Por: Juan Venegas Thom Yorke, líder de Radiohead, comenzó a tocar guitarra cuando tenía siete años. Aunque suene extraño, su gran sueño era convertirse en Brian May, el legendario guitarrista de Queen. Incluso intentó fabricar su propia guitarra, al igual que su ídolo. Si bien no tuvo gran éxito como luthier, Yorke –con la banda […]

  • 21 julio, 2016

Por: Juan Venegas

radiohead

Thom Yorke, líder de Radiohead, comenzó a tocar guitarra cuando tenía siete años. Aunque suene extraño, su gran sueño era convertirse en Brian May, el legendario guitarrista de Queen. Incluso intentó fabricar su propia guitarra, al igual que su ídolo. Si bien no tuvo gran éxito como luthier, Yorke –con la banda que fundaría en su juventud– ha conseguido logros muy similares a los obtenidos por Queen en los años setenta: llenar grandes arenas, liderar festivales y colocar un buen número de singles y álbumes en el tope de las listas.

Muchos consideran a Radiohead el último gran grupo, porque surge en el momento exacto en que el rock se desmorona, tras el final de Nirvana, mientras la música electrónica, el hip hop y el R&B comienzan a hacerse dueños del espectáculo. No obstante, el conjunto de Oxford no quiso asumir la misión de salvar el rock, y optó por convertirse en una combo capaz de catalizar y sintetizar múltiples influencias. Con paciencia y persistencia, dos rasgos esenciales, consiguió imprimir un carácter innovador a sus creaciones, desde su estreno discográfico con Pablo Honey (1993), hasta su más reciente producción, A Moon Shaped Pool.

Sus integrantes aseguran que cada nuevo disco los lleva a una especie de limbo. Que siguen en busca de algo fresco, y que aunque al principio no encuentren nada, continúan escarbando hasta que surge un acorde, un tono o un ruido, que sirve de cimiento para escribir nuevo material.

En este disco, transcurridos cinco años desde The King of Limbs, el proceso creativo se inició con la composición de Daydreaming, el segundo corte de la placa, que marca el tono pastoral y melódico de gran parte del álbum. Tal como lo han hecho desde la producción de Kid A (2000), Radiohead diluye, con extrema gracia, el antagonismo entre rock y electrónica, fundiendo ambos géneros con pericia, y una buena dosis de experimentación, tanto en producción como en la construcción de canciones.

La evolución creativa se mantiene bajo la atenta dirección de Nigel Godrich, algo así como el sexto Radiohead, productor de todos sus álbumes. Un individuo en quien confían ciegamente, con el que discuten sus ideas, y al que una vez Yorke describió como “una verdadera mesa de sonido humana”. Recoge las ideas sueltas de electrónica, ambient, krautrock, fusión, clásica contemporánea, jazz, psych rock y los convierte en una obra concreta.

La grabación se hizo en la localidad francesa de Saint Remy, la misma ciudad donde, en 1889, Vincent van Gogh decidió internarse en un asilo. Y tal vez por eso, el álbum posee un cierto carácter delirante, romántico y oscuro. Acordes y ritmos básicos se transforman en intrincados y misteriosos temas. Las capas sonoras son ensambladas con sutileza y la voz cristalina de Yorke surge más expresiva que nunca. A Moon Shaped Pool demuestra que un álbum de rock aún puede ser un medio poderoso, capaz de producir una extensa influencia en la cultura masiva.

Escucharlo en repetidas ocasiones es un gozo, porque el oyente comienza a identificar una multitud de sonidos que pululan en los contornos de canciones como Desert Island Discs o Decks Dark, y se maravilla por la enorme capacidad de síntesis del grupo. El disco no es un quiebre fundamental con el sonido clásico de la banda, sino más bien un enriquecimiento del mismo. •••