Por Christian Ramírez La regla general indica que el documentalista está ahí para registrar el testimonio de su personaje, y tratar de capturar en imágenes su experiencia. Pero, ¿qué ocurre cuando lo que importa es lo que NO se dice frente a cámara? ¿Las cosas, las historias y los sentimientos que el otro me está […]

  • 2 mayo, 2014

Por Christian Ramírez

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La regla general indica que el documentalista está ahí para registrar el testimonio de su personaje, y tratar de capturar en imágenes su experiencia. Pero, ¿qué ocurre cuando lo que importa es lo que NO se dice frente a cámara? ¿Las cosas, las historias y los sentimientos que el otro me está ocultando?
Cómo penetrar esa muralla protectora es la tarea para la que cada cineasta debe crear su propia solución, pero ¿y si la muralla misma se vuelve el objeto fascinante y la materia a atrapar?

Errol Morris debe habérselo planteado una y otra vez antes de entusiasmarse con uno de los proyectos más difíciles de su carrera: entrevistar a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa no sólo de George W. Bush (2001-06) sino también de Gerald Ford (1975-77). El político que estuvo a punto de hacer dupla con Ford en calidad de vicepresidente y que años más tarde volvería a unirse con su camarada Dick Cheney –quien sí llegó a desempeñar dicho puesto– para dar forma a la ofensiva bélica post 11-S, invadir Afganistán e Irak. Rumsfeld, el mismo que no tuvo empacho en dar la cara en el instante más triunfalista de la guerra (la captura de Sadam Hussein) y también en el más oscuro (las torturas en la prisión de Abu Ghraib). ¿Sería capaz este hombre de sentarse ante la cámara y responder preguntas sin evasivas?

La evidencia está a la vista en The Unknown Known (2013), el filme que Morris creó a partir de esas extensas entrevistas, que debutó en el pasado festival de Venecia y que ya está disponible a través de iTunes y otros servicios de streaming. Pero es un filme muy distinto a lo que todos esperaban.

La mayoría creyó que sería una continuación de The Fog of War (2003), la extraordinaria cinta que Morris filmó en torno a otro secretario de Defensa, Robert McNamara, hombre fuerte en los gobiernos de Kennedy y Johnson y el gran articulador de la Guerra de Vietnam y, por lo mismo, uno de los responsables de su fracaso; una derrota que McNamara encara en el documental y cuyas huellas en su vida posterior no sólo se revelan morales sino también físicas y emocionales. Qué atractiva, por lo mismo, la idea de ver a Rumsfeld puesto en el mismo predicamento. ¿Se quebraría? ¿Se confesaría frente a los focos? ¿Morris tendría que usar fórceps para arrancarle trocitos de verdad?

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Suena bien, en teoría; pero en el fondo quien piensa así, peca de candidez. Y no porque Rumsfeld sea un sujeto muy distinto a McNamara –claro que lo es–, sino porque lo que atrajo al propio Morris, en primer lugar, era otra cosa: allí donde el veterano de la era Kennedy es pura fractura y dudas que emergen de certezas, el hombre de Nixon y Bush es lisa y monolítica fachada. Si el primero ayudó a crear parte importante de la tecnocracia bélica del siglo XX (como experto durante la Segunda Guerra Mundial) y pasó el resto de su vida meditando sobre sus consecuencias, el segundo simplemente administró ese legado y en un estupendo trabajo de relaciones públicas, lo sanitizó.

No es que Donald Rumsfeld, el ser humano, sea un insensible –Morris registra su emoción sin reservas cuando éste recuerda sus experiencias con heridos de guerra en el frente–; lo que sorprende es que, pese a haber vivido esas emociones, éstas se proyecten sobre su rostro como si éste fuera una máscara, impenetrable. Hay algo de la mirada de Nixon en la suya, aunque perfeccionada: muy afable –“folsky”, como dirían sus compatriotas–, pero prefabricado; siempre en guardia, siempre en ON, nunca en OFF.

