjo, del mundo real. A la locura juvenil de los fans, también ahora se suma la de ellos mismos, atrapados en el centro del huracán.

Ese incansable ritmo de vivir, filmar y tocar, acabó resumido en la frase que Lester usó para titular a la película. Era algo que Ringo había dicho al pasar –“ha sido la noche de un día agotador” (it’s been a hard day’s night)–, pero había quedado flotando en el aire: Lennon la rescató para In His Own Write, su libro de versos publicado en marzo del 64, en pleno rodaje;  y ahora él y McCartney, en unos cuantos minutos, la convertían en canción; como ocurría con tantas otras cosas esos días, dichas, vividas y cantadas. Traspasadas a los discos antes de que se escaparan de las manos, se olvidaran y se volvieran irreconocibles.

A Hard Day’s Night estaba recién estrenada cuando, en agosto, la banda regresó por segunda vez en el año a Estados Unidos: y la experiencia fue tal como en la película, pero multiplicada por diez –fueron agasajados en la Casa Blanca por el presidente Lyndon B. Johnson, pero también por Bob Dylan, en el Delmonico Hotel– y el caos en torno a ellos no se detendría hasta febrero del año siguiente, cuando Lester volvió a ponerlos frente a las cámaras para filmar la segunda película, Help!

Pero la magia –o, mejor dicho, la verdad brutal– ya no estaba ahí. El nuevo filme era sólo otra producción a todo color y a todo presupuesto, con el grupo atrapado en una trama de fantasía acerca de un anillo ritual hindú que Ringo usa por equivocación, y que lleva a todos a ser perseguidos por un culto de asesinos, etc. ¿En qué momento los Beatles se habían convertido en James Bond? ¿La siguiente película con Lester sería igual?

No hubo otra película. A esas alturas, cada uno estaba inmerso en narrativas propias y harto más interesantes: Harrison, intrigado por los instrumentos indios que había visto en el rodaje de Help! Ringo, recién casado con Maureen Cox. Lennon, refugiado en su mansión de Kenwood, tratando de hacer vida de marido y experimentando por primera vez con LSD.

McCartney, componiendo con John durante el día y saliendo de “caza” por los clubes de Londres en la noche. Febrero del 64 era un recuerdo lejano y probablemente lo había sido apenas lo dejaron atrás: en julio de 2004, Paul asistió a una proyección privada con motivo de un nuevo aniversario junto a muchos miembros del equipo original. Era la segunda vez que la veía en cine. La primera había sido hace 40 años. •••

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La otra película

A Hard Day’s Night no fue la única película que los Beatles filmaron en 1964. Poco antes de ponerse frente a las cámaras en Inglaterra, la banda fue atrapada por las cámaras de los hermanos Albert y David Maysles, en su primera visita a Estados Unidos. El resultado fue estrenado ese mismo año, bajo el nombre de What’s Happening: The Beatles in the USA (hoy, reeditado en DVD como The Beatles: The First U.S. Visit), y no es muy distinto a su prima hermana de ficción: vemos persecuciones, un alocado viaje en tren de Nueva York a Washington, los chicos pasando el tiempo en sus piezas de hotel, el carrete nocturno y sus actuaciones musicales en el Show de Ed Sullivan y en el Washington Colliseum. Es la prueba número uno de que el absurdo y la comedia que el filme de Lester aprovechaba al máximo, eran pan de cada día en la vida de John, Paul, George y Ringo, quienes los usaban no sólo para divertirse, sino como eficaz mecanismo de autodefensa; sobre todo para Lennon, que virtualmente se escondía detrás de sus mascaradas. La cámara sólo se apaga cuando la banda necesita “privacidad” (una toma donde los Beatles llevan unas señoritas a sus cuartos termina en un pudoroso fundido a negro), pero la sensación de historia captada en tiempo real es casi asfixiante y anticipa la genialidad con que los Maysles se enfrentarían a la otra gran banda de esos años, los Rolling Stones, en un documental tan magistral como siniestro: Gimme Shelter (1970). Pero claro, ésa es otra historia.

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Un filme que salta y que corre y que…

No hay que ir demasiado lejos para buscar a los antepasados de A Hard Day’s Night. En su momento, la crítica retrocedió a las comedias de Dean Martin y Jerry Lewis, o a las de los tres chiflados y los hermanos Marx, pero la evidencia principal estaba bajo sus narices, sólo que tenía bajo perfil: en un par de domingos de 1960, y a un costo ridículo (apenas 70 libras), Richard Lester, Peter Sellers y Spike Milligan, habían filmado el corto The Running Jumping & Standing Still Film. Tal como el título lo indica, es una serie de persecuciones, sketches y cuadros vivientes a ritmo de jazz, protagonizados por sujetos disfrazados de pintores, dueñas de casa, fotógrafos, burgueses y cazadores, todos unidos por el sinsentido de sus acciones. Adelantándose una década al estilo de los brillantes Monty Python, no hay “punchlines” ni remates en los chistes: el absurdo reina sin límites, tal como en los shows radiales de los Goons (de los que tanto Sellers como Milligan eran miembros) y como en las mejores porciones del debut cinematográfico de los Fab Four. De hecho, Lester no resistió la tentación de autocitarse y hacer correr, pararse y saltar sin descanso a los Beatles al ritmo de Can’t Buy Me Love. La secuencia –rebosante de energía y vitalidad– parece un juego de niños, pero, ojo: también una rutina de locos.