Junto a Mon Laferte, el joven cantautor Benjamín Walker es el único artista chileno nominado a los premios Grammy Latino que se realizan este 15 de noviembre. Sin el respaldo de un sello grande, con una carrera independiente basada en la autogestión, el cantante se perfila como una de las promesas de la nueva generación de compositores nacionales sub-30.

  • 8 noviembre, 2018

A pesar de la barba, Benjamín Walker (26) parece un adolescente. Flaco y desguañangado, parece flotar sobre un par de zapatillas blancas. No viste a la moda, no lleva pitillos ni un corte de pelo de “artista”, sólo luce jeans y chaqueta celeste, como un estudiante universitario sacado de los 80. Hay algo de candidez en él, un halo de honestidad que no puede disimular y que hace imposible no tomarle cierto cariño. En su manera de hablar se nota la impulsividad de su carácter y las enormes ganas de contar al mundo quién es y cómo es que junto a Mon Laferte es el único chileno nominado a los premios Grammy latino 2018.   

Hijo menor del senador DC Ignacio Walker y de la cantante Cecilia Echeñique, es consciente de las posibles suspicacias que puedan surgir por ser un trovador nacido en “cuna de oro”. El tema no le incomoda y resalta con orgullo la positiva influencia de sus padres, en especial, la fuerte carga artística heredada por el lado Echeñique. Pero aclara que el influjo musical no solo viene de su madre, exintegrante del grupo Mazapán. “Mi padre desde muy joven toca guitarra y piano. Yo creo que se sabe todo el repertorio de Víctor Jara y también el de Cat Stevens. Canta muy bien, pero es bastante reservado al respecto”, cuenta.  

Por su lado materno existe una arraigada conexión con las artes que comienza con su abuelo, el arquitecto y acuarelista Juan Echeñique. “La mayoría de los Echeñique, con o sin carrera formal, siempre han estado ligados al arte. También somos sobrinos nietos de Gastón y Silvia Soublette, y Max Valdés, el director de orquesta, también es tío mío”. 

Recuerda con especial afecto los veranos compartidos con su extensa familia en la localidad El Pangue, cerca de Zapallar. “Mis actividades familiares eran dibujar y pintar todo el día con mis primos y en la noche nos juntábamos a tocar música”.  

A los seis años comenzó a cantar y tocar guitarra. Tuvo un profesor que le enseñó el cancionero popular y el primer tema que sacó fue La Petaquita de Violeta Parra. “En realidad no me regalaron la guitarra porque fuera un prodigio musical, sino porque cantaba demasiado. Memorizaba las canciones del jardín y las cantaba todo el día”. Aprendió con un requinto, una guitarra para tocar boleros. “La gracia es que el cuerpo es chico, pero el mástil tiene las mismas dimensiones de una guitarra normal, así que tuve que acostumbrarme a las dificultades de aprender en una guitarra de adultos”, confiesa.  

Como cantautor tiene a su haber dos discos publicados. El primero fue Felicidad, editado en 2015 y producido por los integrantes de Inti-Illimani Histórico Camilo Salinas y Fernando Julio. En su carta de presentación, Walker incursionó en una variedad de géneros musicales en busca de una voz propia. Con Brotes, trabajo publicado el año pasado y por el que ha sido nominado a los Grammys como Mejor Nuevo Artista, el joven compositor asegura haber encontrado el sonido que lo identifica y que probablemente lo catapulte a una carrera internacional.    

-Con Cecilia Echeñique como mamá, supongo que creciste escuchando las canciones de Mazapán.

-(Risas) Claro, crecí escuchando Mazapán, la Cuncuna amarilla y todo eso, pero no era la única música que escuchamos en la casa. Eso sí, mi viejo me ponía los vhs del programa que transmitía CHV. Y ahí veía a mi mamá vestida de bruja saliendo en la tele. Ella tenía una sección que se llamaba “La Brujita”, entonces recuerdo verla con una nariz falsa, vestida de traje y sombrero negros. Pero para mí no era como extraño ver a mi vieja en la tele, pensaba que la vida era así.

