Por Christian Ramírez Hará unos diez años, antes de comenzar a filmar películas fuera de su natal Irán, Abbas Kiarostami –quizás el más grande de los directores en actividad– comentaba que la sola idea de trabajar en el exterior lo llenaba de inquietud. “No cuesta nada trasplantar un árbol a tierra ajena”, comentó al respecto, […]

  • 30 mayo, 2014

Por Christian Ramírez

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Hará unos diez años, antes de comenzar a filmar películas fuera de su natal Irán, Abbas Kiarostami –quizás el más grande de los directores en actividad– comentaba que la sola idea de trabajar en el exterior lo llenaba de inquietud. “No cuesta nada trasplantar un árbol a tierra ajena”, comentó al respecto, “el problema es que nada te asegura que vaya a dar frutos de la misma calidad. Eso, si es que antes no se marchita”.

Mirado con sospecha por el régimen de Ahmadineyad, en 2010 y a los 70 años Kiarostami se animó a correr el riesgo de convertirse en un cineasta internacional, uniéndose a una larga lista de maestros que se cambiaron de país para seguir trabajando frente a las cámaras. Algunos lo hicieron por conveniencia empresarial (como Hitchcock, Lubitsch y Murnau), otros para evitar la persecución (a lo Fritz Lang y Milos Forman) o porque la guerra les pisaba los talones (Jean Renoir); pero en estos días, la mayor parte lo hace porque simplemente no puede evitar la tentación. De asegurar su continuidad artística. De trabajar con mejores presupuestos. De aumentar sus canales de distribución y así apelar a la mayor audiencia posible.

Puestos en su lugar, ¿quién no lo haría? El problema es que, tal como insinúa el maestro iraní, hay que pagar costos. Y no son nada de baratos.

ARRIBA DEL TREN
Claro, son pocos los que logran lo de Alfonso Cuarón, quien tras casi dos décadas de trabajo en Estados Unidos, se convirtió en marzo pasado en el primer latino en ganar un Oscar a Mejor Director, por Gravity. La mayoría acaba como su compatriota Alejandro González Iñarritu, quien tras sorprender a medio mundo con Amores perros (2000) se ha pasado los siguientes quince años tratando en vano de expresar su identidad mexicana con películas filmadas en inglés; muy respetables todas, pero al mismo tiempo apátridas y exiliadas.

No hay fórmulas precisas para evitar el naufragio, pero uno de los caminos a seguir podría ser el del coreano Bong Joon-ho, verdadera estrella de la cinematografía asiática que el año pasado se aventuró exitosamente con Snowpiercer, su primer filme con elenco y financiamiento anglo. Aunque no la sacó gratis: la película lleva meses circulando por países de todo el mundo, pero todavía no logra estrenarse en el mismísimo mercado que la encargó y para el que fue diseñada: el estadounidense.

Y eso que Bong lo hizo todo bien. Inspirado en Le Transperceneige (literalmente, El rompenieves), un cómic francés de la dupla Lob y Rochette, escrito a mediados de los años 70, el filme registra el imparable viaje de un tren del futuro, atravesando un mundo condenado: la tierra en 2031, totalmente congelada después de un fallido experimento para combatir el calentamiento global. Todo lo que queda de la humanidad –apenas unos cuantos miles de hombres– va en viaje arriba de cuarenta carros, impulsados por un motor autosustentable que utiliza los témpanos que crecen en torno a la vía como combustible y fuente de agua para los alimentos, y corre sin detenerse por una gigantesca vía a lo largo del globo.

Lo interesante es que la fábula no se acaba en un mero apocalipsis. Snowpiercer, en realidad, es la historia de una revuelta: la “Revolución de Curtis”, el líder de los “habitantes de la cola”, centenares de personas que se aferran a la vida como pueden en los últimos carros, vestidos y alimentados con los desechos que llegan de los vagones de adelante, con lo que dejaron los pasajeros de primera clase, a quienes nunca han visto. ¿Cómo es la vida en primera y segunda? No tienen idea. Después de casi 18 años en viaje, ni siquiera recuerdan cómo era allá afuera, en ese paisaje congelado que pasa a toda velocidad.

No se saca mucho con detenerse en lo fantasioso de este escenario alucinado: para estos efectos, la película es tan alegórica como pueden serlo El planeta de los Simios como poderosa metáfora sobre los derechos civiles, Dark City y su visión del totalitarismo, o Blade Runner y nuestra obsesión con las criaturas artificiales. Snowpiercer y el cómic en que está basada sugieren que en cualquier operación de salvataje extremo, lo primero que tenderá a conservarse es la férrea estratificación social. Nada de sueños utópicos de igualdad, legalidad y fraternidad. Tal como expresa en el filme Mason, Primera Ministra del Tren (una irreconocible Tilda Swinton), “los de los primeros carros son la cabeza. Ustedes, los de la cola, son el zapato. Y más vale que les quede claro”.

Tan claro les queda que, cuando Curtis y los suyos comienzan a avanzar vagón tras vagón ocupando y destruyendo lo que les ponen por delante, todo lo que recuerda vagamente a una estructura social se disuelve en forma automática; se desmembra, se descarrila. Lo que sirve perfecto a la vocación anárquica de Lob y Rochette, pero también es el escenario ideal para violentas y extremas escenas de acción. Y Bong lo sabía: si quería entrar por la puerta grande a Hollywood, un filme como éste era el vehículo ideal.

“¿Y SI LE CORTAMOS MEDIA HORA”?

