Se convirtió en leyenda por sus memorables bandas sonoras para el cine, pero el húngaro Miklós Rózsa fue también un notable músico sinfónico, uno que –a todo esto– está celebrando su centenario. POR JOEL POBLETE Su madre estudió piano con discípulos de Liszt, él fue amigo de directores de orquesta como Georg Solti –al que […]

  • 6 abril, 2007

Se convirtió en leyenda por sus memorables bandas sonoras para el cine, pero el húngaro Miklós Rózsa fue también un notable músico sinfónico, uno que –a todo esto– está celebrando su centenario.
POR JOEL POBLETE

Su madre estudió piano con discípulos de Liszt, él fue amigo de directores de orquesta como Georg Solti –al que incluso le ayudó a conocer a Stravinsky–, en 1943 Leonard Bernstein incluyó en su legendario e improvisado debut como conductor en la Filarmónica de Nueva York una de sus obras más famosas –Tema, variaciones y Finale Op. 13– y su hermoso Concierto para violín fue escrito para el célebre Jascha Heifetz

Pero, aunque los pergaminos como compositor “serio” del húngaro Miklós Rózsa son numerosos, su fama la consiguió componiendo para el cine. Bastacon ver alguna de las infaltables películas que la TV exhibe en estos días de Semana Santa para escuchar las inconfundibles melodías que compuso para clásicos hollywoodenses como Quo Vadis, Ben-Hur o Rey de reyes. Curioso destino que no se adivinaba en sus días de formación en Budapest, Leipzig y luego en el París de los años 30. Recién tras conocer la partitura de su amigo Arthur Honegger para el filme Los miserables y un fortunado encuentro en Londres con el productor Alexander Korda, fue que le llegaron sus primeros encargos. El húngaro rápidamente se integró a la compañía de Korda y se embarcó a Hollywood. El resto es historia: tres premios Oscar y otras 14 postulaciones entre 1941 y 1962, casi un centenar de bandas sonoras hasta 1982, un ritmo tremendamente activo durante sus años de mayor fama –entre el 40 y 50– y notables trabajos para cineastas como Wilder, Hitchcock, Cukor, Minnelli y Huston, entre muchos otros.

A diferencia de compositores actuales, que escriben el mismo tipo de música de fi lme en fi lme, Rózsa –cuyo centenario se celebra el 18 de abril– siempre supo adaptarse a las exigencias de cada género: lo confi rman las ambiguas melodías que creó para hitos del cine negro como Pacto de sangre, el desbordante sentido onírico de películas como El ladrón de Bagdad, el vibrante sabor de la aventura que aportó en Ivanhoe, y para qué hablar del sonido inconfundible de sus clásicos ambientados en la antigüedad. Sea utilizando al máximo las capacidades expresivas de su instrumento favorito, el violín (basta con oír algunos bellos fragmentos de Quo Vadis y Ben-Hur), imponiendo el uso del theremin como certero elemento de descripción sicológica (Cuéntame tu vida) o investigando profundamente la música antigua para incorporarla en sus fi lmes históricos, el compositor demostró un genio y creatividad merecedores de una mayor difusión de sus trabajos, los que –salvo algunas salas de concierto en Europa y Estados Unidos– hoy está limitada al conocimiento que el público tenga de sus bandas sonoras.

En casos como esos la pregunta es la misma: vista la difi cultad de incorporar nuevas obras y autores que renueven el repertorio docto contemporáneo, ¿se podría considerar a la música del cine clásico como la genuina continuadora de la tradición sinfónica de los siglos XIX y principios del XX?

La inquietud no es tan antojadiza: el sinfonismo de Mahler o Richard Strauss fue un referente innegable en los músicos clave del Hollywood clásico, como Max Steiner, Erich Wolfgang Korngold, Franz Waxman y el propio Rózsa, cuyo sonido creó escuela y fue clave en el rescate de la tradición sinfónica en las bandas sonoras, la que –desde los años 70– ha tenido a John Williams a la cabeza.

No es casualidad que estos músicos llegasen a California desde Europa con una severa formación clásica, y que nunca abandonaran del todo la creación musical fuera de la pantalla grande. Rózsa escribió una sinfonía, música para ballet, obras corales y numerosos conciertos para distintos instrumentos, entre los cuales puede que la joya sea el ya mencionado Concierto para violín, que incluso en 1970 inspiró a su amigo Billy Wilder para fi lmar La vida privada de Sherlock Holmes, en la que la obra se utilizó como música incidental.

Este cruce entre el trabajo de concierto y el séptimo arte es un símbolo de la fascinante obra de este artista inmenso, al que de seguro en algunas décadas ya podremos considerar no solo como otro talentoso compositor de bandas sonoras, sino además –esperemos– como un autor clásico con todas las de la ley.

Porque más allá de estas categorizaciones, Rózsa era un genio de la música y punto.