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Milan Kundera ha hablado de esa clase de sonrisa pegada al rostro, casi como una mueca, refiriéndose a los resbalosos burócratas de partido que él conoció en la Checoslovaquia de su juventud, y ése es precisamente el gesto rector de Rumsfeld, el hombre público, el tipo que ofrecía incansable conferencia tras conferencia de prensa (pareciendo gozar cada minuto frente a las cámaras y los periodistas) y que en The Unknown Known se sienta relajado y feliz de la vida frente al “interrogatron”, una invención del realizador que permite al entrevistado mirar directo a la cámara y a Morris preguntar lo que se le ocurra, sin tener que estar físicamente delante del sujeto.

Y el sistema funciona. Con los años, el director se ha vuelto famoso por su capacidad de obtener entrevistas casi imposibles. De hecho, a él se debe el recuento definitivo de los horrores y excesos de la prisión de Abu Ghraib, narrado por los propios involucrados y torturadores: Standard Operating Procedure (2008), un filme por el que obtuvo un Oscar y que sin duda conecta las lecciones obtenidas por The Fog of War con la nueva película. Pero, de cara a Rumsfeld, la habilidad inquisitiva de Morris parece inútil. En apariencia. Curtido por mil batallas, el político no se cansa de hacer fintas, ofrecer respuestas tipo, contrapreguntar, usar la ironía y, por supuesto, también el silencio. Sin embargo, es precisamente a través de esas evasivas, de ese permanente escape, que el retrato del personaje toma lentamente corporeidad, ayudado por unos aliados insospechados: los cientos de miles de memos que el secretario ha redactado a lo largo de toda su vida.

Éstos, de hecho, se convierten en el motivo conductor del filme. Gigantescas paredes de documentos ordenados en bóveda tras bóveda. ¿La “muralla” que aísla a Rumsfeld y que separa su yo público del privado? ¿Y, por qué no? Los hay de todos tipos y tamaños. Documentos dictados en voz alta, registrados con dictáfonos, grabadoras de bolsillo o directo al celular; mecanografiados, tipeados en computador, corregidos a mano. Reflexiones al pasar, instrucciones para la oficina, definiciones de diccionario, ayuda memorias, recuentos de reuniones clave, estrategia militar. Todo el Rumsfeld público parece estar contenido ahí y Morris hace que el propio Donald lea frente a la cámara esas minutas que van acumulándose sin parar hasta sugerir literalmente un mar de palabras, directivas y retórica; perfectamente calmo y ordenado en la superficie, pero quién sabe cuán profundo, mortal y caótico bajo ésta.

La metáfora es lo bastante poderosa como para que este “océano” se convierta en la imagen maestra del propio filme, una que refleja intensamente el azul del cielo en la secuencia de inicio, del mismo modo en que Rumsfeld se ofrece al espectador: como un espejo. Tan accesible como impenetrable. •••

 

“Lo desconocido conocido”
El título The Unknown Known puede resultar algo oscuro en un filme sobre uno de los hombres fuertes del gobierno de Bush, pero en realidad es una frase del propio Rumsfeld, pronunciada en febrero de 2002, durante una reunión en el departamento de Defensa, en torno a la existencia de armas de destrucción masiva en Irak:
“Reportes que dicen que algo no ha ocurrido siempre son interesantes para mí, porque tal como sabemos existe lo conocido conocido (known knowns), cosas que sabemos que sabemos. También hay conocidos desconocidos (known unknowns); es decir, que hay cosas que sabemos que “no sabemos”. Pero también existen lo desconocido desconocido (unknown unknowns), cosas que no sabemos que no sabemos”.
Fue el filósofo Slavoj Zizek el que agregó en un artículo de 2004, una cuarta categoría, la de desconocido conocido: prácticas de las que aparentamos no tener idea, pero que están al corazón de nuestros valores y nuestras conductas.
Lo interesante es que en el filme, Rumsfeld aborda este cuarto concepto; consciente o inconscientemente lo encarna.