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Dentro de su país –y dentro del circuito Japón-Hong Kong– Taiwán- Bong Joon-ho es uno de los más jóvenes y exitosos exponentes de lo que en Occidente se conoció como la Nueva Ola del Cine Asiático, una prolífica generación que le cambió la cara a la cinematografía del continente desde mediados de los años 90, pero que nunca consiguió exportarse más allá de las salas de cine arte. De hecho, la mayoría de quienes intentaron cruzar el Pacífico rumbo a América naufragaron en las salas especializadas, quedaron relegados al DVD o encasillados en prescindibles películas de acción (ver recuadro).

No era un escenario aceptable para Bong, director de la brillantísima Memories of Murder –uno de los grandes policiales de la historia del cine, acerca del primer caso de asesinato serial en la Corea moderna– la que fue sucedida por la estupenda cinta de monstruos The Host, que batió todos los récords de asistencia en la región. De golpe, se había transformado en una suerte de Spielberg asiático, pero ¿eso le serviría de algo en la tierra del propio realizador de ET?

Ésa es la duda que el cineasta pretendía despejar con la apuesta de Snowpiercer. Y todo marchó a pedir de boca desde el principio, filmando en Praga con un presupuesto de 40 millones de dólares (pequeño para los estándares habituales de los blockbuster norteamericanos, pero suficiente para esta clase de pesadillas claustrofóbicas) y un elenco encabezado por Chris Evans, Jamie Bell, John Hurt, Tilda Swinton y Ed Harris. Mientras su colega y amigo Chan-wook Park estrenaba con escasa respuesta su propio debut en inglés –Stoker, con Nicole Kidman– la expectación por el nuevo trabajo de Bong crecía y crecía. Hasta que la Weinstein Company (TWC), distribuidor del filme en Estados Unidos, rayó la cancha y lo entrampó todo.

El filme ya era un éxito en las salas de Corea (donde recaudó 55 millones de dólares) cuando se supo que TWC pretendía editar su propia versión estadunidense, sacándole nada menos que un cuarto de su metraje y dejándola en 90 minutos de duración, sin que el propio director pudiera hacer nada para evitarlo. Cuando el filme fue exhibido sin cortes, en el pasado Festival de Berlín, fueron los propios actores los que acudieron en su defensa, y lo mismo hizo buena parte de la crítica. Sólo hace unas semanas la compañía accedió a estrenarla en su versión original, pero en un circuito reducido de salas, disminuyendo todo el impacto que podría haber generado a nivel masivo.

¿La razón? Según los voceros de Weinstein, la idea sería alivianar la trama y hacerla más digerible para el público de los multicines, pero esa clase de intentos no da muchos frutos: la versión americana de The Grandmaster, la superproducción de artes marciales a cargo de Wong Kar-wai, fue abreviada en 25 minutos para EE.UU. y sólo se volvió más enredada de lo que ya era.

Al parecer, la explicación real está en otra parte: acostumbrados a marketear filmes de Oscar y material políticamente neutro, a TWC le debe haber resultado algo indigesto tanto mensaje de rebelión contra la máquina y condena al sistema. Pero, siendo francos, el panorama de dominación que en apariencia Snowpiercer denuncia, no es más radical ni extremo que el que imagina un producto como Capitán América 2: El soldado de invierno. Tanto el filme de Bong como el de Marvel presentan un mundo controlado desde arriba, hasta en sus detalles más pequeños. Uno en que no hay espacio para la anarquía ni la lucha de clases, a menos que sean administradas como recursos de un sistema que de vez en cuando necesita un sacudón para recordarse a sí mismo su fragilidad.

Eso es más patente que nunca en los instantes postreros del filme, cuando Curtis se dirige imparable hacia los carros del frente en busca de Wilford, el inventor y magnate que creó la locomotora y, en última instancia, el gran demiurgo de todo ese mundo. Interpretado con total economía por Chris Evans –quien, significativamente, encarna al Capitán América en los filmes de Marvel–, Curtis es el último hombre en pie y el único que ha intentado cruzar el tren de principio a fin y a esas alturas su rostro ya semeja el que Charlton Heston luce en pesadillas sci-fi como El planeta de los Simios (1970) y El hombre Omega (1971): un sujeto que carga tanto la admiración como el horror por lo visto en el camino. Alguien que, removido y trasplantado de sus orígenes –acaso como el propio Bong– ya no puede ni debe volver atrás. •••

WONG, TSUI Y LOS OTROS

Puede que la mayor tragedia del Nuevo Cine Asiático haya sido que, pese al tremendo éxito conseguido en su tierra, esté condenado a migrar hacia Occidente. En su empeño por conseguir mayores audiencias y capitales, algunos de sus máximos talentos han perdido años claves tratando de dar el salto. Leyendas vivientes como Tsui-Hark –el hombre detrás de nuevos clásicos como Érase una vez en China (1991)– se ilusionaron con filmar en Estados Unidos y acabaron filmando La colonia (1997) y otras películas de tercera con Jean-Claude van Damme, antes de volver a Hong Kong con la cola entre las piernas. Hubo gente como John Woo que, con el alegre concurso de figuras como Tarantino, logró prosperar por un tiempo en Los Angeles con películas que eran un pálido reflejo de su producción anterior –Contracara (1997), Misión imposible 2 (2000)–, pero incluso artistas de primer nivel como Wong Kar-wai se dieron de bruces contra el suelo a la hora de tratar de exportar su sensibilidad con la horrorosa My Blueberry Nights (2007) y comprobar que no tenía idea de cómo hacer una película directo al inglés. Era cosa de tiempo para que Bong Joon–ho y Chan-wook Park, los más exitosos entre los coreanos, decidieran jugarse e intentar seguir los pasos del taiwanés Ang Lee, el único cineasta asiático que hasta ahora ha conseguido una transición sin sobresaltos y ganarse un Oscar en el camino. Pero ¿cuánto de asiático le va quedando a Lee? Para ganar siempre hay que perder, dicen.