Por: Marcelo Soto Escribir una novela es tirarse al vacío: como el piloto de un avión en picada, el escritor intenta ordenar el caos, evitar el fin. Y siempre es una batalla perdida, como decía Bolaño, pero la gracia es levantarse y estar dispuesto a pelear. Juan José Richards (1981), quien antes publicó el poemario […]

  • 4 agosto, 2016

Por: Marcelo Soto

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Escribir una novela es tirarse al vacío: como el piloto de un avión en picada, el escritor intenta ordenar el caos, evitar el fin. Y siempre es una batalla perdida, como decía Bolaño, pero la gracia es levantarse y estar dispuesto a pelear. Juan José Richards (1981), quien antes publicó el poemario Trasatlántico, lanza su primera novela y lo hace con arrojo: la escritura no teme internarse en zonas peligrosas, bucear en la intimidad y también poner en cuestión la forma y la identidad del relato.

Además de contener una reflexión sobre el fracaso de la ficción y la imposibilidad del realismo, Las olas son las mismas (Los libros de la Mujer Rota, 107 páginas) destaca desde su inicio (“Golpe de vista y mi propia silueta contra el azul, la tarde se degrada en el cielo”) por la belleza de la prosa, que denota a un poeta con oficio. En un panorama literario donde se suele confundir la honestidad con la aspereza o la soltura con lo desprolijo, Richards sorprende por el manejo consciente y depurado del lenguaje.

La novela posee una tensión particularmente atractiva entre la sexualidad de los personajes y la arquitectura narrativa: hay una cierta distancia desde la que se observa, la que es permanentemente amenazada o puesta en duda por el narrador. La intimidad se despliega de manera descarnada, a veces voluptuosa, pero al mismo tiempo acechada por la insatisfacción del deseo. Hay algo ahí que perturba, que quizá anuncia un desgarro o una fisura.

La trama, torpedeada por fragmentos de horóscopos, se articula a partir del hallazgo en una biblioteca de un diario de vida inconcluso. Aquí aparece otra de las indagaciones de la novela: el azar como condición literaria. Juan, quien estudia escritura creativa en Nueva York, lee la historia de dos chichos franceses de paso por Valparaíso. Se aproxima un nuevo año y se atisba el fin de la relación. Aparecen el tedio, la conversación del desengaño y el sexo que se prende y apaga sin voluntad.

El aparente protagonista, mientras avanza en la lectura de este viaje que no tiene destino, asiste a clases en las que debe trabajar a partir de un relato de Juan Villoro. Casualmente descubre que la ficción fotocopiada pasa de la página 95 a 98. “Juan cree que Villoro ha escrito un relato con quiebres intencionales entre una escena y otra. Pero lo cierto es que al cuento le faltan dos páginas y ese vacío genera un salto en la historia. En ese intervalo la narración soporta tantas posibilidades como sus lectores sean capaces de imaginar”.

El arte de Bolaño, que era un maestro a la hora de armas relatos cuya construcción puede asimilarse a un lego, donde cada pieza da forma y base a otra diferente, como una catedral armada por un niño, ronda a través del relato, del mismo modo que la poética de la lista de Georges Perec, quien se propuso reproducir todo lo que veía a su alrededor, como una simple enumeración de cosas que pasan o existen al frente de uno.
Ambas tentativas son imposibles. La ficción se desarma. El yo y la tercera persona exhiben su artificio. Quien describe siempre omite una parte. “Hay una pérdida en esa transcripción, algo que queda fuera de la operación”, dice el narrador, mientras Juan anota en su cuaderno: “Cuando Perec escribe no está mirando”.

Piglia, citado al principio del libro, dice que los finales son pérdidas y para Juan, observado por el narrador, parecen abandonos. Hay un matiz de diferencia entre esos dos puntos de vista: perder algo no es lo mismo que ser dejado atrás. Y esa pequeña falla, como un rayón en el espejo, le da una rara cualidad a la historia; una luz crepuscular, amorosa y triste y a la vez reveladora. •••