-Tu infancia transcurre a mediados de los noventa, cuando las videocámaras ya comienzan a ser parte de la rutina familiar. 

-Es cierto. De hecho, yo creo que mi hermano Ignacio se hizo cineasta, en parte, porque desde joven tomó la cámara de mi papá, una handycam. Él empezó a hacer videos cuando tenía 14 años y yo era como su objeto de estudio. 

-Con Ignacio han trabajado juntos en varios clips de tus canciones. Creciendo, ¿cómo era la relación entre ustedes? 

-Mi hermano se caracterizaba por romper todos mis juguetes (risas). Si el juguete tenía luces o sonido, al otro día lo encontraba desarmado porque él quería saber cómo funcionaba. Siempre fue un tipo muy curioso (hasta hoy) y el costo fue que nunca tuve un juguete que funcionara. Pero con el tiempo aprendí a entretenerme con los desechos o los artefactos que mi hermano creaba a partir de mis juguetes. Siempre fuimos muy cercanos. 

-¿Cómo es crecer en una familia donde se vive y respira política?

-Es divertido, pero durante un tiempo a mi viejo le tocó la pega de canciller y ese trabajo implicaba muchas visitas, un desfile de personajes que yo no tenía idea quiénes eran. Supongamos, para mí Edgardo Boeninger era simplemente un viejito que venía a hablar de política. Luego, más tarde, supe de la importancia que tuvo su figura en el proceso de la transición.   

-A medida que crecías te fuiste interiorizando de la historia política de tu familia. 

-Creo que las primeras cosas que me llaman la atención son los objetos que encuentro en mi casa. Recuerdo haber encontrado afiches del No, videos de la campaña del plebiscito, fotografías de mi papá en la Vicaría de la Solidaridad, de mi mamá cantando en el Café del Cerro junto a Eduardo Peralta. Pero no hay un momento puntual en el que mis padres me hacen parte de esas historias. 

-Has militado en Izquierda Autónoma y eres adherente del Frente Amplio. ¿Qué experiencias te definieron políticamente?

-A mí me tocó el movimiento estudiantil del 2011. Recién había entrado a la Chile y fue mi primer encuentro real con la política. Esa experiencia me forjó y cambió mi postura. Yo venía de una tradición ligada a la Democracia Cristiana, con la que sentía cierta afinidad. Pero entré a la U y se me abrió la cabeza, empecé a leer otras cosas, a hablar de política con mis compañeros de Derecho, en una escuela donde pasaban muchas cosas, partiendo por Gabriel Boric, que ese año fue elegido presidente de la Fech.

-¿Eso se tradujo en las primeras diferencias políticas con tu padre? 

-Obviamente tuve diferencias con mi padre que hasta el día de hoy existen, pero siempre han sido enfrentadas en un marco de mucho respeto. Nunca me ha dicho cómo pensar, nunca me ha acondicionado. Por eso mismo, en la casa todos tenemos distintas posiciones. Por ejemplo, mi hermana Elisa, que redactó el proyecto de aborto en tres causales, milita en la DC, pero también tiene fuertes diferencias con mi papá. Son cosas que se hablan sin tabúes ni dramas.

-¿Tú serías como el revolucionario de la familia?

-Las palabras conservador o revolucionario no me gustan porque son muy caricaturescas. Creo que es necesario dejar atrás la visión de blanco y negro, porque es una dinámica que solo genera un espacio de mucha ignorancia y violencia, y acaba trayendo personajes como Bolsonaro. 

 

El canto como vida 

-¿Cuál ha sido la decisión más importante que has tomado en tu vida?

-La más importante fue dedicarme por completo a la música. Esa decisión la tomé cuando egresé de Derecho y terminé de grabar mi primer disco, Felicidad. Luego de egresar me fui a México a trabajar en una obra de teatro por un semestre completo. La obra se llamaba La Heroica República del Sillón Rojo, un texto que relata de manera sarcástica la formación de los países latinoamericanos, desde la Colonia hasta las dictaduras totalitarias y las actuales democracias. 

-¿Cómo llegaste a la obra?

-Yo conocía a Carolina Nissen, cantautora chilena a quien le encargaron la música, y le pidieron que reclutara a los intérpretes y ella me llamó. Fueron seis meses tocando por todo México. En los días libres armaba tocatas en la ciudad que estuviéramos junto a Javier Barría y Carolina. Aprendí montones con él, un músico independiente con una carrera extensa y que sabe moverse en todo tipo de lugares. Fue un viaje de aprendizaje, de crecer y dejar de ser un pollo. Un tiempo dedicado a alimentarse de estímulos artísticos, de danza, música y actuación. 

-En esos meses diste forma a las canciones del disco Brotes, por el que has sido nominado a los Grammys. 

-Regresé con las canciones preparadas y grabamos el disco el 2017. En ese sentido, el viaje por México, además de transformador, fue también muy productivo. Con Javier Barría establecimos una dinámica muy especial, nos volvimos hermanos y descubrimos nuestra afinidad musical. Fue una simbiosis que no pudo más que traducirse en un trabajo conjunto. A él le encargué los arreglos y la producción del disco. 

-Tu primer disco Felicidad es bastante distinto. Es un trabajo más disperso, en el que abarcas todo tipo de géneros musicales. 

-Sí, es muy distinto. Principalmente porque en ese momento me entregué a las manos de Camilo Salinas y Fernando Julio (Inti-Illimani), y ellos se encargaron de la producción. Yo solo miré desde afuera, entregando el producto. Es un disco muy diverso porque eran mis primeras composiciones y tenía la inquietud de descubrir y explorar todos esos géneros. 

-Entonces Brotes es un LP en el que rozas cierta madurez artística.

-Claro, es un paso a la madurez, porque en este trabajo ya quiero proponer. Existe una proposición musical más homogénea, una línea editorial que va desde la primera a la última canción. Y puedo decir que este es el sonido que me identifica como artista, el lenguaje musical en el que me siento cómodo. 

-¿Qué artistas cuentan entre tus principales influencias?

-A nivel de construcción de canciones, de cómo armo los temas, y cómo suenan solo con la voz y guitarra mi gurú es Nick Drake. En términos de composición podría nombrar a Sufjan Stevens, en especial su disco Carrie and Lowe, que fue una verdadera biblia para mí. También hay influencias del indie gringo como Saint Vincent.   

-¿Cuál es tu método de composición?

-Yo parto de desafinaciones, cambio todas las afinaciones de la guitarra cuando compongo. Así creo tensiones nuevas, paisajes sonoros distintos, y me llegan muchas cosas a la cabeza. Hace un tiempo dejé de trabajar con la limitación de los acordes y comencé a juntar nota por nota. Es un método que aprendí en un taller de Carlos Aguirre, un compositor argentino que me gusta mucho. 

-Creas una secuencia de notas que termina generando una tensión melódica. 

-Exacto. Te vales de las notas para crear un paisaje sonoro y sobre eso vas implementando una línea melódica que en algún momento conecta y crea la tensión. Yo hablo de hilos, encuentro esa tensión y me dejo emocionar, porque se trata de traducir en música ideas que muchas veces son personales. Y cuando se me aprieta la guata, sé que voy por el camino correcto. Mi único criterio es la oreja, no hay reglas ni ecuaciones, lo principal es dejarse emocionar por lo que está pasando.

-Nick Drake trabajaba un método similar.

-Cuando lo conocí, escuché y leí todo lo habido y por haber sobre él, porque me volvió loco este personaje. Las tensiones que lograba con la guitarra desafinada me daban apertura a un imaginario que nunca se me había abierto. Un imaginario con el que yo me sentía muy identificado, imágenes, sensaciones, emociones que tenían ese sonido, el que él hacía, y que no había encontrado en ninguna otra persona. Luego supe que otros artistas también se basaban en Drake, como Elliott Smith o José González (Suecia). 

-¿No tuviste miedo de caer en la copia?

-Lo que pasa es que mi tono de voz, que es muy alto, me alejó de la idea de que estaba copiando. Puedo cantar grave, pero siento que así no genero nada. Este oficio se trata de generar emociones, y hasta este momento creo que he podido hacerlo. Soy muy intenso, ya sea pena, amor, o melancolía, siento mucho, y así lo escribo.

 

 

Pasaje a los Grammy

-Con lo del Grammy se abren mejores expectativas para una carrera que hasta ahora has manejado de manera independiente. ¿Te quita el sueño llegar al estrellato?

-Que la música sea potencialmente masiva es el sueño de todos los artistas, aunque te digan lo contrario. Cualquier otra cosa es hipocresía. Eso sí, yo quiero hacer música real, no hablar de ciertos temas porque con eso voy a llegar a la radio. Ese no es el nicho creativo de dónde salen mis canciones. Si en un momento no me llegan las temas, porque no estoy sintiendo, simplemente no voy a publicar. . 

-Tienes un proyecto paralelo, Hausi Kuta en un tono más experimental. ¿Cómo se conecta con tu trabajo de cantautor?

-Hausi Kuta es un proyecto colectivo ligado a la experiencia sonora, a las texturas, y tiene el tratamiento de la música electrónica donde liberas y generas diferentes densidades, es algo mucho más tribal. Si bien no se cruza con mis canciones solistas, me ha servido mucho como aprendizaje, especialmente en lo que es producción. En estos días publicamos nuestro segundo disco, Bestiario y fuimos invitados al último Lollapalooza. 

-En lo concreto, ¿qué ha cambiado con tu nominación a los Grammy?

-Con la nominación he conseguido que personas, que de otra manera no hubieran llegado a mi música, hoy la conozcan. Y es por un disco del que me siento orgulloso, que no se hizo con la expectativa de ganar un premio, sino por hacer bien las cosas. Cuando me llegó el mensaje de la nominación fue motivo de alegría, principalmente para el equipo que estuvo en la producción del disco. Y claro, es un salto a una órbita a la que no estamos acostumbrados.   

-La vida de artista en Chile, basada solo en el mercado local, no es muy fácil.

-Como artista local podría decir que sobrevivo. Y para hacerlo, he tenido que hacer el trabajo de diez profesionales en uno. Me tengo que encargar de la campaña de marketing, de gestionar técnicos, coordinar y planificar los viajes, de llamar a las radios. El management es un deber para existir como artista en Chile, ni siquiera para que te vaya bien, sino simplemente para existir. De hecho, aún sigo calculando los pasajes en Tur Bus para ir a una tocata, coordinando un equipo de gente que hace esto por amor al arte. 

-Hablando de eso, ¿viajas a la entrega de los premios?

-Bueno, como artista independiente no tengo ninguna ayuda para ir a los Grammy. Hicimos una petición formal al Ministerio de las Culturas, que fueron los primeros en felicitarme, pero no hubo ninguna respuesta. Ir a la ceremonia significa harta plata, ellos no pagan ni los pasajes ni la estadía, solo las entradas, que ya son caras. En estos momentos sigo buscando ayuda para ir, y por eso vamos a hacer una tocata entre todos los amigos y fans para juntar las lucas. Creo que no hay nada más gráfico para describir cómo están las artes en Chile. Son los premios más importantes de la industria musical, tengo la posibilidad de visibilizar nuestra música y hoy en día no estoy en condiciones de ir. Pero haremos todo lo posible por estar allá.